La increíble historia de la mujer que rechazó Stonehenge como regalo... y se lo dio al gobierno británico

La increíble historia de la mujer que rechazó Stonehenge como regalo... y se lo dio al gobierno británico
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Enfrentada a un monumento histórico del renombre y de la importancia de Stonehenge, la lógica dicta que es el gobierno de la nación de turno el propietario y el encargado de su conservación. A día de hoy estaría en lo cierto, pero tan sólo como fruto de un proceso reciente de reconocimiento de la importancia del patrimonio por parte de los poderes públicos. Hace no demasiadas décadas, catedrales o monumentos de toda condición aún pertenecían a manos privadas. En el caso de Stonehenge, a un acaudalado abogado del sur de Inglaterra.

Fue Cecil Chubb el último propietario privado de Stonehenge, casual y casi fortuito dueño de un complejo arquitectónico neolítico que a día de hoy recibe millones de turistas al año. Y fue suya la iniciativa que permitió al gobierno del Reino Unido pasar a poseer el monumento, tras siglos de pertenencia privada.

Stonehenge: la culpa fue de Enrique VIII

El desarrollo final de los acontecimientos, sin embargo, tuvo bastante de rocambolesco. Construido alrededor del año 3.000 antes de Cristo por una cultura que nos ha dejado nulos legados escritos, Stonehenge es un complejo de difusa simbología cuya finalidad, se cree, era funeraria. Hay diversas teorías al respecto, y numerosos planos y reconstrucciones del trabajo arquitectónico original. A día de hoy sólo sobreviven el célebre e icónico puñado de piedras. Piedras que, a mediados del siglo XVI, pertenecía a una abadía católica.

Por aquel entonces Reino Unido vivía tiempos convulsos. Durante el proceso que permitiría a Enrique VIII negar su fidelidad al Papa y constituir su propia iglesia, la anglicana, la corona inglesa confiscaría y disolvería casi un millar de monasterios católicos a lo largo del país (hoy es común encontrarse sus ruinas, fantasmagóricas, en casi todas las ciudades de Inglaterra). Los terrenos adyacentes a Stonehenge dejarían de formar parte del monasterio, y comenzarían a pertenecer a toda clase de individuos durante siglos.

Cecil Chubb Cecil Chubb y su esposa.

Desde principios del siglo XIX, Stonehenge había formado parte de la extensa riqueza de la familia Antrobus, un joven linaje de barones que incluía a miembros del parlamento y a prominentes militares de clase alta. En 1915, sin embargo, la familia se encontraba de capa caída: el poseedor del título real había muerto en batalla durante la Primera Guerra Mundial, en Bélgica, y lo había hecho sin heredero. Su hermano menor pasó a encabezar la familia, pero dadas las necesidades económicas, procedió a vender parte del patrimonio.

Ahí entró en juego Cecil Chubb. Chubb, natural de la región de Whiltshire, donde se encuentra Stonehenge, contaba con orígenes humildes en su familia, pero una brillante carrera como estudiante y abogado le habían permitido ascender en la muy clasista estructura social inglesa. Se había casado algunos años atrás con Mary Bella Alice Finch, cuya familia contaba con algunos negocios y gestionaba uno de los hospitales mentales de mayor reputación, a la postre, de Europa. La excelente posición económica de Chubb le permitió interesarse por la subasta que la familia Antrobus estaba preparando para deshacerse de Stonehenge.

Por un precio de alrededot de 6.600 libras (un equivalente actual a 500.000 euros, aproximadamente), Chubb ganó la subasta y se hizo con Stonehenge. Los motivos por los que el hombre decidió comprar el monumento no son del todo claros. Como se explica aquí, hay dos grandes teorías al respecto.

¿Un regalo para su esposa? Puede ser

La primera hablaría de su relación con su mujer. Chubb, al parecer, habría querido entregar Stonehenge como regalo a su amada esposa, que habría permanecido ignorante de los planes de su marido. Escandalizada ante la exorbitante suma de dinero que Chubb habría pagado para quedarse con un trozo de hierba con un montón de piedras sobre él, la mujer habría quedado desencantada con el regalo, obligando a Chubb a deshacerse de él de forma rápida. Según parece, Chubb habría acudido a por cortinas, y habría vuelto con Stonehenge.

Regalo "Ten, cariño, un regalo".

Es la parte más apetecible, en términos de anécdota, de la historia. La otra teoría tiene un carácter más racional, acaso más patriótico. A principios del siglo XX un número no menor de multimillonarios americanos, espoleados por el crecimiento y la prosperidad de la futura primera potencia mundial, estaban interesados en adquirir elementos patrimoniales de la vieja Europa. Chubb habría leído en la prensa la posibilidad de que uno de ellos comprara Stonehenge a los Antrobus, lo desmontara y se lo llevara a Estados Unidos. Y lo habría comprado en su lugar.

Posteriormente y coincidiendo con el fin de la Primera Guerra Mundial, lo habría entregado al gobierno británico. La teoría no es descabellada si tenemos en cuenta los casos del London Bridge (que fue desmontando en 1967 y que hoy está en un ignoro pueblo de Arizona) o The Cloisters, una abadía medieval ideada por Rockefeller en Nueva York que se construyó con cuatro abadías francesas distintas desmontadas, trasladadas y reconstruidas en la Gran Manzana (hoy es uno de los elementos turísticos más llamativos de la moderna ciudad).

Farm Una pareja de agricultores pasea con sus carros al lado de Stonehenge, alrededor de 1885. Por aquel entonces el monumento aún pertenecía a propietarios privados, y carecía de la extensa protección a la que se ha visto sometido hoy. Durante años, incluso después de ser adquirido de nuevo por el gobierno británico, los turistas podían pasear por entre las piedras, lo que les causó notables daños.

Sea como fuere, para 1915 Chubb habría decidido entregar el monumento al gobierno británico (no sin antes escribir una serie de condiciones al respecto de su gestión, entre las que se incluye la aún vigente normativa de permitir la entrada gratuita a los habitantes locales). Desde hacía décadas, el gobierno inglés había elaborado planes de protección y regulación especial de monumentos nacionales, entre ellos Stonehenge, pero no había accedido plenamente a su propiedad y gestión. La cesión de Chubb permitió ahorrar una cuantiosa suma de dinero a las arcas públicas y la mayor investigación, protección y promoción de Stonehenge.

Hoy Patrimonio de la Humanidad por su notable valor histórico, Stonehenge aún se encuentra sumergida en un aura de misterio, tanto por lo poco que se sabe de ella como por lo fantástico de su estampa, especialmente cuando cae el sol (sus constructores así lo habían diseñado, aunque se desconocen sus motivaciones). Técnicamente, la posesión es de la Corona británica, aunque su gestión está controlada por National Heritage. Anualmente, alrededor de un millón de personas pasean por los fortuitos terrenos que un día pertenecieron a Cecil Chubb.

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