¿En qué momento empezamos a usar baños separados por sexo?

¿En qué momento empezamos a usar baños separados por sexo?
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Los activistas de los derechos para los transexuales llevan años luchando para poder usar servicios públicos de acuerdo a su identidad de género y en las últimas semanas esta lucha ha llegado a un punto crítico en algunos países como Estados Unidos.

En Marzo, el estado de Carolina del Norte promulgó una ley que solamente permite a la gente usar los baños públicos que se correspondan con el sexo establecido en sus partidas de nacimiento. Mientras tanto, la Casa Blanca House ha adoptado una postura opuesta, dictando una orden que permite a los estudiantes transgénero usar el baño de acuerdo a su identidad de género. A modo de respuesta, el 25 de mayo 11 estados presentaron una demanda a la administración de Obama para bloquear que el gobierno federal aplique la directiva.

Algunos sostienen que una solución para este punto muerto sería convertir todos los baños públicos para uso unisex, eliminando el debate sobre cuál es el sexo de la persona. Esta medida puede resultar demasiado drástica o extravagante, puesto que se asume que separar los servicios según el sexo biológico de la persona es la forma “natural” de determinar quién puede tener acceso y quién no.

Las leyes en EE. UU. ni siquiera trataron la cuestión de la separación de los baños por sexos hasta finales del siglo XIX cuando el estado de Massachusetts fue el primero en promulgar una ley al respecto. Para el año 1920, más de 40 estados ya habían adoptado normativas similares que requerían separar los servicios públicos por sexo. ¿Por qué se empezaron a aprobar este tipo de leyes? ¿Se trataba de simplemente reconocer las diferencias anatómicas naturales entre hombres y mujeres?

He estudiado la historia de las normas legales y culturales que supusieron la separación de los baños públicos por sexo y está claro que no hubo nada benévolo cuando se redactaron estas leyes, más bien fueron recogidas al amparo de la llamada “ideología de esferas separadas” de principios del siglo XIX: la idea de que, para proteger las virtudes de las mujeres, estas tenían que quedarse en casa para ocuparse de los niños y de las tareas del hogar.

A día de hoy, tal consideración del lugar de la mujer en la sociedad sería inmediatamente considerada como sexista. Recalcando el origen sexista de las leyes sobre la separación de los baños públicos espero ofrecer motivos suficientes para, por lo menos, replantear el hecho de que sigan existiendo.

El auge de una nueva ideología americana

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Durante la primera época de los Estados Unidos, el hogar era el centro de la producción económica al ser el lugar donde se producían y se vendían los bienes. El papel del hogar en la economía estadounidense cambió a finales del siglo XVIII con la revolución industrial, pasando la producción a las fábricas, lo que supuso que los hombres fueran a trabajar mientras las mujeres se quedaban en casa.

No tardó en surgir una división ideológica entre el espacio público y el espacio privado: mientras que el lugar de trabajo y los espacios públicos eran cosa de hombres, la esfera privada pasaba a ser cosa de mujeres. Esta división es una parte fundamental de la ideología de esferas separadas.

La visión sentimental de la mujer virtuosa que se queda en casa era un mito cultural que tiene poco que ver con la realidad de la vida en el siglo XIX. Desde sus inicios, el siglo experimentó la salida de las mujeres del hogar para trabajar e integrarse en la vida civil americana. Por ejemplo, ya en 1822 cuando se fundaron las fábricas textiles en Lowell, Massachusetts, las mujeres jóvenes empezaron a trasladarse a las ciudades industriales y no tardaron en constituir la gran mayoría de los trabajadores de la industria textil, involucrándose en las reformas sociales y en los movimientos para el sufragio que les requerían trabajar fuera del hogar.

Sin embargo, la cultura estadounidense no abandonó la ideología de la separación de esferas y la mayoría de los movimientos de las mujeres fuera del ámbito doméstico eran vistos bajo sospecha y con preocupación. A mediados de siglo, los científicos intentaron reafirmar esta ideología con estudios para demostrar que el cuerpo femenino era intrínsecamente inferior al masculino.

Provistos de tales pruebas “científicas” (ahora consideradas como una mera forma de reafirmar las políticas en contra del auge de los movimientos por los derechos de la mujer), los legisladores y los políticos empezaron a redactar leyes dirigidas a proteger a las “débiles” mujeres en el lugar de trabajo. Algunos ejemplos incluían leyes que limitaban la jornada laboral de las mujeres, leyes que requerían un periodo de descanso para las mujeres durante la jornada laboral o asientos en sus lugares de trabajo, así como leyes que prohibían a las mujeres ejercer ciertos puestos o tareas que estaban considerados como peligrosos.

Estas leyes fueron adoptadas como una manera de promover la ideología moral de principios del siglo XIX que dictaba el papel y el lugar apropiados para la mujer en la sociedad

A mediados de siglo, los reguladores también adoptaron soluciones arquitectónicas para “proteger” a las mujeres que se atreveran a salir de casa. Los arquitectos y otros planificadores empezaron a acordonar varios espacios públicos para que pasaran a ser uso exclusivo de mujeres. Por ejemplo, una sala de lectura separada para el uso exclusivo de las mujeres con muebles parecidos a los que había en las casas pasaron a ser algo normal del diseño de las bibliotecas públicas estadounidenses.

En los años 40 del siglo XIX, los ferrocarriles empezaron a designar “vagones de señora” para uso exclusivo de las mujeres y de sus acompañantes masculinos. Para finales de siglo ya se habían creados espacios para uso exclusivo de mujeres en otros ámbitos como estudios fotográficos, hoteles, bancos y tiendas.

Baños separados por sexo: ¿Poniendo a las mujeres en su sitio?

Con esta idea los legisladores redactaron las primeras leyes que requerían que los baños de las fábricas estuvieran separados por sexo.

Ya en los años 70 del siglo XIX los servicios de las fábricas y de otros lugares de trabajo estaban diseñados para una sola persona y normalmente se encontraban en el exterior de los edificios. Su contenido iba a parar a una fosa séptica y normalmente se construían espacios privados al lado o adyacentes a la fábrica. La posibilidad de construir servicios para varios usuarios no llegó hasta que la tecnología sanitaria avanzó hasta poder desechar las aguas residuales en los sistemas públicos de alcantarillado.

Pero para finales del siglo XIX, los “water closet” (“armario para el agua”, como se llamaban por entonces y de donde viene nuestro WC) pasaron a ser un símbolo de varios temores culturales.

Psm V34 D326 Late 19th Century Sanitary Water Closet And Drainage Un inodoro del siglo XIX

Primero, las letales epidemias de cólera durante el siglo habían incrementado las preocupaciones sobre la salud pública. Los reformadores conocidos como “sanitarios” no tardaron en centrarse en reemplazar los sistemas caóticos y poco higiénicos de fontanería en las casas y en los lugares de trabajo con sistemas de saneamiento tecnológicamente avanzados.

Segundo, el rápido desarrollo de maquinaria peligrosa en las fábricas era visto como una verdadera amenaza para las “débiles” trabajadoras.

Por último, los valores victorianos que recalcaban la importancia de la privacidad y de la modestia supusieron un reto para las fábricas donde las mujeres trabajaban al lado de los hombres, a veces compartiendo servicios de un solo usuario.

Image 20160526 22063 1j8czd6 Una sala de descanso con baño solo para mujeres en una fábrica de pintura de Cleveland

Fue el conjunto de estos temores lo que llevó a los legisladores de Massachusetts y de otros estados a redactar las primeras leyes que exigían la separación por sexo de los servicios en las fábricas. A pesar de la omnipresencia de las mujeres en la esfera pública, el espíritu de principio de siglo con su ideología de separación de esferas estaba claramente reflejado en esta legislación.

Entendiendo que no se podía forzar a las “intrínsicamente más débiles” mujeres a volver al hogar, los legisladores optaron por crear un refugio similar a los hogares en las fábricas exigiendo servicios separados, así como vestuarios y salas de descanso también separados por sexo.

Por eso las justificaciones históricas para las primeras leyes de los Estados Unidos que requerían la separación de los baños por sexos no se basaban en una idea de que los servicios de los hombres y de las mujeres estuvieran “separados pero iguales”: una política neutral al género que simplemente representaba las diferencias anatómicas. En realidad estas leyes fueron adoptadas como una manera de promover la ideología moral de principios del siglo XIX que dictaba el papel y el lugar apropiados para la mujer en la sociedad.

El futuro de los servicios públicos

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De ahí que sea sorprendente que estos conceptos desacreditados hayan resurgido en el debate actual sobre quién puede usar los servicios públicos.

Los que están en contra de los derechos de los transgénero han acuñado el eslogan “No Men in Women’s Bathrooms” (Ningún hombre en los servicios de señora) que evoca las imágenes de mujeres débiles siendo objeto de ataques por parte de hombres si las mujeres transgénero pudieran “invadir” los baños públicos.

De hecho, la única prueba sólida de algún ataque en servicios públicos son los ataques dirigidos a personas transgénero y una parte importante de los cuales denuncia agresiones físicas o verbales en dichos espacios. En el embrollo de la polémica actual sobre los baños públicos es importante recordar que las leyes actuales al respecto surgieron a partir de la ideología de separación por esferas, una ideología que ya hace tiempo que ha sido desacreditada.

Todavía no está claro si los baños unisex son la mejor solución al problema, pero los legisladores y el público en general necesita empezar a considerar nuevas configuraciones de los espacios en los servicios públicos de modo que no exista discriminación para las personas que necesiten usarlos.

The Conversation

Autor: Terry S. Kogan, catedrático en Derecho, Universidad de Utah

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Fotos | iStock

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