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¿Por qué elegimos prosperidad frente a calidad de vida?

¿Por qué elegimos prosperidad frente a calidad de vida?
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Estamos en la época del año en que se hace más patente que a veces olvidamos nuestra calidad de vida para trabajar más, hacer más cosas o tener más éxito. Las reuniones navideñas son un pozo oscuro lleno de cuñados, sí; pero sobre todo son un recordatorio anual de que hay cosas más importantes que el trabajo.

¿Por qué sacrificamos calidad de vida, el tiempo de estar con nuestra familia y amigos, nuestros hobbies por ser más prósperos (aunque no lo necesitamos)? ¿Por qué preferimos soñar con una jubilación lejana e incierta que coger las maletas e irnos a las islas Fiyi? ¿Por qué queremos más si podemos vivir con lo necesario? Hoy hablamos de la ciencia del 'paluego' (elevado a la máxima potencia).

Entre que el problema no es el trabajo...

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Aunque a veces podría parecer que cierta 'obsesión por el trabajo' es el problema, en realidad como casi siempre el problema somos nosotros. El 18 de marzo de 1783 Carlos III aprueba una Real Cédula por la que declara "honestos y honrados" los oficios, considerados hasta entonces como ocupaciones poro respetables.

“Declaro que no sólo el oficio de curtidor, sino también los demás artes u oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros a este modo, son honestos y honrados. Que el uso de ellos no envilece la familia ni la persona del que los ejerce, ni la inhabilita para obtener los oficios municipales de la república en que están avecindados los artesanos o menestrales que los ejerciten. Y que tampoco han de perjudicar las artes y oficios para el goce y prerrogativas de la hidalguía a los que los tuvieren legítimamente, conforme a lo declarado en mi ordenanza de reemplazos del Ejército de 3 de noviembre de 1770, aunque los ejercieren por sus mismas personas"

Durante siglos, y parece que producto de la Reconquista, se había considerado un deshonor impropio de un 'cristino viejo' eso de realizar cualquier tipo de trabajo, salvo que tuvieran alguna relación con las armas o las letras. El trabajo manual diario era cosa de gentes de clase social baja o pasado judeizante y, de hecho, les inhabilitaba para desempeñar cargos públicos o para casarse con gente de un estatus social superior.

Este rechazo al trabajo manual hacía que muchos hidalgos estuvieran dispuestos a vivir en la pobreza más absoluta antes que ponerse atrabajar. Como podemos ver, ni los ninis los inventamos nosotros. Esto hizo que existiera un importante grupo educado y formado en riesgo de exclusión que amenazaba el desarrollo productivo y demográfico en plena revolución industrial. Si nos fijamos atentamente, es exactamente el mismo problema aunque se exprese de otra forma: personas que sacrificaban su calidad de vida de ese momento para poder aspirar a un estatus y una - virtual - prosperidad mayor en el futuro.

...y que somos más bien impacientes

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Eso que podría ser la conclusión si observamos a la gente en la parada del autobús, también es lo que nos decía la economía: La preferencia temporal es un concepto económico que nos dice que si tenemos que elegir entre dos bienes exactamente iguales (que tengan el mismo valor y utilidad para nosotros) tenderemos a elegir el bien actual al bien futuro. Básicamente, si aparece Bill Gates disfrazado de Papá Noel por la puerta y nos da a elegir entre un millón de dólares ahora mismo y un millón dentro de tres meses, la mayoría de personas lo preferirán ahora (al contado y con billetes no consecutivos) que en tres meses.

Irving Fisher llamaba 'impaciencia' a la 'preferencia temporal' y la verdad es que se entiende mejor. La economía (y la sabiduría) tradicional entiende que somos impacientes por naturaleza (y por buenos motivos históricos y evolutivos): "más vale pájaro en mano que ciento volando" porque ya se sabe que "más vale prevenir que curar". Algunas teorías clásicas llegaban a decir que solo podíamos ahorrar en la medida en que nuestra 'preferencia temporal bajaba' es decir, en la medida en que nos volvíamos más prudentes, sensatos y comedidos. Estaríamos apañados.

Por eso cuando hablamos de la dicotomía entre 'prosperidad' y 'calidad de vida', siempre da la sensación de que existe una contradicción entre esa preferencia temporal y la evidencia de gente que se mata a trabajar para prosperar. Pero es solo aparente.

Entonces, ¿Cómo se explica esto?

Está claro que hay quien elige prosperidad a calidad de vida porque lo necesita. Simplemente. Son muchos y no debemos llevarnos a engaño. En los últimos años esto se ha hecho muy palpable: la precarización del mercado laboral, la falta de ayudas públicas y la sensación ir cada vez a peor han hecho que mucha gente trabaje en todo lo que pueda, como pueda y sin preocuparse por nada más.

El caso interesante son las personas que sin necesitarlo objetivamente siguen eligiendo una cosa sobre la otra. Descartada la idea de que tengamos una tendencia a ahorrar (por algo inventaron la 'fábula de la cigarra y la hormiga'), todo puede parecernos algo irracional. Pero aquí, como siempre también hay un fuerte componente cultural: no sólo de calidad de vida vive el hombre.

Sin darnos cuenta, controlamos el comportamiento del resto: un control social que nos hace elegir unas cosas frente a otras

Aunque a veces no nos damos cuenta (porque es muy sutil, porque estamos acostumbrados) las situaciones sociales están reguladas socialmente. No pasa absolutamente nada porque vaya con mis mallas rosa chicle a clase de zumba, vivimos en un país libre; pero cada vez que lo hago, las 'miraditas' (y el cachondeo) tratan de 'regularme' socialmente hasta hacer que, eventualmente, acabe por ir a la tienda de deportes más cercana.

Esto que es evidente en mi gimnasio, pasa en todas partes todo el tiempo: la palmadita en la espalda cada vez que alguien se queda hasta tarde en el trabajo, la admiración social cada vez que uno se compra un coche más grande, la sonrisa de oreja a oreja cuando regalamos una videoconsola de última generación en lugar del tradicional cocodrilo sacamuelas.

De forma sutil, todos controlamos el comportamiento del resto y ese control 'social' hace que optemos por unas opciones en lugar de otras. En este caso, por trabajar porque no se entendería abandonar a mitad de camino. Por eso, muchas veces, solo un hecho traumático (que nos saca de nuestro contexto habitual) es capaz de 'ayudarnos' a reorientar nuestra vida.

Un problema social a medio plazo

Postergar la calidad de vida puede ser una buena estrategia a nivel individual, pero no lo es en absoluto a nivel social. El estrés crónico, como ya hemos hablado alguna vez, está detrás de dolores crónicos de cabeza, migrañas, diabetes, hipertensión, obesidad y problemas cardiovasculares. Además, provoca ansiedad y enojo, agitación, mal carácter, irritabilidad y tensión constantes; dificulta el aprendizaje, obstaculiza la memoria y provoca serios problemas de sueño.

Esto es casi la definición exacta de "problema socio-sanitario de gran envergadura". Según las proyecciones, los gastos sanitarios y laborales de las enfermedades relacionadas derivadas de la baja caldiad de vida serán un gran problema para los sistemas sanitarios de todo el mundo.

El mayor problema es que los cambios de hábitos de vida no son sencillos. En 1783 y como un decreto no bastaba para cambiar tantos años de mala prensa, se puso en marcha "una frenética actividad literaria y teatral gracias a las incontables obras para la escena que estaban protagonizadas por personas que vivían de los oficios dignificados" ('El fabricante de paños', 'El vinatero de Madrid' o 'Los menestrales').

Aún hoy seguimos asociado el éxito a las largas jornadas interminables, a la soledad en los aeropuertos y a la familia desectructurada. Tener hijos, podar bonsais o entrenar el equipo de fútbol sala del barrio son cosas asociadas a conformarse. Y parece que vivimos en una sociedad en la que nadie quiere conformase con ser feliz.

Imágenes | Eliza Tyrrell, francisco_osorio

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