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"Agua sin gluten": el último ejemplo de una absurda tendencia en el etiquetado de alimentos

"Agua sin gluten": el último ejemplo de una absurda tendencia en el etiquetado de alimentos
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La moda de las denominaciones en los alimentos junto con los titulares sobre los peligros del gluten, de los organismos genéticamente modificados (transgénicos) y de las hormonas están dando lugar a denominaciones cada vez más absurdas.

Por ejemplo, ahora puedes comprar agua "premium" que no solamente no contiene ni transgénicos ni gluten, sino que también viene con certificación de que es apta para judíos y de que se trata de producto orgánico. Da igual que ningún agua del mundo pueda contener algo así o sea diferente por tener esas denominaciones.

Mientras que algunas etiquetas proporcionan información útil que a veces no es tan obvia para los consumidores, otras etiquetas llevan afirmaciones engañosas que se aprovechan de la falta de información de los consumidores, sabiendo que algunos están dispuestos a pagar más dinero por cosas extra que vienen en la etiqueta. Por ejemplo, la información sobre el país de origen es útil; pero poner que una botella de agua es "sin gluten" y "sin transgénicos" no lo es.

En mi experiencia como experto en alimentos, este tipo de "falsa transparencia" no hace que los consumidores tengan más información sobre la naturaleza de los alimentos y puede llevar a engaño si la denominación viene acompañada de un precio más alto. El año que viene entrará en vigor en Estados Unidos una nueva normativa sobre el etiquetado de los alimentos que va a empeorar aún más las cosas.

Una breve historia sobre la información nutricional

Hasta finales de los 60, los consumidores sabían muy poco sobre el contenido nutricional de los alimentos preparados que compraban. Fue entonces cuando hubo un crecimiento espectacular en los alimentos procesados que dio lugar a la creación un sistema de etiquetado con información nutricional voluntaria y obligatoria a principios de los 70.

Gluten Free Siempre sin gluten. (Jade Wulfraat/Unsplash)

A medida que íbamos aprendiendo sobre la relación entre dieta y salud, el gobierno de Estados Unidos quiso ofrecer a los consumidores más información con la Ley de Etiquetado Nutricional y Educación de 1990, dándole a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) la autoridad para exigir a las empresas que pusieran en los paquetes de los alimentos una lista de ciertos nutrientes y otros detalles.

Desde entonces, el etiquetado de alimentos cada vez es más salvaje. Algunas denominaciones, como "orgánico", deben seguir normas estrictas, mientras que otras denominaciones, como por ejemplo "natural", no están reguladas. Los huevos pueden venir de gallinas que no son "de jaula" (algo que no está regulado) o "camperos" (algo que sí lo está). La leche puede ser de vacas "alimentadas con pasto" (algo que no tiene estándar) o "sin hormonas" (requiere verificación).

Estas denominaciones no son más que el resultado de la demanda de información por parte de los consumidores para saber cómo se producen los alimentos y de su disposición para pagar más dinero por esa información, sea falsa o no.

Las características de un producto

Para entender cómo influyen el etiquetado y las denominaciones en el comportamiento de los consumidores, tenemos que echar mano de la economía. El economista Kevin Lancaster tenía la hipótesis de que los consumidores no obtienen la satisfacción por el producto que en sí, sino por sus características.

Por ejemplo, cuando te compras un coche son sus características (el color, la marca, el precio o el rendimiento del combustible) lo que hace que quieras comprarlo. Navegando por la red podemos definir nuestras búsquedas con estas características y mientras que algunas, como el tamaño y el color, son visibles y las podemos verificar con los ojos antes de realizar la compra, otras, como el rendimiento del combustible de un vehículo, no las puedes confirmar hasta que no firmes el contrato y te den las llaves.

Party "Sin nada que puedas considerar sospechoso". (Jade Wulfraat/Unsplash)

Dicho de otro modo, la empresa sabe más sobre el coche que tú, algo que los economistas llaman la información asimétrica. El economista George Akerlof ganó un Premio Nobel por su trabajo sobre la información asimétrica y cómo sus terribles consecuencias para el mercado.

De forma parecida, los alimentos tienen características que solamente podemos verificar una vez comprados. Puedes coger una manzana y observar si tiene algún defecto, pero no puedes estar seguro de cómo va a ser su sabor y tampoco puedes saber cuántas calorías tiene, incluso una vez que te la has comido. Ahí es donde el etiquetado de los alimentos nos sirve de ayuda.

Explotando el déficit de conocimientos

Por desgracia, el problema de la información asimétrica nunca se puede eliminar por completo y los consumidores nunca van a tener tanta información cómo les gustaría a la hora de realizar una compra.

El etiquetado obligatorio ha servido de ayuda para reducir este déficit de información, sobre todo cuando la información adicional aumenta el bienestar del consumidor, como por ejemplo la información sobre el número de calorías o el porcentaje de la cantidad de vitamina C diaria recomendada.

Sin embargo, algunas compañías utilizan el etiquetado de alimentos para aprovecharse de este déficit de conocimientos atrayendo a los consumidores con temores sobre ciertos ingredientes o procedimientos para tener más prestigio o incrementar su cuota de mercado. Lo consiguen, por ejemplo, con la falsa transparencia de los "no contiene", que cada vez aparecen más en productos que ni siquiera podrían tener dicho ingrediente en primer lugar.

Galletas Sin azúcar. (Clem Onojeghuo/Unsplash)

Mientras que el ejemplo del agua es el ejemplo más claro de este tipo de prácticas, no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que hay casos similares. Desde que la normativa estadounidense obliga a no usar hormonas en la carne de cerdo o de aves, no tiene sentido vender pechuga de pollo como "sin hormonas", pero es algo que algunas empresas utilizan para subir los precios o para destacar entre sus competidores que no ponen esa información en las etiquetas.

La Administración de Medicamentos y Alimentos estadounidense permite que una empresa utilice la frase siempre y cuando en la etiqueta también aparezca que "la normativa federal prohíbe el uso de hormonas".

Señal de seguridad

Una nueva ley en Estados Unidos obliga a etiquetar los transgénicos de algunos alimentos, pero puede que cree más problemas cuando entre en vigor en verano de 2018.

Para entender la razón tenemos que volver a la información asimétrica y a una teoría económica llamada el efecto de señal, algo que ocurre cuando un consumidor recibe un mensaje implícito a partir de una señal explícita. Por ejemplo, si un alimento está denominado como "bajo en sodio" puede darnos a entender que deberíamos evitar el consumo de sal. Si el gobierno está involucrado en el efecto de señal, como cuando obliga a etiquetar ciertas cosas, el impacto suele ser mayor.

Agua Agua 100% natural. Signifique lo que signifique. (Clem Onojeghuo/Unsplash)

De ahí que la nueva ley de etiquetado de transgénicos pueda dejar entender a los consumidores que los alimentos modificados genéticamente tienen algo de malo. Si bien en Europa se ha prohibido el uso de transgénicos, en Estados Unidos tienen "pruebas contundentes que demuestran que los alimentos de las diferentes variedades de plantas transgénicas que hay en el mercado son tan seguros como los alimentos similares no-transgénicos".

Como resultado de la nueva ley, las empresas que venden productos sin transgénicos pondrán "sin transgénicos" en la etiqueta aunque la ley no se aplique a dichos productos.

Lo que me preocupa es que los consumidores cada vez van a estar más desconcertados a medida que las empresas hagan afirmaciones cada vez más absurdas en las etiquetas para que sus productos destaquen entre los de sus competidores en la estantería del supermercado y lo más probable es que lo único que los consumidores van a recibir a cambio de esa "falsa transparencia" es un precio más alto.

The Conversation

Imagen | Pete Wright/Unsplash

Autor: Brandon McFadden, profesor de Alimentos y Recursos Económicos, Universidad de Florida.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducido por Silvestre Urbón.

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