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Cortes de carreteras, ocupaciones y acampadas: la rebelión climática de Extinction Rebellion

Cortes de carreteras, ocupaciones y acampadas: la rebelión climática de Extinction Rebellion
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Si el calentamiento global es la mayor amenaza existencial que ha afrontado el ser humano desde el inicio de los tiempos, cualquier medida dedicada a atajarlo es insuficiente y llega demasiado tarde. La lógica, extremadamente radical en su planteamiento, sólo puede conducir a una conclusión: es hora de levantarse contra la inacción de los gobiernos. Es el punto de partida de Extinction Rebellion, un levantamiento internacional que a esta hora se despliega contra las principales instituciones del gobierno de España, en Madrid, y que durante el último mes ha tratado de paralizar Londres, Wellington o Sidney.

Es la revolución por el cambio climático. Una radical.

Qué pasa. Que miles de personas han ocupado Madrid con objeto de concienciar sobre la urgencia de combatir el cambio climático, coincidiendo con una convocatoria global. Algunas de ellas han optado por acampar dentro de la ciudad, otras han escenificado protestas frente al Ministerio de Transición Ecológica, y otras han tratado de cortar algunas vías al tráfico (incluido el Paseo de la Castellana). Se trata de algo más que una manifestación. Es una performance a gran escala destinada a generar "ruido", como lo definiera Roger Hallam, uno de los fundadores del movimiento, y que busca una respuesta policial y gubernamental tanto a pie de calle como en los despachos.

O como explicaron a nuestros compañeros de Xataka: "Queremos que nos detengan".

¿Por qué? Porque Extinction Rebellion representa una vuelta de tuerca radical y muchísimo más intervencionista que Fridays For Future, la serie de manifestaciones juveniles iniciadas por Greta Thunberg en Suecia y extendidas al resto del mundo con gran éxito a través de huelgas globales. Donde los segundos optan por colocar la conciencia climática en el centro de la agenda política, los primeros desean paralizar los centros de poder e imponer su política medioambiental. No se trata de una protesta, sino de una rebelión, y para ello se valen de métodos de boicot y presión no-violentos que, en ocasiones, bordean los límites de la legalidad.

Es un movimiento radical. No tanto por sus peticiones, como por sus actos. 

El origen. Las protestas de hoy en Madrid son las primeras a gran escala escenificadas por Extinction Rebellion en España, pero quedan lejos de ser las primeras a nivel internacional. El pasado mes de abril miles de participantes cortaron las calles de Londres, paralizaron líneas de autobús, irrumpieron desnudos en el parlamento y obligaron a la movilización de miles de agentes policiales. Numerosos manifestantes fueron detenidos. En menos de un año, Extinction Rebellion ha pasado de un pequeño grupúsculo de activistas británicos consternados por el futuro del planeta a una organización de base franquiciada en más de sesenta ciudades del mundo a través de 485 delegaciones. Su punto álgido de atención mediática ha llegado en septiembre y octubre.

Protestas. Lo más llamativo de Extinction Rebellion no son tanto sus peticiones como sus métodos. En Reino Unido, la delegación más organizada y movilizada, quieren que el gobierno declare la "emergencia" climática, que el país se comprometa a no emitir CO2 a partir de 2025 y que una "asamblea ciudadana" funcione como contrapeso al ejecutivo y supervise y fiscalice las políticas climáticas. ¿Radical? Sí, pero no tanto como levantar barricadas, tomar Westminster con objeto de "paralizar" al gobierno y pintar el edificio del Tesoro con 1.800 litros de pintura roja ("rojo sangre", sin éxito, por supuesto). 

Extinction Rebellion toca todas las peticiones comunes hoy a los movimientos ecologistas. Desde la reducción drástica de vuelos hasta el cambio de nuestras dietas, limitando el consumo de carne. No es tanto al esencia de sus exigencias como la performance, lo estridente de sus métodos.

Detenciones. Esta mañana un dispositivo de agentes antidisturbios ha arrestado, según una de las cuentas madrileñas asociadas a Extinction Rebellion, a un número indeterminado de manifestantes. En Londres las protestas de septiembre se saldaron con miles de activistas detenidos. Sucedió lo mismo en Asutralia y Nueva Zelanda, cuando diversas líneas de autobús y ferry fueron cortadas y decenas de personas ocuparon el Ministerio de Negocios, Innovación y Empleo. En Reino Unido la policía ya está actuando preventivamente, arrestando a grupos que plantean acciones ilegales, como la ocupación de edificios públicos.

Es un objetivo declarado del movimiento. Escenificar un choque con unas instituciones negligentes frente al calentamiento global. Los arrestos son un arma retórica, una forma de deslegitimar a la autoridad e imprimir un carácter mártir a las protestas. Si el problema es tan urgente, pasar una noche en el calabozo es un riesgo que merece la pena correr.

No-violencia. Ninguna de estas protestas tiene un carácter violento, no hacia las personas (sí hacia el mobiliario público). La prensa ha bautizado a sus participantes como "ecoradicales", "peligrosos" o "ecomaníacos", ilustrando el carácter alienante de sus acciones. Extinction Rebellion tiene un carácter abiertamente "disruptivo" y "desobediente", motivado por una ansiedad medioambiental palpable en parte de la población. Sus métodos no son nuevos, y se pueden rastrear en toda clase de movimiento de protesta insubordinado, ya sea el antiglobalización el el 15-M. La diferencia estriba en la causa: es la primera llamada a la "rebelión" que rota en torno al cambio climático y a sus funestas consecuencias.

Una vez la cuestión medioambiental se ha convertido en una de las principales discusiones políticas de nuestro tiempo, cada día más mainstream, sus aristas se han radicalizado. Extinction Rebellion es, hasta ahora, su extremo más visible y movilizado.

Imagen:  Frank Augstein/AP

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