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La crisis de la carne: el consumo global se ha estancado y la producción de ternera se ha hundido

La crisis de la carne: el consumo global se ha estancado y la producción de ternera se ha hundido
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De entre las muchas tendencias asociadas al crecimiento económico de los países, una destacaba por su carácter transversal: el consumo de carne. A más riqueza, más demanda de ternera, cerdo o pollo. Se trataba de una correlación invariable, pero que ha llegado a su fin. Durante los últimos años hemos asistido al pico de consumo de proteína animal, personificado en el estancamiento y posterior declive de la carne de vacuno.

Las cifras. Las ofrece Bloomberg. El consumo de carne caerá un 3% en 2020 respecto al año anterior, el descenso más acentuado desde principios de siglo (cuando la enfermedad de las vacas locas sumergió a la industria del vacuno en una crisis sin precedentes). Se trata de un porcentaje muy influenciado por la crisis del coronavirus, pero uno que apuntala una tendencia ya observada años atrás. Década a década, el consumo de ternera se ha estancado en todo el mundo.

Producción. Una buena forma de observarlo es a partir de la producción. También ha superado su pico. 2019 representó un punto de no retorno. Fue el primer año desde 1961 en el que la producción de carne descendió a nivel internacional (en torno a los 340 millones de toneladas). Antes de la epidemia, la FAO ya prolongaba la caída en 2020. La industria afronta dos años consecutivos en claro retroceso, una situación inédita y muy influenciada por la peculiar crisis del vacuno.

Sorpasso. En 1961, la ternera representaba el 39% de la producción mundial de carne, actor predominante en la industria frente al cerdo (35%) y al pollo (11%). Sesenta años después la situación se ha invertido (gráfico). El vacuno supone hoy el 20% de la producción global, frente al 35% del cerdo (el único que mantiene sus niveles) y el 34% del pollo. Es algo especialmente evidente en Estados Unidos: su población ha crecido un 40% desde 1980, pero su consumo de ternera tan sólo un 15%.

"Peak beef". La carne de vacuno ha alcanzado así su pico, tanto en consumo como en explotación. Lejos quedan los crecimientos interanuales por encima del 1%, enterrados en los setenta. En los últimos diez años, la producción de ternera apenas ha crecido un 0,11%. Se ha estancado. Europa produce hoy un 26% menos de carne de vacuno que en 1991; Rusia, un 55% que en 1992; y Canadá y Argentina, dos países de profunda tradición cárnica, un 41% y un 16% menos que a mediados de los '00.

¿Por qué? Es un cambio de tendencia. Dos factores paralelos. Por un lado, una mayor toma de conciencia sobre los riesgos para la salud asociados al consumo de carne roja. Y por otro, el advenimiento de las carnes blancas. El ocaso de la ternera coincide con el advenimiento del pollo (y mantenimiento de cerdo), cuya productividad y rentabilidad (grandes plantas industriales sin necesidad de pastos, menores costes asociados a su alimentación) lo han colocado en la cima del consumo de carne.

El futuro. Hasta ahora, la demanda de carne siempre había dibujado una curva al alza gracias al desarrollo de los países pobres, muy en especial China. Eso podría estar a punto de cambiar. El país afronta ya su irreversible decadencia demográfica, lo que ha congelado su volumen de producción e importación (su número de cabezas bovinas se mantiene en torno a los 100 millones). Su apetito de ternera parece a las puertas del estancamiento, como ya sucediera con otros países asiáticos.

Y la industria no puede descontar un crecimiento exponencial en el otro gran mercado de clase media aún por explotar, India, dadas sus particularidades culturales.

Medio ambiente. A corto plazo, buenas noticias para el planeta. La industria bovina representa un tercio de las emisiones de metano, y el consumo de carne genera una enorme huella medioambiental. Su declive ha supuesto un descenso del 1,2% en el volumen de tierras dedicadas al pasto. Y como vimos en su momento, la suma conjunta de pasturas, granjas y cultivos dedicados al alimento de animales ocupan casi un 30% de la superficie global de la Tierra, con el impacto que ello conlleva.

En este contexto, una parte de los actores de la industria ya han hecho su apuesta por la carne falsa. Una que requiere de más guisantes y de menos (muchas menos) vacas.

Imagen: Kyle Mackie

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