El desastre del Brexit podría tener otra consecuencia inesperada más: la ruptura del Reino Unido

El desastre del Brexit podría tener otra consecuencia inesperada más: la ruptura del Reino Unido
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Entre lo que ocurre entre los bastidores de Westminster y un gobierno británico al borde del colapso nos encontramos con un cambio de la política del país que puede tener consecuencias mucho más demoledoras: la posibilidad real de la división del Reino Unido. A día de hoy, el [país][1] está formado por Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

La publicación del [borrador sobre el acuerdo de salida de la Unión Europea][2] (un documento de 585 páginas) ha revelado lo que ha ya era implícito desde que los "británicos" votaran a favor de abandonar la Unión Europea: el hecho de que el Brexit es una expresión del nacionalismo británico que de forma involuntaria podría llevar a la ruptura del Reino Unido.

Detrás de la retórica del gobierno de una ["Gran Bretaña global"][4] ya no existe la idea de los "británicos" en un sentido político. El referéndum puso de manifiesto las importantes diferencias en cuanto a las opiniones sobre la pertenencia a la UE de Escocia, Irlanda del Norte e Inglaterra. Aunque la primera ministra, Theresa May, intentara vender una "Gran Bretaña global" en relación a Europa y el resto del mundo, el país se disolvía desde dentro.

Theresa May se refiere al Reino Unido como una ["unión preciada"][5], aunque son pocos los que comparten su opinión. Una encuesta de LBC-YouGov en Marzo reveló que una mayoría (principalmente ingleses) de votantes prefería abandonar la UE aunque supusiera que Irlanda del Norte [ya no forme parte del Reino Unido][6].

¿Integridad territorial? Quizá no

En octubre, un estudio publicado por el Centre on Constitutional Change mostraba que una clara mayoría de los ingleses que habían votado a favor del Brexit estaría de acuerdo con la idea de que Escocia e Irlanda del Norte dejaran de ser parte del Reino Unido como [precio a pagar por el Brexit][7]. Lo irónico es que la resistencia de 10 diputados del DUP, en Irlanda del Norte, y de cerca de 60 defensores extremistas y [conservadores ingleses][8] va a ser lo que probablemente cree una crisis existencial en el Reino Unido.

Su intransigencia acabará destruyendo aquello que abogan defender.

Theresa May (Matt Dunham/AP)

El texto para el acuerdo de salida del Brexit ha requerido un gran esfuerzo para tranquilizar a la comunidad unionista de la región del Úlster sobre el mantenimiento de la integridad del Reino Unido. La cláusula "backstop" acordada (la permanencia en la unión aduanera temporal y, en caso de que no haya acuerdo o tratado comercial posterior, un estatus especial de Irlanda del Norte en la UE) no es algo que los que están a favor del Brexit y el DUP puedan digerir fácilmente.

Para ellos, el acuerdo era una ["capitulación"][10]: la ruptura de las líneas rojas, "en sangre", que invocaban la idea de la vuelta a situaciones de conflicto en [Úlster][11]. Al otro lado del Mar de Irlanda, [Nicola Sturgeon][12], la primera ministra escocesa, se preguntaba por qué Irlanda del Norte va a recibir un trato especial y Escocia no.

De hecho, el acuerdo de salida [no menciona en ningún momento a Escocia][13], algo raro si tenemos en cuenta de que la mayoría de la población escocesa votó para permanecer en la UE, lo que podría motivar a Escocia a celebrar otro referéndum sobre su independencia.

El Brexit ha creado una nueva y profunda escisión en la política británica que trasciende las antiguas divisiones políticas. Mucha menos gente [se identifica como laborista o conservadora][15] en comparación con los que se identifican a favor o en contra del Brexit. Si le añadimos el componente nacional a estas políticas aparecen nuevas opciones. Algunos de los defensores del Brexit más extremistas consideran que quitarse Escocia e Irlanda del Norte sería un coste aceptable para la independencia de "Gran Bretaña" (o más bien "Inglaterra") de la UE.

Arlene Arlene Foster, líder del DUP, a la izquierda. (Frank Augstein/AP)

El fantasma del imperio británico lleva persiguiendo al imaginario del Brexit desde antes del referéndum de 2016. Sus críticos ridiculizaron la idea de la "Gran Bretaña global" como un "Imperio 2.0", pero el recuerdo del imperio tiene dos caras. Los defensores del Brexit ven a la UE como un imperio enemigo, y según ellos el acuerdo de salidadejaría al Reino Unido como un [estado vasallo][16] (un estado subordinado a otro), idea que debe ser rechazada.

El Brexit ha dejado algunas cuestiones sin responder en cuanto a quién está realmente al mando en Gran Bretaña. Cada vez hay más gente que pide un [segundo referéndum][18], sugiriendo que "la gente", y no el gobierno o el parlamento, es la máxima autoridad en esta cuestión. Un segundo referéndum tendría como ventaja presentar a los votantes una propuesta concreta para la salida de la UE, dejando a un lado las falsas afirmaciones tendenciosas de la campaña a favor del Brexit de 2016.

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La verdad es que no sabemos realmente qué es lo que la gente votó exactamente: [solamente un 6% de los votantes a favor de la salida de la UE][19] pensaba que a Gran Bretaña le iría mejor económicamente fuera de la UE. Pero unas elecciones generales podrían ser la mejor apuesta, puesto que sería prácticamente un referéndum y también se podría volver a un gobierno con mayoría parlamentaria, algo que Gran Bretaña no tiene desde el error de cálculo de May el año pasado.

The Conversation

Imagen: Scott Heppell/AP

Autor: Ben Wellings, Monash University.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

Traducido por Silvestre Urbón.

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