Donald Trump ya no es presidente. Así que las audiencias televisivas han caído en picado

Donald Trump ya no es presidente. Así que las audiencias televisivas han caído en picado
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Ten cuidado con lo que deseas, podría volverse realidad. La máxima la están sufriendo las principales cadenas televisivas de Estados Unidos. Durante años han gozado de una audiencia creciente gracias al incandescente foco de atención que representaba Donald J. Trump, el primer presidente que hizo de su acción de gobierno un gran programa de telerrealidad. Su derrota electoral y el ascenso al poder de Joe Biden, un señor normal y aburrido, ha puesto fin a la espectacularidad de la política estadounidense.

Y ha provocado que millones de espectadores apaguen la televisión.

Las cifras. Las ofrece este artículo de Variety. Los principales programas del "prime time", todos ellos dedicados a analizar la actualidad política, están sufriendo. CNN se deja entre el 28% y el 32% de su audiencia de diciembre a enero; Fox News cuenta pérdidas de entre el 9% y el 4,8%; y MSNBC amplía su horquilla de descalabros al 17% y al 9%. Todos los presentadores estrella, sin excepción, ya sean muy demócratas o muy republicanos, se llamen Anderson Cooper o Sean Hannity, tienen hoy menos espectadores que a finales de 2020. 

La razón es simple: Trump.

¿Por qué? Porque Trump ofrecía un gran espectáculo televisivo. Muy poco pan, pero un espléndido circo. Él mismo lo sabía y lo había predicho. En caso de que abandonara la Casa Blanca "habría un desplome masivo de las audiencias televisivas, la televisión entraría en depresión". Matt Taibbi cuenta con un estupendo análisis sobre lo que implicó en su momento la aparición de Trump en la escena política y hasta qué punto la prensa avivó su constante necesidad de ser el centro de atención porque, en última instancia, era un buen producto audiovisual:

Trump transformó los informativos (...) mezclando el drama cara-a-cara de los deportes con la urgencia anfetamínica de las noticias de última hora. Más aún: la respuesta del Partido Demócrata a Trump, con sus múltiples intentos de sacarle del poder basados en la idea de que cada día que pasara en el Despacho Oval suponía una amenaza existencial a la humanidad, permitió a las televisiones convertir cada día de los años de Trump en un niño-ahogado-en-el-pozo.

Un torbellino. Ejemplos hay a raudales, no sólo en los medios estadounidenses sino también en los internacionales. Toda la prensa, incluidos nosotros, cubrió acontecimientos frenéticos como la investigación de Robert Mueller, el cierre fronterizo con los países árabes, las "jaulas" destinadas a los niños migrantes de México, la guerra comercial con China y la Unión Europea y, por supuestísimo, el asalto al Capitolio, la gran traca final, el episodio que cerró el paso de Trump por la Casa Blanca y que pareció surgir de la mente de un guionista.

Mutua dependencia. En el camino medios, muy especialmente televisiones, y Trump generaron una relación de mutua dependencia. Los primeros le necesitaban para apelar a sus lectores (a favor o en contra) y levantar sus audiencias. En 2014, un año antes de que Trump descendiera aquellas escaleras, los prime time de MSNBC, Fox y CNN caían a un ritmo del 8% anual. La actualidad política no interesaba y sus programas se encontraban en su popularidad más baja de los últimos veinte años.

Trump fue una bendición. Para todos, incluidos los late nights que de la noche a la mañana adoptaron un tono decididamente más político. Por su parte, el hoy ex-presidente necesitaba atraer la atención de la prensa para a) abrumar al electorado con un escándalo/idea alborotada/excentricidad tras otra, desdibujando cualquier supervisión sobre sus políticas y medidas y b) polarizar el clima mediático, activando al electorado demócrata... Pero también al suyo, en permanente estado de victimización.

La tendencia. En última instancia la estrategia de Trump fracasó. Pero no deberíamos subestimar el fenómeno. La sobreexposición mediática está rompiendo la democracia. Lo vimos a cuenta de un estudio en el que se ilustraba cómo la llegada de la banda ancha polarizaba a los electorados y los hacía menos proclives a entender o aceptar las ideas del opuesto. Esta dinámica se ha trasladado a las televisiones y a sus presentadores, nichos a los que acudes no a informarte sino a que te den la razón. Un proceso al que España no es en absoluto ajena.

La política como "gran evento espectacular diario", y no como aburrido quehacer legislativo y regulatorio, tiene sus desventajas. Aunque sea muy rentable para los medios de comunicación y algunos gobernantes.

Imagen: Jacquelyn Martin/AP

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