¿Echas de menos el verano? En el futuro te vas a hartar: para el año 2100 durará seis meses

¿Echas de menos el verano? En el futuro te vas a hartar: para el año 2100 durará seis meses
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Durante el mes de marzo, cuando la luz ya se deja ver unas horas de más al terminar la jornada laboral, parecemos sentirnos más felices. Quizás es el sol o que se ve más vida en las calles. Es por estas fechas también cuando gran parte de la población está deseando que llege el verano de una vez por todas. Un verano que cada vez llega antes gracias al calentamiento global, cuyas consecuencias ya se empiezan a notar. Tan solo hace falta ver las temperaturas de este pasado año. Sí, 2020 fue el año más cálido de todos los tiempos. Las temperaturas medias del planeta superaron en más de 1º C la media estandarizada.

El cambio climático, además, ya está impulsando cambios significativos en el patrón y la duración de las estaciones de la Tierra. ¿Eres de los que echa de menos el verano? Cuidado con lo que deseas, porque en el futuro podrías hartarte.

El estudio. Un estudio reciente publicado en la revista Geophysical Research Letters señala que el cambio climático está haciendo que los veranos sean más calurosos y largos, al tiempo que reduce las otras tres estaciones. Los veranos en el hemisferio norte podrían durar casi seis meses para el año 2100 si el calentamiento global continúa igual y los inviernos podrían durar menos de dos meses, según los investigadores. Para llegar a estas conclusiones, los científicos analizaron los datos climáticos diarios de 1952 a 2011 para determinar el inicio y el final de cada temporada en el hemisferio norte.

Durante un período de casi 60 años, los veranos crecieron de un promedio de 78 a 95 días de duración. En promedio, las temporadas de primavera se redujeron de 124 a 115 días, y los otoños se redujeron de 87 a 82 días. Para saber qué comprende cada estación midieron el comienzo del verano basándose en el inicio de las temperaturas en el 25% más caluroso durante ese período de tiempo. El invierno se definió como el inicio de temperaturas en el 25% más frío.

Más días de calor. Diferentes estudios ya anticipaban el fenómeno. Una investigación del think tank Australian Institute sugería hace unos meses que sólo entre 1998 y 2018 las temperaturas veraniegas se prolongaron durante 31 días más que la media registrada en el siglo XX, y las invernales 23 días menos. Lo hemos contado en Magnet. Es decir, el invierno ha perdido en torno a un mes durante las últimas dos décadas, y el verano ha ganado uno. Las temperaturas que antes se consideraban normales durante los tres meses de verano ahora abarcan desde principios de noviembre hasta mediados de marzo (las estaciones se invierten en el hemisferio sur).

Consecuencias. En este artículo publicado por la NBC, diversos científicos advierten de las irregularidades que temperaturas más altas tendrían en la salud humana, la agricultura y el medio ambiente. Los veranos más cálidos y más largos, por ejemplo, significan que los mosquitos y otras plagas portadoras de enfermedades podrían expandir su área de distribución y persistir en áreas donde normalmente no se encuentran. Se podría llegar a un punto en el que insectos como los mosquitos de la malaria, que normalmente se mantienen fuera de las áreas de gran altitud porque no pueden sobrevivir durante la noche, podrían potencialmente sobrevivir más tiempo y en altitudes más altas.

Y debido a que las estaciones dictan los ciclos de vida de las plantas y los animales, el cambio climático podría alterar la capacidad de adaptación de las especies.

Cambio en la agricultura. Basta decir que podría llegar un momento en el que las flores que emergen del suelo salieran y las abejas aún no hubieran llegado para polinizarlas. También afectaría a la producción agrícola: en Estados Unidos, por ejemplo, una "falsa primavera" en marzo de 2012, caracterizada por un clima inusualmente cálido, sacó a la vegetación de la inactividad semanas antes de lo previsto, antes de que las temperaturas volvieran a bajar en abril. Todo se aceleró pensando que había llegado el comienzo del verano y en el estado de Michigan se perdieron grandes cantidades de cultivos de cerezas como resultado. Y nos afecta de lleno: la región mediterránea ya se está volviendo más árida, por lo que es menos apta para la siembra de trigo.

Así que disfrútalo mientras puedas. Algunos modelos son muy pesimistas respecto a nuestro futuro. Hace unos meses, eltiempo.es publicaba una proyección de temperaturas extremas para 2050. Veredicto: máximas de hasta 47º C en el Valle del Ebro; y de hasta 48º C y 49º C en la España meridional. Temperaturas antaño extremas serán cada vez más comunes. Una mirada a 2300, el modelo predictivo más ambicioso hasta la fecha, ofrece también un lienzo poco alentador: un Ártico liberado de hielo en 2130, un aumento del nivel del mar de hasta 1,5 metros y temperaturas sistemáticamente por encima de los 2º C, los 3º C y los 4º C respecto a la era preindustrial. Para este último escenario hay un excelente mapa que habla por sí solo.

¿Trabajaremos peor? El impacto llegará a todos los niveles. Un estudio decía que los veranos calurosos contribuyen a ralentizar el rendimiento laboral y académico haciendo que tus funciones de cálculo, de escritura o de pensamiento sean menos eficientes de lo que acostumbran. La investigación comparaba el desempeño intelectual de dos grupos de estudiantes durante una insoportable ola de calor. Unos contaban con aire acondicionado en las habitaciones, otros no. Se ha estudiado con anterioridad cómo determinado umbral de temperaturas puede provocar que los alumnos aprueben o suspendan un examen con mayor probabilidad. Lo mismo vale para el trabajo de cualquier oficina: más calor, se cree, provoca que los empleados trabajen menos

Más contaminación. El impacto de la radiación solar también tiene consecuencias sobre las emisiones y la contaminación, especialmente asociadas al asfalto. Un estudio publicado en el journal Science Advances concluía algo que cuando las temperaturas aprietan y el sol reblandece la calzada, la contaminación empeora. Es decir, respiramos un aire hasta 300% más tóxico. El asfalto absorbe más calor que otras superficies (naturales), liberando más aerosoles orgánicos secundarios lesivos para la salud. Si computáramos las emisiones de aerosol derivadas al calentamiento del asfalto, en especial en verano, superarían con mucho a las asociadas a los motores de combustión. Otro punto negativo para aquellos que desearían que el verano fuera eterno e imperecedero.

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