PETA quiere acabar con el maltrato animal uniéndose a las empresas a las que acusa de maltrato animal

PETA quiere acabar con el maltrato animal uniéndose a las empresas a las que acusa de maltrato animal
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Debía ser sencillo imaginar al cara de asombro de los ejecutivos de Canada Goose mientras una decena de personas protestaba a las puertas de las bolsas de Toronto y Nueva York. En el día de la salida de la empresa al mercado de valores, PETA había desplegado dos estrategias divergentes: por un lado, protestaba públicamente contra la compañía; por otro, se convertía en una de sus accionistas mediante la compra de sus acciones.

Podría parecer una contradicción, pero no lo era.

Mientras acusaba a Canada Goose de corrupción moral y maltrato animal, PETA se convertía en dueña parcial de su destino. Muy parcial, hay que reconocerlo: 4.000 dólares en forma de 250 acciones, una parte diminuta del gran conglomerado empresarial que representa Canada Goose. Pero el suficiente, y aquí viene la parte interesante, como para tener voz y voto dentro de la junta de accionistas. Junto al activismo, PETA había cuadrado el círculo de su campaña animalista: unirse al enemigo para combatirlo desde dentro.

La jugada es estratégica y práctica. Para PETA el futuro de la protección animal pasa tanto por la revolución externa, por las campañas de activismo que tan bien escenifica en contra de Prada, Canada Goose o Louis Vuitton, como por la reforma interna, por la compra de pequeños paquetes de acciones en conglomerados modísticos o farmacéuticos que le aseguren un puesto sobre la mesa. Con él, PETA quiere hacer el bien.

O lo que es lo mismo, impulsar su propia agenda política. Desde finales de los ochenta, la organización, la más importante y mediática en defensa de los derechos y de la integridad de los animales, ha realizado sustanciales compras de acciones en aquellas empresas a las que aspiraba a combatir. El mecanismo y las razones del fenómeno están explicadas por la propia PETA en su página web, y tiene tanto de irónico como de razonable: en el capitalismo, importa más el poder orgánico que el shock exógeno.

Y la última víctima del razonamiento ha sido Canada Goose. Para PETA, la utilización de pieles animales en sus productos es "anticuado" y de "mal gusto", en palabras de su portavoz Ben Williamson. Canada Goose es una célebre marca candiense especializada en abrigos y ropajes para temperaturas extremas. Sus abrigos suelen estar rellenos de pluma de pato o ganso, y los gorros suelen estar forrados con piel de coyote.

Como Greenpeace comprando acciones de ExxonMobil

Obviamente, es algo inasumible para una organización que ha hecho de la defensa de la integridad de los animales, ya sea en forma de ropa o de experimentación científica. La adquisición del paquete accionarial de Canada Goose es limitada, por supuesto (los recursos de PETA son limitados y muchas veces su participación accionarial viene determinada por donaciones), pero los activistas no aspiran a tener el control de la empresa (algo imposible). Al contrario, quieren proponer dentro de su foro medidas de protección animal.

Air France Una protesta de PETA contra Air France. (See Li/Flickr)

En el peor de los casos, razonan desde PETA, habrán ganado una plataforma mediática de cara al público y habrán logrado que, al menos, sus argumentos sean escuchados por el resto de los accionistas de las compañías. En el mejor, como presumen de haber logrado antes, habrán logrado que sus propuestas sean aceptadas.

Canada Goose, decíamos, ha sido la última víctima de PETA, pero ni mucho menos la primera. A finales de los ochenta, los animalistas optaron por esta política dentro del sector de las farmacéuticas. Para PETA, gran parte de los procedimientos-test para verificar la viabilidad de los medicamentos eran inmorales (porque requerían de diversos animales), de modo que promovió usos amparados por la regulación de turno sin la utilización de seres vivos.

Durante los últimos años el foco se ha dirigido al mundo de la moda. Una de sus más recientes víctimas fue Louis Vuitton: la organización animalista había criticado con cruda dureza la utilización de piel de cocodrilo, y la forma de obtenerla, en diversos productos de lujo de LV. La empresa de moda lo negaba tajantemente. ¿El siguiente paso de PETA? Entrar en el consejo accionarial y hablar cara a cara con los dueños de LV.

Antes fue Prada, cuyos bolsos fabricados con piel de avestruz fueron el objeto de una nueva campaña de críticas de PETA.

Y así sucesivamente hasta una decena larga de compañías, desde Hermès hasta zoos como SeaWorld, en protesta por el cautiverio de orcas y otros animales de mar. La jugada de PETA es una mezcla de palo y zanahoria: agresividad activista por un lado y reforma desde dentro, todo con la mirada puesta en sus objetivos políticos e ideológicos. Trasladado a otros planos, es como si Greenpeace comprara acciones de ExxonMobil.

Un sabotaje arriesgado, pero no falto de inventiva.

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Imagen | David Jensen/AP Photo

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