La escala urbana del 12%, o por qué en las ciudades hay menos depresión aunque no lo parezca

El tópico dice que la vida en las ciudades es más impersonal, lo que nos hace asumir que habrá más infelicidad y, por tanto, mayor depresión en ellas que en el campo. Si nos atenemos a algunas estadísticas españolas de diagnóstico de trastornos como esquizofrenia podría ser así.

Pero ya lo comentamos hace unos meses: según un nuevo e importante estudio de la Universidad de Chicago, y por contraintuitivo que pueda parecer, a mayor tamaño tiene la ciudad, menores tasas de depresión se encuentran (refiriéndonos claro está a las tasas debidas a este factor en exclusiva, ya que hay otras dimensiones que influyen mucho en su aparición, como el estado civil, la situación laboral y el género del sujeto).

También ocurre que este trabajo tomó en consideración un criterio algo distinto al de otros muchos trabajos que han investigado lo mismo: para medir la prevalencia de depresión no se basaron únicamente en las encuestas poblacionales provenientes de los Servicios de Salud Mental del país, sino que añadieron un modelo matemático… aplicado a Twitter. Escarbando en el historial de tuits de individuos con geolocalización activada y respondiendo vía árboles semánticos y machine learning a los nueve criterios de diagnóstico de depresión del DSM-IV. Su técnica, aseguran, tiene una tasa de precisión sólo ligeramente menos fiable que las encuestas hechas por expertos.

El crecimiento matemático que explica la mayor serendipia de las ciudades (y sus efectos)

Con todo y con eso, sus resultados, aseguran, son estables y consistentes entre todas las fuentes: la prevalencia de la depresión disminuye sistemáticamente con el tamaño de la ciudad. En concreto, cada vez que se duplicaba el tamaño de una población, había una tasa de depresión de un 12% menos entre sus miembros.

Y aquí es donde aparece la magia, o la llamada teoría de la escala urbana, un concepto de hace algunos años de las ciencias sociales, también basado en modelos matemáticos, tras el que se cree que se pueden explicar multitud de factores sobre los modos de organización de la vida: un estudio bien conocido es que la gente camina más rápido en las ciudades. Para una región de 10.000 habitantes, el ciudadano medio tiende a andar a 3.5 km/h, mientras que en las ciudades de un millón van normalmente a unos 5.8 km/h. Esto significa que podemos decir que una ciudad con el doble de habitantes que otra tiene un ritmo de vida aproximadamente un 12% más veloz.

Según Andrew Stier, doctorando en neurociencia integrativa por la Universidad de Chicago y autor del estudio que citábamos al principio, ese patrón del 12% por duplicación de población se encuentra en muchos otros estudios que toman en cuenta el tamaño de las poblaciones para explicar las tasas de invención, la variedad de empleos, el número de interacciones sociales, la pluralidad de opciones de restauración y el grado de delincuencia.

En todos los ejemplos citados, al doble de tamaño, aparece esa aproximada respuesta de un 12% extra. La misma regla aparece si evaluamos la capacidad y velocidad de propagación del covid. Según un estudio de la Universidad de Colorado de 2015, ese patrón de la escala urbana se lleva experimentando en sociedades de todas partes del mundo que se remontan a 1150 a.C.

La soledad es criminal. Las interacciones urbanas nos protegen de ella

El por qué la ciudad grande ayuda a combatir a la depresión es sencillo: por la mayor interacción social. Las ciudades tienen redes de infraestructuras (calles, líneas ferroviarias, etc) que, curiosamente, tienden a “variar de manera predecible con el tamaño de la población de cada ciudad” y que tienden hacia los entornos más densos. La mayor densidad es un propiciador natural de mayor número de interacciones humanas.

Existe la posibilidad, como se ha visto en algunos otros estudios, de que en algunos tipo de poblaciones más bien pequeños, esos menores grados de interacciones se compensen porque las que se producen son de más calidad (tu familia, tus amigos), pero, según las conclusiones de los de Chicago, por lo general, las ciudades grandes compensan la falta de calidad de sus interacciones con una mayor cantidad de las mismas, algo que compensaría al ciudadano medio incluso aunque sea un inmigrante y no tenga familia en Nueva York o Berlín. Hay además una corriente que apunta a que hay una manera de mejorar la calidad de las mismas en los grandes núcleos urbanos: construyendo más zonas de paso y esparcimiento. Más parques.

Por último, contamos en España con otras estadísticas que ayudarían a respaldar esa teoría del 12%, o por lo menos la de la menor potenciación de la depresión por las grandes ciudades: nuestras estadísticas de suicidio, un fenómeno altamente relacionado con los trastornos mentales. Según un reciente estudio del Ministerio de Sanidad, la denominada España Vaciada concentra un 25% de los suicidios mientras que por su porcentaje de población debería registrar solo el 20%. El consumo de psicofármacos es mucho mayor en las poblaciones de hasta 10.000 habitantes, y no únicamente por sus personas de la tercera edad, sino que hay mayor consumo también entre sus personas maduras.

Despoblación, falta de opciones laborales… Y también una brecha de género que ya se está produciendo: cuanto más pequeño es el municipio, menos mujeres en edad reproductiva hay, ya que emigran a las grandes urbes en busca de oportunidades, y a mayor soledad y aislamiento, mayores papeletas para sufrir.

Así, la tasa de suicidios en Asturias o Galicia es de 13 y 12 por cada 100.000 habitantes cuando en Madrid o Cataluña son 5 y 6 respectivamente. La paradoja es que según las encuestas del INE de hace unos años, la persona con menos posibilidades de recibir un diagnóstico de problemas de salud mental en nuestro país era el varón de entorno rural. Otro dato a tener en cuenta: si en España ya hay problemas para recibir atención en salud mental, las posibilidades se reducen aún mucho más en las zonas rurales.

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