Los estudios, datos y tendencias que apuntan a un Occidente de ateos, veganos y asexuales

Los estudios, datos y tendencias que apuntan a un Occidente de ateos, veganos y asexuales
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Una versión anterior de este artículo fue publicada en 2018.

Salvo quizás el incesto, el bestialismo y las relaciones no consentidas, poquísimos tabúes sexuales gozan hoy de buena salud; la disponibilidad de anticonceptivos (y métodos de prevención de las ETS) roza máximos históricos; las aplicaciones para ligar viven una edad de oro y prácticas sexuales que hace pocos años nos escandalizarían como el sexting, los juguetes sexuales o el sexo anal heterosexual están a la orden del día. Y, sin embargo, los jóvenes tienen menos sexo que antes.

Como dice Kate Julian, Occidente tiene las sociedades más tolerantes con el sexo de la historia del Humanidad y, sin embargo, vive en medio de una fuerte recesión sexual. Y tiene razón, los jóvenes tienen menos sexo y a edades más tardías que las generaciones anteriores. Pero lo más interesante es que este profundo cambio social va mucho más allá de la bragueta. Hay buenas razones para pensar que Occidente se hace progresivamente ateo, vegano y asexual.

Si nos fijamos en los jóvenes, podemos confirmar que se inician más tarde en las relaciones sexuales. Entre 1991 y 2017, el porcentaje de estudiantes norteamericanos que habían tenido relaciones sexuales disminuyó del 54% al 40%. En Países Bajos, la edad media de la primera relación sexual aumentó de los 17,1 años en 2012 a los 18,6 años en 2017. En España también vemos un fenómeno parecido: aunque entre 2000 y 2010, la edad bajó casi dos años. Los datos sugieren que en la última década la tendencia se ha invertido y rápidamente.

Además de iniciarse más tarde, el número de relaciones sexuales también está bajando. Y no sólo entre los jóvenes. Los miembros de la generación X (nacidos entre 1964 y 1980) y los babyboomers (nacidos entre 1946 y 1964) parecen tener también menos relaciones sexuales hoy de las que tenían las generaciones anteriores a su edad. En los últimos 20 años, el norteamericano promedio pasó de tener 62 relaciones sexuales al año a tener solo 54. En Gran Bretaña, según la Encuesta Nacional de Actitudes Sexuales y Estilos de Vida, el promedio de relaciones sexuales al mes cayó de 6 a 5 entre 2001 y 2012. En ese mismo periodo, los australianos pasaron de tener 1,8 relaciones a la semana a 1,4.

Finlandia, Suecia y España, aunque aquí faltan datos precisos, parecen vivir procesos similares.

(Jonathan Borba/Unsplash)

No solo ha disminuído el número de parejas sexuales para pasar de una media de once entre los babyboomers a una media de ocho entre los millenials. Según Helen Fisher, la antropóloga que dirige la Encuesta Anual de Solteros de América, lo relaciona con el hecho de que durante los últimos veinticinco años los matrimonios han caído. Mientras que la proporción de parejas que viven juntas no ha crecido lo suficiente como para compensar los matrimonios. Hoy por hoy, en Estados Unidos, aproximadamente el 60% de los adultos menores de 35 años viven sin pareja. Y uno de cada tres vive con sus padres. Algo parecido sucede en todos los países.

En realidad, la "recesión sexual" va más allá del sexo y se encamina a una disminución del contacto físico en sí mismo. Por eso, con matices, se puede hablar de cierta "asexualización social" vinculada al descenso del interés sexual. En Países Bajos, por ejemplo, los investigadores están muy preocupados por el rechazo que los jóvenes parecen haber desarrollado a cosas como los besos y, entrando en el peculiar ecosistema que siempre es Japón, la industria sexual japonesa se está volviendo menos sexual centrándose en el desarrollo de servicios en los que la masturbación es más placentera.

Algunos autores, encuadran en este cambio del sexo dentro de lo que Giddens denominó las transformaciones de la intimidad. Así, de la misma forma que las relaciones se han "democratizado" y la orientaciones sexuales no heterosexuales se despenalizan, surgen nuevos debates muy intensos sobre el cuerpo, la intimidad y los espacios semi-públicos. Un ejemplo curioso de esto son las exigencias de privacidad que las nuevas generaciones hacen a los gimnasios: se encuentran menos cómodos desnudándose que las anteriores.

Más veganismo, menos religión

Pero, como decimos, las transformaciones sociales no se circunscriben solo al sexo y las relaciones afectivas. Otro de los cambios más llamativos está en el hecho de que el veganismo crece rápidamente también en los países más desarrollados. Un informe de 2017 señalaba que el 6% de los consumidores norteamericanos se declaran abiertamente veganos, lo que supone un crecimiento del 500% desde 2014.

En Alemania, hasta un 44% por ciento de los consumidores señalan que siguen una dieta "baja en carne" frente al 26% de 2014. En Israel, un 5% de la población es vegana (y Tel Aviv es considerada una de las capitales del "mundo libre de carne"). En España, los datos (algo anticuados), señalan que un 3% de la población se define como vegetariana, aunque hay algunos datos parciales que nos invitan a pensar en una tendencia similar. En Reino Unido, en los últimos diez años, el crecimiento de veganos se estima en un 350%. Son cifras ya abundantes.

Siguiendo el patrón, este crecimiento se concentra muy significativamente en los más jóvenes. Casi la mitad de todos los veganos del mundo (el 42%) tienen menos de 34 años frente al 14% de ellos que se concentran entre los mayores de 65.

En este caso, como señala la socióloga Nina Gheihman, en un primer momento, el veganismo moderno estaba estrechamente ligado a la ideología del movimiento por los derechos de los animales. Pero, en pocos años, ha trascendido ese contexto y se ha ido transformando en un "movimiento de estilo de vida" al que se le han sumado preocupaciones ambientales y sanitarias. Hay también un factor clave: la pacificación de las costumbres. Alejados cada vez más del campo y de lo rural, los animales, el mundo salvaje, pierde el carácter "instrumental" de antaño.

Cobra vida, merece empatía.


(Miika Laaksonen/Unsplash)

Todo esto camina en paralelo al declive espiritual. Son ya muchos años leyendo el mismo titular de forma recurrente: "La religión que más crece es el ateísmo". Al menos en los países más desarrollados. Incluso en bastiones religiosos como Estados Unidos, el número de ateos, agnósticos, irreligiosos y naturalistas no deja de crecer.

El caso australiano es muy llamativo. Hoy por hoy, Australia (un país tradicionalmente cristiano) tiene más musulmanes y budistas que presbiterianos; más hinduistas que baptistas; y casi el mismo número de sijs que de luteranos. Pero lo que más llama la atención es que los "no creyentes" son el grupo más numeroso por encima de católicos (los más numerosos desde 1986) y anglicanos (que en 1921 eran el 41% de la población y ahora son apenas el 13,3%). En conjunto, las confesiones cristianas han pasado del 88% de 1966 a un poco más del 50% en 2016.

Es uUn dato demoledor. Porque, aunque los "no religiosos" no significas "ateos" o "agnósticos" en sentido estricto, solo se trata del caso más visual de una tendencia que se puede ver en muchos más lugares.

En Inglaterra, sin ir más lejos, el declive de la religión ha sido constante durante el último siglo ya sea en asistencia a la iglesia, en identidad religiosa o en número miembros autodeclarados. El 36% de los británicos no cree en Dios, el 48% no están afiliados a ninguna religión y el 66% nunca asiste a servicios religiosos. Pasa algo similar, de hecho, en toda Europa donde (según el Eurobarómetro) mientras el 72% se declaran cristianos solo el 51% afirma cree que Dios existe.

Da igual el país occidental que escojamos, los no creyentes están convirtiéndose, sistemáticamente, en la minoría mayoritaria. Algo que se puede apreciar, especialmente, en la demografía: la religiosidad aumenta con la edad en lo que parece sugerir un progresivo reemplazo de creencias religiosas.

Is this "postmaterialism"?

Los tres fenómenos que hemos visto tienen características en común: ocurren en los países más desarrollados, están protagonizadas por los más jóvenes y parece conllevar un profundo cambio social. Como decía Scarbrough, (1995), hay un consenso muy amplio entre los expertos que sostiene que "en gran parte de Europa Occidental, indisputablemente, las orientaciones de valores están cambiando".

Durante los últimos 40 años, Robert Inglehart ha ido desarrollando una teoría sobre cómo cambian los valores sociales y las prioridades humanas a lo largo de la historia como consecuencia del incremento de la seguridad existencial. Usando los resultados de las distintas oleadas de la World Values Survey, Inglehart sostiene que la inseguridad (física, social y económica) promueve las actitudes autoritarias, xenófobas y conservadoras.

(Gabriella Clare/Unsplash)

Según su hipótesis, los procesos de modernización, desarrollo económico y democratización que vinieron tras la Segunda Guerra Mundial produjeron un cambio cultural en los países desarrollados, una revolución silenciosa. Dada por asegurada su supervivencia, los valores igualitarios, seculares y tolerantes han ido creciendo. Es lo que Inglehart llama "valores posmaterialistas".

Aunque las teorías de Inglerhart han sido muy discutidas lo cierto es que a día de hoy, como señala Dalton (2008), la investigación sobre el cambio de valores ha dejado de ser una teoría para convertirse en un área de investigación. Hace cuarenta años que, como en una tectónica de placas sociales, las encuestas llevan reflejando esta revolución silenciosa, pero entonces las señales eran muy sutiles. Nadie tenía claro en qué podía desembocar ese cambio cultural.

Sin embargo, hoy por hoy, los procesos de cambio que afectan a todo el "espacio antropológico" del ciudadano occidental son mucho más nítidos: la deriva social está afectando a la forma con que nos relacionamos con la religión, con la naturaleza y entre nosotros mismos. Y lo está haciendo sorprendentemente rápido.

Imagen: MEGA Agency

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