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Europa vuelve a los confinamientos. Y con ellos, a protestas cada vez más agresivas en las calles

Europa vuelve a los confinamientos. Y con ellos, a protestas cada vez más agresivas en las calles
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Cuando la mayoría de gobiernos europeos decretaron confinamientos domiciliarios a mediados de marzo, la opinión pública apenas titubeó. El impacto era demasiado gigantesco e inmediato como para ser ponderado. Conforme pasaron los meses creció el descontento. Ya a las puertas de junio se celebraron varias manifestaciones en España o Alemania, entre otros, reclamando el fin de las restricciones. El regreso a una vida normal que, seis meses después, es evidente que no volverá.

Ahora, en octubre, a las puertas de nuevos confinamientos, las protestas siguen ahí. Y son cada vez más agresivas.

En Italia. El ejemplo más claro lo ofrece Italia, el primer país del continente que impuso el confinamiento domiciliario durante la primera ola. Ahora, en un contexto de contagios crecientes (más de 28.000 casos ayer, récord absoluto desde marzo; una incidencia acumulada de 330 casos por cada 100.000 habitantes en las últimas dos semanas), el gobierno ha aprobado nuevas medidas. Entre otras, reducir el horario para la hostelería (tendrá que cerrar a las 18:00) y los toques de queda.

Estos últimos (coprifuoco) no son obligatorios. Pero la regiones pueden activarlos, como ya ha sucedido en Lombardía o Lazio.

Reacción. Campagna, comandada por su severo presidente, Vincenzo de Luca, lo activó el fin de semana pasado. La noche previa a su entrada en vigor centenares de manifestantes, en su mayoría jóvenes, organizaron una protesta bajo el lema: "Si cierras, pagas". La policía acordonó algunos edificios públicos y se enfrentó a las marchas. El resultado fue un enfrentamiento violento. Se lanzaron objetos, se prendió fuego a contenedores y se respondió con gas lacrimógeno.

A lo largo de los últimos días se han repetido las mismas escenas en las otras dos grandes ciudades de la península, Roma y Milán. En la primera, las protestas fueron capitalizadas por el grupo neofascista Forza Nuova. La Piazza del Popolo se convirtió en un escenario de disturbios y de enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes. Su cántico: "Libertad, libertad, libertad". El mismo que entonaron los participantes en las protestas también violentas de Milán.

España. No son hechos exclusivos de Italia. También está sucediendo en España. Sucedió la noche del martes, poco antes de que el toque de queda decretado por la Junta de Andalucía entrara en vigor: una manifestación a priori pacífica en defensa por los comerciantes locales derivó rápidamente en disturbios y enfrentamientos agresivos con la policía. El lema original, "Por la libertad y el futuro de nuestro barrio", se asemeja al enarbolado en Milán. Y la escalada hacia la violencia también.

Lo mismo sucedió en Barcelona, aunque a mayor escala.

El resto. Protestas y manifestaciones de distinta intensidad y agresividad se han registrado en Bratislava, Marsella, Praga y Berlín. Todas ellas durante los últimos días, en coincidencia con baterías de restricciones cada vez más estrictas. Angela Merkel cerró toda la actividad cultural y de ocio ayer, aunque no decretó el confinamiento domiciliario de la primavera; sí lo hizo Macron, fruto del dramático incremento de los contagios en Francia. Es el primer gran país europeo en regresar a él.

Agotamiento. Durante la primavera, fueron numerosas las voces que advirtieron sobre un "desgaste" entre la población por la severidad de las medidas. Aquel argumento fue blandido primero por el gobierno británico y más tarde por el sueco para aplicar políticas más paulatinas. Las pequeñas protestas de mayo (en España convocadas por Vox y con un marcado acento partidista) palidecen en comparación a las de octubre. Europa, esta vez sí, ha hollado el agotamiento frente a los confinamientos.

El patrón es común en todo el continente: grupos de jóvenes radicalizados más predispuestos a enfrentarse con las autoridades por unas medidas que consideran excesivas e injustas. En la mezcolanza hay un poco de todo: vecinos y comerciantes cansados por las limitaciones y preocupados por sus economías; conspiracionistas y negacionistas; y grupos de extrema derecha que desean capitalizar un descontento popular.

¿Largo plazo? Es un cóctel que puede resultar explosivo cuando las protestas quedan en manos de participantes más radicales, como está sucediendo. Pero que denota un cansancio generalizado entre la población a las puertas de futuros confinamientos. ¿Pueden convertirse en un foco de resistencia real a las restricciones? La "fatiga por el coronavirus", definida como tal por la OMS, advierte sobre la capacidad de los votantes de aceptar de buen grado las medidas anti-covid.

A largo plazo, es improbable que disturbios de este tipo desincentiven a los gobiernos para adoptar medidas. Pero sí pueden canalizar una frustración creciente (y un interés político) entre determinados grupos, limitando el alcance de las restricciones y su seguimiento.

Imagen: Guglielmo Mangiapane/Reuters

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