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¿Ha habido declaración de independencia en Cataluña? Probablemente ni Puigdemont lo sabe

¿Ha habido declaración de independencia en Cataluña? Probablemente ni Puigdemont lo sabe
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En lo que va de estas palabras:

Asumo el mandato del pueblo para que Catalunya se convierta en Estado independiente en forma de República.

A estas otras:

Proponemos que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independiencia. Proponemos unas próximas semanas de diálogo y negociación nacional e internacional.

Carles Puigdemont perdió la posibilidad de declarar la independencia de forma unilateral, de retar en abierto a las instituciones del estado, de afianzar su alianza electoral y de dar un paso firme hacia cualquier dirección, ya fuera hacia la desescalada real o hacia la soberanía plena. En esencia, Puigdemont ha escenificado hoy el colmo del procés: un juego malabar donde se declara la independencia y, al mismo tiempo, no.

¿Pero qué significan exactamente las palabras de Puigdemont? Es probable que ni él mismo lo tenga claro, porque en el fondo buscan no significar nada. Puigdemont necesitaba realizar una declaración que no activara el botón rojo definitivo (y que parte de su gobierno sí pedía) y no evidenciara un claro retroceso en el rumbo impuesto desde septiembre. Necesitaba un impás, ejercer un movimiento sin ejercerlo de tal modo que su posición negociadora no se resintiera.

Y de ahí los eufemismos: no hay un "declaro la independencia de Cataluña", el mensaje esperado por la CUP y por gran parte del independentismo, sino un "asumo el mandato del pueblo para que Cataluña se convierta en estado independiente". Como tal, no consiste en una declaración. Y sin embargo, acto seguido, Puigdemont propone al Parlament "suspender" dicha declaración.

Es la DUI de Schrödinger, a un tiempo existe y a un tiempo no.

Comparecencia Puigdemont en plena comparecencia. (Manu Fernández/AP)

Es la pura esencia del procés, la palabra que ha venido a definir todo el proceso de desconexión desde que CiU decidiera cabalgar el tigre del 11 de septiembre de 2012. Convergència jamás ha tenido clara su posición al respecto y siempre ha caminado entre metáforas, juegos malabares y eufemismos, muy al contrario de lo que los sectores más duros de ERC y la CUP le pedían (la famosa ruptura de huevos para hacer la tortilla). El procés había consistido en declaraciones ambigüas y gestos interpretables.

Ante todo, en gestos.

Ganar tiempo a costa de perderlo todo

Ante la tesitura de lanzarse definitivamente a la independencia y poner en bandeja al gobierno la activación del artículo 155, perdiendo toda palanca negociadora, y al mismo tiempo de decepcionar por completo a su coalición electoral... Puigdemont ha optado por un punto intermedio. Lo cual es una jugada hábil y una jugada arriesgada.

Hábil porque le permite ganar tiempo. Mantiene el mismo tempo indefinido activado tras un referéndum validado pero en realidad no (porque faltaron 700.000 votos según la Generalitat) y por las leyes de desconexión que ya están aprobadas pero que aún no han servido para el "estado propio". Quizá consciente de que podía dejar a su rival sin margen de maniobra, Puigdemont no ha declarado la DUI, pero tampoco la ha echado atrás.

Ha manifestado su intención de continuar con "el camino" abierto tras el referéndum. Ha permitido que sus palabras se interpreten. En esencia, ha jugado al "dónde está la pelotita" con todos.

Y al mismo tiempo es arriesgada, precisamente por la interpretabilidad. El gobierno central ya ha asumido que las palabras de Puigdemont son una declaración de independencia de facto (porque pide su "suspensión"), mientras que la CUP, al mismo tiempo, ni ha aplaudido el discurso ni se ha mostrado satisfecha por la ambigüedad del presidente (por todo lo contrario que el gobierno central: porque Puigdemont "ha hecho suya" la DUI, pero no la ha llegado a declarar).

Si cada uno cree lo que desea, Puigdemont ha traicionado o decepcionado a todos. Ese es el problema de su discurso.

¿El resultado? Otro baile político. Puigdemont se ha arriesgado a romper su coalición electoral y es posible que su única salida ahora sean las elecciones, siempre y cuando el gobierno no mueva ficha. Ha sido una intervención densa, plagada de contexto pero carente de sustancia. 10 de octubre de 2017: el día en que Puigdemont declaró la independencia... pero no la declaró.

Imagen | Manu Fernández/AP

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