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En Japón, las librerías han comenzado a reconvertirse en cafeterías, museos y espacios de coworking

En Japón, las librerías han comenzado a reconvertirse en cafeterías, museos y espacios de coworking
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Diez años después de la célebre portada del New Yorker, la situación de las librerías sigue siendo crítica. Abrir hoy una pequeña tienda consagrada a los libros es una actividad de alto riesgo, como lo lleva siendo una década larga. Los motivos son variados, pero su impacto es internaiconal. Allá donde el avezado lector desee mirar encontrará facturas impagadas, clientes esquivos y la sombría amenaza del cierre. De modo que algunas, en Japón, han optado por reconvertirse.

Y disverisficar su oferta.

Cambios. Es el caso de Bunkitsu, una gigantesca librería de Tokio fundada hace un año. De suelos pulidos y espacios diáfanos, Bunkitsu se asemeja más a una galería comercial que a una tienda minorista. Y en cierto sentido así es. Como cuenta este reportaje del New York Times, ofrece libros, pero también sirve cafés, funciona como sala de exposiciones e incluso habilita espacios de coworking. Es una librería con esteroides, sostenida por negocios paralelos para seguir haciendo lo mismo de siempre.

Vender libros.

Ticket. "Bunkitsu es un lugar para los amantes de los libros, y al mismo tiempo, un lugar que te invita a caminar y a descubrir libros que jamás pensaste que leerías", explicaba uno de sus empleados a The Japan Times poco después de inaugurar la tienda, en 2018. Bukitsu cobra entrada (unos 14€) y a cambio ofrece experiencias, el producto por antonomasia del siglo XXI. Lámparas vintage, tanto té y café puedas consumir, y apacibles rincones donde disfrutar de tu lectura.

¿Pagar? No es habitual cobrar entrada por acceder a una tienda. Pero es parte de la reconversión: se paga el concepto, la idea. O en el caso de Lello, en Oporto, donde también se paga por entrar, el lugar, tan majestuoso, revestido de madera, de un manierismo casi excesivo. Otras no llegan tan lejos, pero sí ofrecen servicios complementarios. El café se ha convertido en un lugar común; mientras los minoristas chic comprimen conceptos, sumando libros, pendientes, revistas, complementos y un largo etc.

La dirección es clara: hacia la librería-tienda-cafetería-centro cultural. Porque sólo de libros ya no se puede vivir.

Iniciativas. Sigue habiendo otras vías. Los dueños de La Sombra, una librería joven de Madrid, nos explicaban hace unos años la evolución del librero moderno: de dependiente a curator; de grandes ediciones a pequeñas editoriales que miman el producto; del gran público al nicho; de la librería-papelería a la organización de talleres, presentaciones y charlas. Otras se han rendido a la lógica del algoritmo, y ofrecen una experiencia basada en los sistemas de Amazon o Google (aquí tus libros por encima de 4,5 estrellas; aquí los más deseados, etc).

Cambiar o morir. Es una vuelta de tuerca al conflicto soterrado entre los pequeños libreros y Amazon, con estrepitosos boicots y muestras de escándalo público en países como Francia. Hace un lustro, España cerraba 900 librerías al año por tan sólo 200 aperturas. La crisis ha remitido (poco) pero el sector sigue atravesando una transformación a largo plazo. Y en el camino, proyectos como Bunkitsu, mitad museo mitad librería, quizá marquen el camino.

La fusión, la experiencia y, claro, la entrada.

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