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La "cura de la transexualidad": esto es lo que dice la ciencia sobre si remite o no la disforia de género
En diez minutos

La "cura de la transexualidad": esto es lo que dice la ciencia sobre si remite o no la disforia de género

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Entre los mensajes recogidos estos días en los medios de personas transexuales que protestaban por la publicidad de HazteOir, había una idea que se repetía: este autobús “está negando mi propia existencia”. Para estos jóvenes el mensaje venía a certificar que su problema, que su lucha por elegir un género distinto al que le habían asignado al nacer, era falso. El apoyo o, como mínimo, tolerancia de la mayor parte de la sociedad de los transexuales ante el mensaje de HazteOir ha sido una alegría para este colectivo.

Sin embargo, ese mensaje, la idea de que “no existen”, ha resistido para mucha gente. Para algunos, si esta condición no se veía antes es porque ahora debe estar proliferando. Esa idea se ha visto reforzada no sólo entre los grupos religiosos, sino también entre algunos columnistas de los medios, que se hacían eco de diversas fuentes para confirmar que "la transexualidad es un trastorno fomentado por la ideología de género”. Por eso ahora se les ve, porque lo están promoviendo de forma antinatural ellos mismos.

Pero esa idea, lejos de ser un fundamentalismo irracional, estaba apoyada por la experiencia científica. O eso se afirma desde diferentes páginas que han ido circulando estos días. El dato más sorprendente de los que han proliferado es que la mayoría de niños deja de sentir interés por cambiarse al otro sexo a medida que se hacen mayores. Es decir, que es una obsesión infantil que con los años desaparece y que por eso es mejor "no alentar los comportamientos de género cruzados". Reprimir esa transición.

No es que el 85% de los niños deje de sentirse transexual, es que no lo tenemos claro

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La frase es la siguiente: “Los datos de persistencia indican que una gran mayoría (80-95%) de niños prepuberales que dicen sentirse del sexo contrario al de nacimiento, no seguirá experimentado tras la pubertad la disforia de género, dificultando con ello el establecimiento de un diagnóstico definitivo en la adolescencia”. La idea se ha publicado en Opinión de Málaga, en El Español y en diversos medios vinculados a la religión como la Universidad Católica de Valencia o Infovaticana.

El extracto se ha extraído, según el medio en el que lo leas, de dos fuentes distintas. Una son las diversas publicaciones de Disforia de Género de la doctora en Género y psicopatología infantil y de adolescentes de la neerlandesa P. T. Cohen-Kettenis. Hemos hablado con ella y considera que el extracto no concuerda con las conclusiones de sus investigaciones. Para Cohen-Kettenis no es que no podamos saber si un niño tiene disforia, sino de que midiendo antes de la pubertad no podemos saber si la va a sentir en el futuro.

Los estudios son diversos. Uno de 2015 concluía que el 95% de los adolescentes persistían en su diagnóstico de disforia de género.

La otra parte es una investigación de diversos médicos españoles encabezados por el endocrinólogo Antonio Becerra-Fernández. El estudio en el que se basa esa cifra del principio (el 80-95% de los niños que se sienten de otro sexo dejan de hacerlo de adolescentes) se publicó en 2010, pero ese mismo doctor tiene otro documento más reciente. En las conclusiones que reflejó en un estudio de 2015 señala que el 95% de los adolescentes persistían en su diagnóstico de disforia de género.

Se han realizado varios estudios sobre esta disforia de género. En el mismo documento de Becerra aparecen otros que tienen muestras que van de los 21 sujetos a los 112, y dan resultados tan dispares como tasas de persistencia del mero 27% a un amplio 81%. Los resultados de Kenneth J. Zucker, el mayor referente médico que ha rechazado esta condición (ha defendido que la transexualidad es autismo), llegó a concluir que sólo se mantenía en el tiempo entre un 2% y un 39% de los niños que muestran tendencias de disforia de género.

asdas Fotografía de Rose Morelli.

Estas investigaciones tienen, además, un problema añadido: este ámbito de estudio, que sólo en tiempos recientes se ha tratado de forma seria, se hace en niños y adolescentes, con lo que el cambio de residencia o el abandono de la investigación de muchos de sus participantes es elevado. Además, son sujetos dependientes de sus padres, así que la metodología incluye en la mayoría de los casos tanto las respuestas de los menores como la de sus padres, que podrían alterar la versión final de los hechos.

Los estudios podían estar alterados porque anteriormente se diagnosticaba con disforia de género a todos aquellos con trastornos de identidad y sexuales de todo tipo.

Por si no fuera suficiente, tal y como nos explica Natalia Aventín Ballarín, presidenta de la asociación para menores transexuales Chrysallis (sí, la misma del famoso cartel), hasta hace muy pocos años era normal que los médicos no clasificasen como transexuales sólo a los niños con claros indicios, sino a todos aquellos con condiciones relacionadas de todo tipo, con lo que la clasificación final de muchos de ellos, aunque el inicial fuera la sospecha de disforia de género, era de cisnormalidad, homosexualidad, dismorfofobia u otras características. Y por eso abandonaban la “disforia de género”.

En general, los profesionales del ramo piden cautela antes de extraer conclusiones. Así concluía un informe de 2013 de la Unidad de Identificación de Género del Clínic de Barcelona que había analizado todos los informes sobre este tema a nivel nacional e internacional:

“El 82% de los niños y el 91,7% de los adolescentes mantienen el diagnóstico en el seguimiento. Estos porcentajes son concordantes con estudios en nuestro entorno (Esteva y cols., 2006), pero no con los estudios publicados en la literatura que encuentran cifras mucho menores (2-56%). Por ello es preciso realizar nuevos estudios con criterios diagnósticos muy definidos para analizar dicha la gran discrepancia entre estudios”.

Sobre todo este tema hay algo que sí parece fiable desde el punto de vista psicológico: varios estudios (como este, este y este) sentencian que la identidad sexual (que no orientación) se manifiesta a una muy corta edad, tanto en los niños trans como de cualquier otro tipo, y a partir de los tres años todos los niños lo tienen muy claro.

Lo explica en ABC la directora del Grado de Psicología de la Universidad Internacional de La Rioja María Soria: “en torno a los dos años, los niños son capaces de identificar su género y clasificar con relativo acierto a las personas conforme a su sexo. Posteriormente, y hasta los seis años, incorporan matices y aspectos relativos a los roles. Es decir, incorporan a su repertorio estereotipos sexuales”.

Vale, pero ¿qué es la disforia de género y qué tiene que ver con la transexualidad?

Raising Ryland X750 1 Raising Ryland, una familia que cuenta públicamente cómo es criar a un niño transgénero.

Es el quid de esta cuestión. En los medios citados al principio de este artículo se hace una equivalencia entre transexualidad y disforia de género, y por tanto se usan las conclusiones que han hecho los médicos sobre la DdG para hablar de transexualidad. Bien: hablando en plata, hacer esto es mezclar churras con merinas.

La disforia de género es un síndrome no necesariamente vinculado a la transexualidad, pero que sufren bastantes personas transexuales. Disforia, del griego “malestar” o “desajuste”, es el distrés sentido al ver una discordancia entre el sexo asignado al nacer y con el que se identifica mentalmente el sujeto.

Muchos de los casos que conocemos de transexualidad buscan esa reconstrucción física de lo que la sociedad identifica hombres o mujeres, los genitales. Si la persona se siente mujer y tiene lo que etiquetamos como un cuerpo de hombre, eso podría llevar a causarle problemas, y de ahí que algunas de estas personas acaben modificando su cuerpo para encajar en esa percepción social de lo que son esas categorías y no ser rechazadas, bien por los demás o incluso por ellos mismos hacia su propio cuerpo.

sfd Henry Brousseau, uno de los estudiantes norteamericanos que más ha luchado por el derecho de uso de los servicios públicos que deciden las personas transexuales.

Pero no todos los transexuales tienen ese sentimiento de dolor hacia sus propios órganos, con lo que los que se encuentren a gusto con lo que les tocó al nacer, aunque sean transexuales, no tienen disforia de género.

El manual DSM-5, el rige ahora mismo el mundo de la psiquiatría y que desterró en 2012 el Trastorno de Identidad de Género tal y como se definía en manuales anteriores (de la misma manera que desde hace muchos años la homosexualidad ya no es un trastorno mental), se refiere a la disforia de género de las personas transexuales como una posibilidad, no un requisito.

"Cualquiera puede tener disforia de género. Si a una chica no le gusta su vulva tiene disforia de género".

Además, como nos explica Aventín, "cualquiera podría tener disforia de género”. Pone el siguiente ejemplo: una chica que cree que su vulva no es como debería ser y pide una modificación de sus labios menores estaría sintiendo un rechazo hacia su biología, una disforia de género. Por eso mismo este problema no es necesariamente algo inherente a la transexualidad.

La presidenta de Chrysallis nos explica qué ocurre con esto:

“En los niños se ve claramente. La mayoría de los que vienen aquí no tienen problemas con ser una niña con pene o un niño con vulva. El problema suele venir después, a medida que se hacen mayores, cuando ven que los demás no les aceptan como son, igual que alguien que está gordo siente la presión social para encajar en la norma corporal que la sociedad ha construido”.

Lo que nos dice la práctica de la vivencia de los niños transexuales

La dimensión académica y bio-médica de la experiencia transexual podemos contrarrestarla también con la dimensión socio-cultural. Esto es, con lo que se ha observado en sociedad sobre el trato de estos niños y niñas. En España debe haber, estadísticamente, entre 4.000 y 5.000 personas transexuales, y 450 de los niños que conforman este espectro son socios de la asociación Chrysallis.

“Nunca, en toda nuestra experiencia, hemos conocido a ningún niño o niña que haya desistido de su condición. Esto puede ser porque no les hemos tratado como si fuera patológico, sino como algo inherente a su personalidad, aceptándoles”, dice Aventín. “De lo único que desisten, si podemos decirlo así, es de ese género que se les adjudicó de nacimiento, antes de que pudieran definirse a sí mismos”.

Aunque también se han topado con algunas peculiaridades: “es cierto que hemos encontrado casos más difíciles de clasificar. Igual que hace unos años se difundió la historia de una persona australiana que no se identificaba con ninguno de los dos géneros, sí que hemos visto unas pocas personas sin sexo, otros con ambos… Caben personas muy variadas”.

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A las mismas conclusiones llega Juan Gavilán, profesor de antropología por la UNED y autor de varios libros de transexualidad en la infancia. Gavilán nos dice que en los últimos cuatro años ha charlado, en sus propias palabras, con cientos de familias con niños transexuales de distintas partes del mundo para sus estudios sobre este mismo tema, y que no se ha topado "jamás con ningún tipo de reversión. Todos permanecen".

Son niños que tienen que desafiar todas las convenciones que se les ha impuesto de nacimiento, que se empeñan en manifestar unas características que nadan a contracorriente, y aun así, para dolor de los deseos de algunos padres en algunos casos, persisten en su identidad. A esos niños hay que respetarlos, ¿no? Si no sería ir en contra de los derechos fundamentales del niño.

Lo que se recomienda en la Carta Internacional del Menor, tal y como nos explica Mar Cambrollé, Presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía-Sylvia Rivera, es que ante todos estos datos “debe prevalecer el interés superior del menor, el libre desarrollo de su propia personalidad, con lo que lo último que debería hacerse es imponerle un patrón de personalidad”, o dicho de otra manera, obligarles a conformarse a unas normas sexuales o de género.

“No hay que tenerle miedo a la naturalidad, que es diversa", dice Ambrollé. "La diversidad no resta derechos a nadie, sólo hay que cuidar que los mismos derechos que disfrutan la gran mayoría los tengan también los que no son como la mayoría”.

Foto: Rose Morelli

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