El mito del 97%: la gran mentira de la industria del condón es justo la que más nos hemos creído

El mito del 97%: la gran mentira de la industria del condón es justo la que más nos hemos creído
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¿Quién va a hablar mal de los condones? En el imaginario popular, los preservativos son algo así como la Guardia de la Noche de la anticoncepción; unos valerosos soldados que custodian el Muro e impiden, incluso con su vida, que los caminantes blancos entren en las fértiles tierras del sur. Esta es una visión equivocada. No es que el preservativo no sea un invento revolucionario (si llevamos desde 1855 insertando penes en fundas es por buenas razones), sino que dibujar al preservativo como el gran método anticonceptivo es un error.

Entre otras cosas, porque no lo son.

Desconocer el funcionamiento real del preservativo no es exclusivo de las nuevas generaciones. Es algo consustancial a las campañas de educación sexual de las últimas décadas. Hay una escena muy famosa en Friends en la que, en fin, Ross descubre que los condones no son efectivos al cien por cien. No cuesta imaginar a un montón de gente repitiendo en alto: "¿Qué? ¿Un 97%?". Y lo peor de todo, lo verdaderamente chungo, es que tampoco es verdad. No, los preservativos no son efectivos en el 97%.

¿Y por qué? Porque los que practicamos sexo somos, hasta que se demuestre lo contrario, seres humanos. Y los seres humanos (sobre todo cuando vamos hasta las cejas de dopamina, oxitocina y adrenalina) cometemos errores. Errores del tamaño de un piano de cola. De ahí que siempre que hablemos de efectividad y métodos anticonceptivos debamos hablar de dos números distintos: el de la "efectividad' perfecta" y el de "la efectividad de uso habitual". Cuando decimos que el preservativo tiene una efectividad del 97% nos referimos a su efectividad de uso perfecto. Es decir, a que si hiciéramos todo con la precisión y fiabilidad de un reloj suizo, en 2 de cada 100 usos habría un embarazo.

El problema es que uso ideal solo se da en la casa de la gominola, calle de la piruleta. Lo sabemos de buena tinta: cada cierto tiempo se realizan evaluaciones sistemáticas de los métodos anticonceptivos. Básicamente se cogen a cien mujeres al azar y se les monitoriza mientras usan un método anticonceptivo concreto durante un año. El resultado es que el preservativo, en su uso real, tiene un índice de Pearl entre 15 y 18. Es decir, entre 15 y 18 de cada cien mujeres que optan por este método anticonceptivo quedarán embarazadas.

Condones que se resbalan del pene tras eyacular; preservativos que se rompen por usarlos mal o dañarlos al sacarlos del paquete; profilácticos en malas condiciones tras languidecer durante meses en alguna cartera o que se degradan fácilmente ante productos poco recomendables. El fallo de este método anticonceptivo, como el ser en Aristóteles, "se dice de muchas formas". Pero el resultado es el mismo, el uso normal del preservativo en una sociedad industrializada arroja índices cercanos al 20%.

Condon Numero2

Podemos ir más allá aún. Aunque nos hartamos de repetir que la "marcha atrás" es un método anticonceptivo pésimo sus índices no son tan malos como podríamos esperar: el uso perfecto está en un índice de 4 (solo dos más que el preservativo) y el uso habitual está entre el 22 y el 27. Mucho más cerca de los índices del preservativo que los índices de no usar ningún método anticonceptivo (que rondan el 85).

¿Qué sucede? Que aunque sea una idea impopular, el preservativo no es un gran método anticonceptivo. Sólo hay que ver otros métodos para comprobarlo: los implantes de progestágenos tienen un índice de Pearl en uso habitual del 0'05; y el DIU, pese a que se puede caer, tiene uno del 0'8. El condón es tan popular porque es bastante efectivo, es barato, es sencillo de usar, no suele tener efectos secundarios y, sobre todo, porque es un método de barrera.

Es decir, bien usado, es fundamental para prevenir enfermedades de transmisión sexual. De hecho, quitando la abstinencia, seguramente sea el método más efectivo contra las ETS. Y lo decimos poco. Cuando uno trabaja con jóvenes, suele encontrarse con la idea de que el condón sirve para no quedarse embarazado y eso es un problema gigantesco. Esa idea es la que hace que se presione a las mujeres para que consuman la píldora anticonceptiva o la que ha hecho que históricamente las relaciones homosexuales hayan tenido tasas de riesgo superiores a la media. Cuando nos enfrentamos al sexo, nos centramos en reducir el riesgo de embarazo mientras pasamos por completo del riesgo de enfermedades.

Es decir, la realidad es que nos da más miedo quedarnos embarazados que coger alguna enfermedad de transmisión sexual. Y eso, consciente o inconscientemente, está haciendo que usemos estrategias para promover el sexo seguro que con el paso del tiempo se vuelven en nuestra contra. Los "sin-condón", los "es-que-no-siento-lo-mismo", los "por-una-vez-no-pasa-nada" viven de esa confusión: de que lo importante es el embarazo. Y no. Así que sí, póntelo, pónselo. Pero que sea por el motivo correcto.

Imagen: Dainis Graveris/Unsplash

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