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El mito del "profesor pobre": el problema de los asociados no es la precariedad, es, sobre todo, la irregularidad

El mito del "profesor pobre": el problema de los asociados no es la precariedad, es, sobre todo, la irregularidad
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«Valentín, ¿a ti te ha cambiado mucho la vida?». «Fíjate si me ha cambiado la vida que cuando yo empecé en el concurso era profesor asociado de la Facultad de Bellas Artes y ahora ya no lo soy, he dejado el trabajo para dedicarme por completo al programa». Sí, a un concurso de televisión. Y no, no es ni sátira social, ni ciencia ficción: es una conversación real entre Juanra Bonet y uno de los concursantes de Boom.

La historia lo tenía todo: un profesor universitario que gana 255 euros al mes y se ve obligado a abandonar su vocación para sobrevivir de la televisión. No solo se convirtió en viral, sino que rápidamente se convirtió en una metáfora de todo lo que está mal en la Universidad española. Se ha puesto de moda llamarlos "los profesores pobres". Porque, en fin, ¿cómo es posible que un profesor universitario gane menos de 300 euros al mes?

Los asociados en pie de guerra. En los últimos meses, los profesores asociados han conseguido hacerse oír sus reivindicaciones laborales. Solo hay que darse una vuelta por la prensa para comprobarlo: «Profesor universitario desde 300 euros», «Docentes a 5 euros la hora: los profesores asociados de la Universidad dicen "basta"» o «La precariedad se concentra en la categoría de los profesores asociados». Es una reivindicación muy digna, el problema es que en el camino han tenido algunos problemas.

¿Qué es un asociado? En 1983, ante las críticas de que la Universidad estaba demasiado aislada de la sociedad, la Ley de Reforma Universitaria creó la figura del profesor asociado. Ahí sigue: El artículo 53 de la ley recoge cuatro características fundamentales: a) serán "especialistas de reconocida competencia que acrediten ejercer su actividad profesional fuera del ámbito académico universitario", b) deben "aportar sus conocimientos y experiencia profesionales a la universidad", c) "el contrato será de carácter temporal y con dedicación a tiempo parcial" y d) "La duración del contrato será trimestral, semestral o anual, y se podrá renovar [...] siempre que se siga acreditando el ejercicio de la actividad profesional fuera" de la Universidad.

Sobre el papel, era un instrumento para atraer a profesionales de prestigio a las aulas de las facultades; en realidad, es una figura tan mal diseñada que no consigue atraer todos los "especialistas re reconocida experiencia" necesarios y que ha acabado generando casos como el de BOOM: algo que se parece mucho al fraude de ley. Pero a esto volveremos un poco más tarde.

Profesores a 300 euros. Sí, los asociados cobran poco. Sin embargo, no son los profesores peor pagados de la Universidad. Los profesores ayudantes doctores cobran un 10% menos por hora semanal. En principio, esto es así porque el sueldo, más que sueldo, está pensando como una compensación económica. La idea es atraer a profesionales de fuera y, en ningún caso, sustituir su fuente de ingresos principal.

De vueltas a la precariedad universitaria. Esto no quiere decir que estén bien pagados, claro. La precariedad es endémica. De hecho, los sueldos bajos son uno de los grandes problemas de estos puestos asociados. Un sueldo así no suele compensar el trabajo en conjunto (es decir, no sólo las horas de clase y tutorías, sino la preparación de las mismas, la corrección de exámenes y trabajos, etc...) y mucho menos si queremos atraer a profesionales de prestigio.

La verdad verdadera de los asociados Hoy por hoy, solo hay tres motivaciones reales para ser profesor asociado: el gusto por la docencia, la búsqueda de prestigio o la espera. Aquí está el problema: los asociados se han convertido en un parking de investigadores y docentes.

Durante la crisis, y ante la falta de nuevas plazas, muchos jóvenes investigadores que acabaron su formación y no encontraban trabajo. Fue entonces cuando, alentados por facultades, departamentos y grupos de investigación, empezaron a optar a las plazas de asociado como una forma de seguir vinculados a la universidad (y esperar una oportunidad de acceder a plazas a tiempo completo). Durante años, la academia ha usado esta vía para cubrir más docencia de la razonable.

Un mal uso generalizado. Sí, esos investigadores no tenían experiencia profesional, ni podían acreditar otro tipo de trabajos (más que el hecho de estar dado de alta como autónomos), pero como las plazas eran poco atractivas solían, quedar vacantes. Durante unos años, tendrían un sueldo muy bajo, pero podrían seguir acumulando puntos de cara al futuro. Estos casos irregulares se han convertido en algo endémico de la academia.

¿Por qué hablamos de esto ahora? El problema es que, por un lado, la espera se ha ido alargando hasta límites insospechados y, por el otro, ahora que las empiezas empiezan a llegar, también llega la competencia de los investigadores que se fueron del país y quieren retornar. Esos dos factores explican muchas de las reivindicaciones del colectivo de profesores asociados.

Sin buenas soluciones. El debate real con los asociados no es si sus condiciones son malas o no. La mayor parte de profesores universitarios en España tienen malas condiciones de trabajo (sobre todo, si las comparamos con otros países de nuestro entorno). El debate real es cómo resolvemos la existencia de una bolsa de profesionales en situación irregular, creada al calor de las promesas de la Universidad y con pocas expectativas de poder promocionar allí donde trabajan. Y por ahora, no hay ninguna solución que contente a todos.

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