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Neumonía, cáncer, hipertensión: el impacto de la contaminación al que Díaz Ayuso resta importancia

Neumonía, cáncer, hipertensión: el impacto de la contaminación al que Díaz Ayuso resta importancia
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Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, tiene sus propias ideas sobre el impacto de la contaminación atmosférica en la salud de las personas: "Nadie ha muerto tampoco de esto. No quiero que se genere una alarma de salud pública, porque no la hay". Sus palabras, pronunciadas en la Cadena SER, han causado una avalancha de reacciones, incluida la del CSIC, el principal centro de investigación científica de España.

¿Por qué? En gran medida, porque se equivoca.

Números. Hay cierto consenso al respecto. La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, estima que la contaminación del aire causa la muerte prematura a unas cuatro millones de personas en todo el mundo. Cifras revisadas al alza por otros estudios más recientes, como este, en el que el volumen total supera los ocho millones de personas (por encima de la mortalidad atribuible al tabaco).

Impacto transversal. ¿Cómo mata la contaminación? Un trabajo elaborado por un grupo de investigadores internacionales y basado en los datos de más de 652 ciudades ofrece pistas: las partículas en suspensión se filtran en los pulmones, penetran en nuestro torrente sanguíneo y deterioran gravemente nuestra salud. Por cada 10 microgramos/m3 más de partículas en el aire, la mortalidad aumenta entre un 0,44% y un 0,68%.

Como se explica en el CSIC, pueden parecer poco, pero "puede conducir a un exceso significativo en el número de muertes dada la exposición generalizada y las grandes poblaciones que viven en zonas urbanas".

Riesgos. El problema es mayor entre las poblaciones de riesgo. Otros análisis han encontrado un vínculo entre el volumen de contaminación de una ciudad y el aumento de las enfermedades respiratorias entre los más pequeños. La OMS calcula que alrededor de 600.000 niños mueren al año de forma prematura a causa de la suciedad del aire. Es un proceso de deterioro acelerado que nos acerca poco a poco a los umbrales de riesgo.

Un buen símil es el del tabaco. En Delhi, ciudad que vive pesadillas atmosféricas cada semana, respirar su aire equivale a fumarse dos cajetillas de tabaco al día.

Ahorro. ¿Y qué sucede cuando se toman medidas que limitan el impacto de la contaminación? Que la mortandad asociada desciende. La Agencia Medioambiental Europea calcula que las políticas anti-contaminación ahorran la muerte de 17.000 europeos al año. Desde los noventa, decisiones como limitar la circulación de vehículos o reducir aparcamientos habrían ahorrado más de 500.000 muertes prematuras en el continente.

Se puede observar ciudad a ciudad. Una investigación elaborada por expertos de la Universidad de Melbourne atribuye 700 muertes ahorradas a las "supermanzanas" de Barcelona.

Salud. El impacto es directo, pero las consecuencias paulatinas y, a menudo, visibles en el largo plazo. Respirar el aire de nuestras ciudades no sólo dispara nuestras probabilidades de fallecer por causas no naturales, sino que nos acerca a padecer desde una neumonía hasta patologías más serias, como el cáncer de pulmón o enfermedades cardiovasculares. Es un deterioro generalizado de nuestra salud que, en el peor de los casos, nos puede llevar a la muerte.

Invisible. Pese a ello, gran parte de la población y de los representantes públicos minusvaloran sus efectos. En gran parte porque las consecuencias en nuestra salud son invisibles, o porque sus efectos se solapan con otros problemas (mala alimentación, genética, usos nocivos como el tabaco o el alcohol, pobreza, incendios, etcétera). Pero su impacto es real. Una persona respira una media de 20.000 veces al día. Lo que respira importa.

Ni siquiera es nuevo. Estudios históricos sobre la Inglaterra industrial estiman que las centrales térmicas y la fiebre del carbón dispararon la mortalidad un 6%, representando el 20% de la tasa de mortalidad gracias al aumento de las enfermedades respiratorias. Sólo en el Great Smog de 1952 se calcula que murieron 4.000 personas (en cuatro días).

Imagen: Francisco Seco/AP

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