No son imaginaciones tuyas: todo está más caro que nunca en España

No son imaginaciones tuyas: todo está más caro que nunca en España
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Un asunto ha monopolizado la conversación pública española desde la pasada primavera: el precio de la luz. La nueva reforma tarifaria introducida por el gobierno condujo a un encarecimiento relativo de los peajes fijos, o en el mejor de los casos a un ajuste de las franjas de consumo de los hogares españoles. Durante las semanas siguientes, el coste de la energía se disparó por una variedad de motivos. El resultado fue un precio histórico máximo de la luz en pleno verano.

De la luz y de todo lo demás.

La inflación. Porque no es sólo la energía. Según los últimos datos de Eurostat, el Índice de Precios al Consumo (IPC) es hoy un 2,9% más alto que el año pasado a estas alturas. Dicho de otro modo: lo que pagamos por las cosas que consumimos a diario es un 2,9% más caro hoy que el año pasado. La inflación está subiendo y algunos analistas ya estiman que España cerrará el curso por encima del 3,3%. La energía, obvio, está jugando un rol fundamental en el proceso. Pero hay más.

Comparando. Tenemos que remontarnos a 2011, uno de los años más duros de la crisis económica, para cerrar un curso con un IPC tan alto (3%). El fenómeno es generalizado en toda la UE. Junio se cerró con una inflación del 1,9% en todo el continente; julio, con una del 2,2%; y agosto, con una del 2,5%. Hay países en una situación más delicada que España (Hungría, Polonia y Estonia rondan el 4,7% y el 4,9%) pero nuestra media es superior a la comunitaria (del 2,5%) y muy superior a la de la zona euro (2,2%). Si nos vamos a Estados Unidos, el IPC se dispara al 5,4%.

Qué pasa. Desde la política monetaria del Banco Central Europeo, más destinada de un tiempo a esta parte a asegurar que los estados de la zona euro puedan financiarse regando de dinero los mercados, hasta el encarecimiento de los productos de consumo durante el último año. Recordemos: seguimos inmersos en una crisis logística mundial donde la demanda excede a la oferta y donde elementos tan básicos como un contenedor o un microchip se han convertido en bienes esquivos.

Era cuestión de tiempo que al bloqueo de la cadena de suministro global, con su carencia de transporte y sus fábricas saturadas, le siguiera un aumento del IPC. Lo hemos visto en un sinfín de sectores. El más destacado, el de las materias primas, como la madera, completamente desbocadas; pero también el de cosas tan mundanas como el café.

A corto plazo. Hasta hace muy poco, el riesgo real no era tanto la inflación sino la "deflación" (esos tipos bajísimos, esos intereses negativos, ese dinero que ya no ofrece nada almacenado en el banco). En junio, el BCE se mostraba cauto sobre el aumento de precios. Se trata más de un incremento "temporal" del coste de la vida fruto de los rigores del coronavirus que de un riesgo real de inflación, descartable "excesivamente alta". Nada que pueda despreocupar a la siempre traumatizada Alemania. Su inflación de agosto ha llegado al 3,9% y algunas proyecciones le auguran un cierre de año al 5%. Cuestión de tiempo que el problema llegue a la mesa de la UE.

Todo caro. Al margen de su importancia en la agenda política continental, el encarecimiento de todo sí es un problema inmediato para los españoles. A los precios históricos de la luz podemos sumar una cesta de la compra también disparada. A finales del año pasado la OCU calculaba un 2,8% de aumento para el consumo ordinario de los hogares. No ha bajado desde entonces. Productos como el aceite se han encarecido un 20%; las frutas, un 4,6%; los huevos, un 3,5%; y la carne aviar un 3%. No son imaginaciones tuyas. La vida se ha puesto mucho más cara.

Imagen: Jon Naca/Reuters

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