Orinar es una cuestión de género: la lucha de París contra sus urinarios públicos por sexistas

Orinar es una cuestión de género: la lucha de París contra sus urinarios públicos por sexistas
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Reverencial ciudad del amor, París no es exactamente la ciudad del Mejor Olor. Sucede que son miles de parisinos los que, cuando las necesidades fisiológicas lo imponen, orinan en cualquier esquina de la milenaria ciudad. Los turistas hacen lo propio. La circunstancia queda lejos de ser extraordinaria, y se replica en casi todas las grandes ciudades del planeta. Ahora bien, el singular flujo de turistas anuales que la capital francesa recibe hace del problema una urgencia.

Hace alrededor de un año, el ayuntamiento de París tuvo una ocurrencia: instalar urinarios públicos dedicados única y exclusivamente a los hombres. El motivo era simple. La proporción de hombres que decidía hacer sus necesidades en la vía pública era inmensamente superior, por cuestiones de comodidad y de mera configuración biológica, que la de mujeres. Introduciendo orinales cómodos en puntos clave de especial incidencia, París aspiraba a solucionar el problema.

Pese a que la idea data de fechas tan tempranas como finales de 2016, no fue hasta este verano cuando se llevó finalmente a la práctica a gran escala. ¿Éxito o fracaso? Difícil de decir. El recibimiento de los parisinos y de los medios de comunicación fue agrio, espoleando una interesante polémica: en lugar de concienciar a sus ciudadanos y turistas de la necesidad de respetar el mobiliario urbano y las normas básicas de civilización, París fomentaba la mala educación.

Más aún, los urinarios eran feos. Cajas cuadradas de intenso color rojo que, instaladas en puntos de trasiego diario y orines indeseados, desagradaban a los vecinos. Como se rememora aquí, numeroso parisinos escribieron un sinfín de cartas al ayuntamiento mostrando sus reparos. "Ver a gente orinando frente a tu puerta no es la cosa más bonita", explicaban algunos, señalando la contradicción de preservar a París como la preciosa ciudad que es al tiempo que habilitando instrumentos tan horrendos. Las quejas eran estéticas, morales y prácticas.

Bautizados como "uritrottoirs", su aspecto es tan llamativo como escueto. Para muchos parisinos, su horrendo diseño o las perniciosas consecuencias asociadas a su instalación son ya lo de menos. Lo peor es observar a miles de hombres mear al aire libre, sin mayor barrera visual que sus propias manos. Al ser tan pequeños, los uritrottoirs son baratos y fáciles de instalar en las calles parisinas, pero también evidencian desde la lejanía quién está orinando. No hay disimulo.

El alcalde de uno de los distritos de la ciudad, Ariel Weil, salió al paso bautizando a los urinarios como "la invención de un genio", y explicando que, de no instalarse, los parisinos desconsiderados y los turistas continuarán meando directamente en las calles. Con el olor que ello conlleva. Insuficiente razonamiento para otros vecinos, tal y como recogió Reuters, preocupados por el escaso civismo que los urinarios representaban, las malas maneras, el exhibicionismo y, en fin, que pese a todo los hombres de turno continuaran meando fuera del tiesto en la vía pública.

Todo amenazaba con quedarse ahí. Hasta que entró en juego el factor de género.

Urinarios: ¿una perspectiva sexista?

Como recoge CityLab, la protesta se ha llevado a un siguiente nivel: no es que los urinarios sean feos, moralmente aberrantes, una solución cortoplacista o desagradables. Es que además son sexistas. El razonamiento es igualmente simple: se han instalado única y exclusivamente para los hombres, dado que las necesidades fisiológicas de las mujeres a la ora de orinar son muy distintas. Los uritrottoirs no incluyen papel de ningún tipo y son una mera caja. Sólo puedes mear de pie.

Para un grupo de activistas feministas, los uritrottoirs representan cómo el espacio público se diseña y amolda en función de las necesidades de los varones (en una queja similar, aunque más amplificada, a la del manspreading). De ahí que los urinarios hayan aparecido durante los primeros días de septiembre pintados, vandalizados y plagados de pegatinas donde se interpela directamente al usuario: "¿Eres un perro? ¿Entonces por qué estás meando en la calle?".

Es probable que la reacción de algunas mujeres no sorprenda al hombre que diseñó los urinarios, Laurent Lebot, de Faltazi. Cuando hizo pública su ocurrencia, finalmente adoptada por París, explicó que el diseño no estaba pensado para las mujeres, pero que deseaba adaptarlo. Ellas necesitarían un espacio cerrado y no visible al resto de los viandantes, pero hasta entonces podrían servirse de un "funnel" (embudo en inglés) para hacerlo de pie, como los hombres. Es decir, los cartoncitos que permiten orinar a las mujeres sin agacharse y sin desnudarse de cintura para abajo.

Urinarios Paris Dos Para muchas feministas, los urinarios son un símbolo del dominio exclusivo del hombre en el espacio públiclo. (David Silpa/AP)

Huelga decir que la solución no es el colmo de la practicidad, y que pocas mujeres portan consigo instrumentos similares en su día a día. Para Gwendoline Coipeault, portavoz de la organización Femmes Solidaires, los urinarios "están diseñados para complacer a los hombres y reforzar la idea de que las mujeres no son bienvenidas en el espacio público. Es discriminación, y refuerza la idea sexista y estereotipada de que los hombres no pueden controlarse bajo ninguna circunstancia".

Desde su perspectiva, los uritrottoirs representan una abierta dejación de funciones por parte tanto de la administración como de los varones. Dado que van a mear en cualquier esquina de igual modo, ¿qué mejor que habilitar un urinario para que al menos lo hagan sin dejar olor ni suciedad? Coipeault y otras feministas consideran que esta perspectiva es perniciosa, en tanto que reniega cualquier reflexión sobre el problema originario: mear en cualquier lugar cuando sea necesario. No fomenta el autocontrol ni impone ninguna responsabilidad a los varones que meen en la calle.

Los urinarios simbolizarían también un doble rasero. Otra pegatina incidía: "Las mujeres que exponen sus pechos para alimentar a sus bebés tienen que taparse. Los hombres que se sacan sus genitales para orinar son subvencionados por el ayuntamiento". Chris Blache, feminista y urbanista que ha colaborado en numerosas cuestiones de género con el ayuntamiento, tiene una opinión parecida: "Hay una percepción de injusticia en quién está autorizado a orinar o no en público". Hombres adultos, sí: niños (son demasiado pequeños para la caja) y mujeres, no.

Urinario Los urinarios se valen de los propios orines para fertilizar unas pequeñas macetas decorativas instaladas en su parte superior, de tal modo que encajen mejor con el mobiliario urbano.

Para Blache el ayuntamiento no discrimina a conciencia, pero la medida sí es discrecional y antepone las prioridades de un grupo a otro. Desde el equipo de gobierno municipal se ha explicado que se buscarán medidas para atender a las críticas tanto de los vecinos como de los grupos feministas, pero en esencia el problema seguirá ahí. Hay hombres que mean en las calles. Y sus orines generan malos olores, suciedad, mala imagen y un evidente problema de salud pública.

¿Hay alternativas? Quizá más urinarios públicos (hay 450 en todo París, muchos abiertos 24 horas) o más facilidades para entrar en baños de cafés, museos o establecimientos públicos. Quizá, también, más educación. En cualquier caso, en París, orinar también es una cuestión de género.

Imagen: David Silpa/AP

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