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Papá Noel NO son los padres: una defensa psicológica de la fantasía (y del desengaño)

Papá Noel NO son los padres: una defensa psicológica de la fantasía (y del desengaño)
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Como no podemos dejar de odiar ni un segundo, esta semana le ha tocado a Santa Claus. Bajo la idea de que "creer en Papá Noel afecta a la relación entre padres e hijos", un par de psicólogos, la revista Lancet y bastantes medios de comunicación se han lanzado a señalar que "la moralidad de hacer que los niños crean en mitos debe cuestionarse".

Como Papá Noel es un tipo con clase y no suele defenderse (todo lo más habrá anotado a los dos psicólogos en la lista de niños malos), hemos decidido ver qué ha hecho Santa Claus para merecer esto. Si crees en Papá Noel, ya te aviso de que este post contiene spoilers.

¿Debemos matar a Papá Noel?

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Aunque se vende como que "un estudio de 'Lancet Psychiatry' argumenta en contra de la fantasía", en realidad se trata de un pequeño ensayo con muy poco apoyo empírico. Parece que, si ha obtenido eco, es porque la polémica es recurrente. Sólo hay que tirar de hemeroteca para darnos cuenta de que esta cuestión se discute casi todos los años.

Supongo que la razón es que existe cierta tensión entre las exigencias modernas de transparencia (como las denomina el psicólogo Marino Pérez) y la cultura navideña general. Y sí, "cultura navideña general" me parece una forma sensata de definirlo porque como dice Manuel Ansede, "Santa Claus es la mayor mentira colectiva del planeta".

Christopher Boyle y Kathy McKay, los autores del ensayo de Lancet Psychiatry, citan un trabajo de unos de los principales defensores de que los niños no son tan crédulos como pensamos: "un factor particularmente potente es el apoyo cultural, el testimonio de los padres, la provisión de evidencias a favor de la existencia (ej., el dinero encontrado bajo la almohada), los rituales (ej., dejar leche y galletas para Santa) y en general todos esos comportamientos que pueden hacer que los niños acallen todas las dudas que originalmente pudieron tener",

Es decir que, si Santa Claus fueran solo los padres, los niños tardarían "muy poco tiempo" en darse cuenta del engaño. En realidad, ni Santa Claus, ni los Reyes Magos, ni el Olentzero son los padres, somos todos en mayor o menor medida. Se trata de una práctica cultural gigantesca. Así que la pregunta es de alcance social: ¿Por qué habríamos de cambiar esa cultura general? Por los niños, responden Boyle y McKay, por la relación entre padres e hijos.

¿Cómo afecta la mentira a la relación padres-hijos?

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Christopher Boyle y Kathy McKay llevan razón en que la imagen que tenemos de los niños como crédulos incorregibles es muy aventurada. Al contrario, “los niños son, en muchos casos, escépticos, aunque con frecuencia equivocadamente" (Woolley y Ghossainy, 2013). Y si llegan a creer en los Reyes Magos, Santa Claus o el ratoncito Pérez es porque los adultos dedicamos una buena cantidad de tiempo a crear esas mentiras para ellos.

Tirando de este hilo, Boyle y McKay se ponen en la piel de los niños y se preguntan: “Si los adultos han estado mintiendo sobre Santa, aunque haya sido de manera bienintencionada, ¿qué más es mentira? Si Santa no es real, ¿las hadas son reales? ¿Es real la magia? ¿Existe Dios?”. De ahí se llega a decir que puede afectar a la relación entre padres e hijos y que la única justificación es, sencillamente, que des esta forma los padres (¡los padres!) se sienten mejor. Y, oye, a falta de datos que lo respalden, puede ser.

Pero Santa siempre tiene un As bajo la manga

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Puede ser, pero sinceramente creo que se apresuran en cerrar el tema. El punto central del trabajo de Woolley y Ghossainy que toman como referencia es que ese escepticismo natural parece estar relacionado con la poca madurez de las habilidades metacognitivas de los niños: no pueden evaluar el alcance y la relevancia del conocimiento propio, ni percibir en qué medida las fuentes de información son buenas o malas.

Por lo que sabemos sobre cómo facilitar ese desarrollo metacognitivo, por ejemplo en Deanna Kuhn (2000), necesitamos crear situaciones en las que los niños evalúen no sólo sus propias creencias sino que sean capaces de "percibir y manejar las formas en las que están siendo manipulados por fuentes externas".

Más importante que el engaño, podría ser el desengaño mismo

I Want To Believe

O sea, que el argumento general a favor de Santa no rota sobre una defensa de la fantasía (algo que no tiene nada que ver con el gordinflón navideño), sino, precisamente, sobre que los procesos de desencanto podrían ser más valiosos que la mentira en sí. Y, de esta forma, servir de herramientas culturales en el desarrollo de esas capacidades psicológicas que son importantes en el futuro.

No cabe duda de que los niños tienen muchas oportunidades de desarrollar estas habilidades y de desconfiar de los padres. Nada parece indicar que haya riesgo de que no hablarles de los Reyes o de algún tipo de ser mitológico les afecte de alguna manera.

Pero tampoco parece razonable desechar estos procesos culturales a la ligera y en ningún caso hay argumentos para que, como sociedad, decidamos abandonar esta "mentira colectiva". No obstante, todos sabemos que contar o no contar la verdad no deja de ser una cuestión personal y en temas con tan poca investigación detrás no debemos disfrazar nuestras opiniones y juicios de valor de evidencia científica. Así que no nos hagan demasiado caso y hagan lo que crean que es mejor.

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