Qué hay detrás de la donación de 1.000 millones del fundador de Twitter

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Ya tenemos ganador de la competición por el altruismo covid: Jack Dorsey. El cofundador y CEO de Twitter (y también de Square) ha arrojado 1.000 millones de dólares (922 millones de euros) de su fortuna para financiar la lucha contra el virus. Es un 28% de su patrimonio personal.

20 millones de acciones y un plan marcado

Ha dejado así en mal lugar, completamente eclipsados, al resto de miembros del paisanaje plutocrático: Bill y Melinda Gates, Jeff Bezos o los Zuckerberg han hecho anuncios de donaciones por un valor equivalente a 125, 100 y 25 millones de dólares respectivamente. La Fundación Amancio Ortega movilizaba el equivalente a 63 millones de euros de su patrimonio en material sanitario. La lista sigue y sigue.

Al hacer el anuncio el propio Dorsey notificó que ya había regado con otros 40 millones de dólares distintas causas benéficas de forma anónima desde que comenzó la crisis, pero dado que las necesidades son cada vez más urgentes y quiero ver el impacto en mi vida”, ha decidido sacar el bazuca y dejar por los suelos a todos los demás candidatos.

La donación, por cierto, en forma de un macro paquete de acciones de Square, tiene ya una ordenación: el enfoque se centrará en la salud, la educación de las niñas y el estímulo político y económico por una renta básica universal.

Como gesto de buena voluntad, @jack ha anunciado que hará públicas todas las donaciones y sus objetivos en un excel público, aunque habrá información financiera que seguirá siendo opaca, tal y como le permite la ley, ya que el dinero proviene de una fundación tradicional. También así se libera del pago de ciertos impuestos en forma de activos.

Millonarios, queridos, poderosos

Dl U384716 002 Barack Obama, Melinda Gates y Bill Gates durante una conferencia organizada por la Fundación Bill y Melinda Gates.

Como han comentado diversos medios desde el anuncio, de forma premeditada o no el gesto de Dorsey sirve como promoción de su propia marca personal, otra forma de poder más líquido y menos cuantificable pero no por ello menos importante, como bien pueden constatar figuras tan dispares como Elon Musk, Michel Bloomberg o el mismísimo Trump, todos ellos multimillonarios.

Se vive en Estados Unidos ahora un intenso debate sobre el papel de estos multimillonarios en la vida colectiva, el eterno antagonismo entre la caridad que nace de la voluntad de los individuos y la imposición y redistribución fiscal. En 2018 Twitter, que facturó 2.683 millones de euros a nivel global, pagó ese mismo año sólo 113.000 euros en impuesto de sociedades al fisco español gracias al sándwich irlandés, una práctica extendida entre todos los gigantes empresariales, los tecnológicos y los de otro tipo.

Por supuesto, los magnates de las Big Tech no han dejado de financiar a diversas administraciones y candidatos políticos. En tiempos recientes, aquí un caso republicano, aquí una agrupación de acaudalados y liberales vecinos del Valle inyectando capital a distintos aspirantes del partido demócrata.

Según The New York Times el dinero que las empresas de las grandes tecnológicas gastan en lobby es equivalente al de la industria armamentística, con el añadido de que hasta el 75% de los empleados contratados por estas firmas han llegado a trabajar como asesores de distintos gobiernos a lo largo de estas décadas. A día de hoy tanto el presidente como el vicepresidente han elogiado públicamente la generosidad de Apple o Facebook por sus obras de caridad.

Cuando se cansan de financiar campañas políticas que pueden salirles rana, o por diversificar las fuentes de fabricación de ese poder blanco, los empresarios optan por comprar a los medios.

Así, poco a poco, estos prósperos individuos se van convirtiendo cada vez más en señores feudales, con un patrimonio tan vasto que pueden cambiar el curso social de un territorio mejor que algunos ayuntamientos, haciendo así competir los resultados finales de su obra benéfica con cómo los representantes votados por el pueblo y sometidos a infinidad de regulaciones administrativas invierten los impuestos de los ciudadanos.

El Tony Stark de la Renta Básica Universal

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Es de esperar que Dorsey, al igual que hacen los Zuckerberg o los Gates, relegue la gestión de su capital a un fondo orientado a donantes: su patrimonio es tan vasto que necesita una organización especializada en filantropía para saber cómo y en qué gastar su dinero.

Al centrarse en la Renta Básica Universal, Dorsey se pone en el pelotón de cabeza de la corriente de una de las ideas económicas más disruptoras y sexies de los últimos tiempos. Un proyecto de seguridad social que se colocó en el centro del debate de las últimas primarias demócratas gracias sobre todo al candidato Andrew Yang, ya fuera de la competición.

Enigmático, defensor de la frugalidad material, autocrítico… Dorsey encaja con bastante consistencia en el arquetipo de la fauna cupertina de genio new age que considera que no es tanto un gestor empresarial como el mesías que hará llegar al mundo su visión personal. También ha vivido traiciones empresariales, que le dejaron de lado de Twitter durante años antes de que los socios le pidieran que volviese, para estar ahora dirigiendo dos grandes firmas cotizadas.

También en estos últimos tiempos los inversores de Twitter han allanado el terreno legal para intentar expulsarle de su puesto como CEO si no logra unos objetivos que difícilmente podrá alcanzar. Entre eso y los quebraderos que traen las acusaciones de partidismo político y propagación de las fake news en las redes sociales, se va haciendo menos interesante seguir a bordo de ese barco.

Dorsey no siempre quiso dedicarse a la tecnología. De hecho en entrevistas en 2013 contaba cómo en su adolescencia dudó entre perseguir una carrera política o estudiar computación, optando por esta última. En esas mismas entrevistas declaraba que su deseo por convertirse en representante público nunca se había ido, y que seguía buscando la ocasión propicia de volver a la Gran Manzana, su hogar, para seguir los pasos de Michael Bloomberg el billonario empresario del mundo de la comunicación que se convirtió en alcalde de Nueva York por muchos años.

Es posible que el gurú no optase por usar ese ejemplo de hablar sobre su salto a la política si le entrevistasen a día de hoy: Bloomberg se ha convertido en el paradigma andante de cómo la arrogancia de los que se creen todopoderosos puede jugarles una mala pasada. En los pasados comicios demócratas el ex empresario se gastó 500 millones de dólares de su bolsillo para financiar su candidatura, casi lo mismo que la suma de los siguientes cinco candidatos más notorios juntos, sólo para ver cómo sus opciones de salir elegido se desvanecían por una simple pregunta de una rival.

Sirvan o no esos 1.000 millones de dólares como combustible de su relevancia pública para futuras entregas, es difícil (y más que comprensible) pensar que a los sanitarios y vecinos estadounidenses les importe en este momento lo más mínimo de dónde procedan los fondos para sus muy necesitados bienes en la lucha contra el coronavirus.

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