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Lo que la ola de violencia incontrolada en Culiacán nos dice de la lucha de México contra el narcotráfico

Lo que la ola de violencia incontrolada en Culiacán nos dice de la lucha de México contra el narcotráfico
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No son días fáciles para México. Tampoco para su actual Presidente, el izquierdista Andrés Manuel López Obrador, que, pese a sus evidentes intentos por esquivar o minimizar la importancia del tema de agenda, ha tenido que declarar públicamente lo siguiente: "no puede valer más la captura de un delincuente que las vidas de unas personas".

El triunfo de los de Sinaloa

Las calles de Culiacán, en el estado de Sinaloa, llevan sumidas en el caos las últimas 24 horas. La versión oficial (y de la que muchos ciudadanos mexicanos dudan) es la siguiente: según cuenta Alfonso Durazo, el secretario de Seguridad Pública de México, una patrulla de la Guardia Nacional (cuerpo militar) que actuaba de rutina entró a una vivienda en la que un hombre se identificó como Ovidio Guzmán, uno de los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cartel de Sinaloa y que está oficialmente en busca y captura.

La detención derivó en el enfrentamiento entre los miembros de la Guardia Nacional y criminales, que fueron rodeando la zona y crearon un clima de violencia desatada por la ciudad de casi un millón de habitantes, con tiroteos indiscriminados y paseos en balaceras que han corrido como la pólvora en redes sociales (así como otras imágenes fake).

La ciudad se paralizó durante horas, los criminales empezaron a tomar el control de las calles, creando bloqueos en las carreteras e incluso entrando en los comercios alertando a los civiles de que no saliesen. Incluso se dio la fuga de unos 20 o 50 presos de la cárcel de Aguarato, que se unieron a los narcotraficantes. Es decir, todo un ejemplo de coordinación y monopolio de la violencia por parte de los de Sinaloa, actualmente el segundo cártel más potente del país, por detrás del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Para evitar una masacre, el secretario Durazo mandó “suspender acciones”, lo que los medios interpretaron como una liberación del capo, actualmente en paradero desconocido.

El nuevo fracaso del Estado mexicano en su batalla con la droga

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Se trata de un episodio importante en la lucha contra la narcopolítica por ser el primero de relevancia al que se enfrenta el gobierno de nuevo signo y estrategia, que en febrero de 2019 AMLO declaró que oficialmente se había terminado la guerra contra la droga.

Es una actitud radicalmente distinta a la que se ha ido viviendo en las últimas décadas con Vicente Fox, (2000-2006), Felipe Calderón (2006-2012) y el tecnócrata Enrique Peña Nieto (2012-2018). Pese a las diferentes estrategias de estos gobiernos, en las que primó la persecución activa, la mano dura y las detenciones espectaculares, cada año fue convirtiéndose más violento que el anterior, con más homicidios y más hectáreas de actividad. Los escasos meses que lleva AMLO al mando no han cambiado estos hechos, y 2019 apunta a batir nuevamente los récords.

Los expertos estiman que el fracaso de los gobiernos anteriores se debe a alguna combinación de los siguientes factores. Primeramente que la idea de descabezar carteles, muy vistosa para los medios, fomentó una guerra más encarnizada por el poder, que llevó a más muertes. También que el aumento de efectivos estatales (como la creación de un cuerpo armado nuevo llamado Gendarmería) no sirvió de nada teniendo en cuenta que sus salarios seguían siendo demasiado bajos en contraposición a la oferta económica criminal. Por último, se trata de una realidad enquistada, con unas raíces demasiado hondas. Los nueve cárteles que existen en México, junto con sus cerca de 37 células, tienen presencia en el 60% del territorio nacional. El crimen organizado es la tercera mayor fuente de ingresos del país, sólo por detrás del petróleo y el turismo.

Por qué "fracasar" no importa tanto

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Su poder es económico y también organizativo. Si la suma de todos los efectivos mexicanos militares y policiales ronda la cifra del medio millón de trabajadores, la comparación con los narcos no sale bien parada, ya que, según fuentes del Gobierno, sólo con los menores de edad que engrosan las filas de los cárteles (voluntarios y a la fuerza, raptados) son 460.000. Uno de cada tres mexicanos considera que los traficantes hacen más obras públicas que los dirigentes, y cuatro de cada diez considera que los narcos son más fuertes que el propio Gobierno.

Pero, como dice AMLO, lo que muchos mexicanos quieren antes que ninguna otra cosa, incluido el fin de los cárteles, es la paz. El 57% prefiere dejar que los narcotraficantes sigan realizando su trabajo si esto significa que podrán vivir en paz. Pese a que sus rivales políticos del PAN salgan calificando la escena del hijo del Chapo como la “derrota más grande en la historia del país”, y se vea la liberación de Ovidio como otro ejemplo más del fracaso del Estado frente a los criminales, una parte importante de la ciudadanía apoya al Presidente cuando afirma cosas como “se decidió proteger la vida de las personas y yo estuve de acuerdo con eso, porque no se trata de masacres”.

Es un cambio de estrategia pública total con respecto a las últimas décadas en la guerra contra las drogas. El tiempo dirá si ha sido efectivo.

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