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"Riesgo moral": cómo Países Bajos se convirtió en el socio más duro contra el sur de Europa

"Riesgo moral": cómo Países Bajos se convirtió en el socio más duro contra el sur de Europa
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Tras cinco horas de tensa reunión, Pedro Sánchez y Giuseppe Conte, presidente del gobierno español y primer ministro italiano respectivamente, decidieron plantarse. El Consejo Europeo destinado a esbozar medidas económicas para paliar las consecuencias del coronavirus había fracasado. En el centro de todas las miradas se ubicaba un estado, Países Bajos, muy señalado por los socios mediterráneos.

"Repugnante". Lo evidenció António Costa, primer ministro portugués, en una rueda de prensa posterior. La posición del gobierno holandés era, a su juicio, una "absoluta inconsciencia", de una "mezquindad recurrente", capaz de minar "completamente el espíritu" comunitario y de amenazar "el futuro" de la Unión. Una postura "repugnante", "mezquina", "contraria" al espíritu europeo. Palabras durísimas.

La causa. La rabia de Costa surgía de las declaraciones del ministro de Economía neerlandés, Wopke Hoekstra, días atrás: la emisión conjunta de deuda (eurobonos) representaba un "riesgo moral", al desincentivar reformas necesarias en los estados del sur. Hoekstra también sugirió "investigar" por qué algunos países no contaban con el suficiente colchón fiscal para afrontar el parón durante la cuarentena.

Un dardo afiladísimo dirigido contra Italia y España, sumidas en una crisis sanitaria sin precedentes. En palabras de una fuente comunitaria consultada por Volkskrant, una "peineta" al sur.

Moralidad. Países Bajos se ha convertido en uno de los huesos más duros de roer de la Unión. Ha sido uno de los socios más vocales en su oposición a la integración fiscal y política, y siempre ha mantenido posiciones muy estrictas a la hora de establecer líneas de ayuda para los países mediterráneos. A menudo embadurnadas por un tono arrogante que ha enfurecido a sus socios, como ilustra Costa.

"La fijación holandesa por historias morales durante una crisis de salud mortífera e indiscriminada no le ha hecho ningún favor a La Haya", escribía el Financial Times hace unos días.

Furcias y casinos. El gobierno de Mark Rutte es reincidente en este aspecto. En 2017, su por aquel entonces ministro de Hacienda y presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, destilaba tan bellas palabras de comprensión hacia sus socios del Mediterráneo:

Durante la crisis del euro, los países del norte de la eurozona mostraron su solidaridad con los socios en crisis (...) Como socialdemócrata que soy, creo que la solidaridad es extremadamente importante. Pero quien se beneficia de ella también tiene unos deberes. No puedo gastarme todo mi dinero en alcohol y mujeres y luego pedirte ayuda.

Para entonces Dijsselbloem era un viejo conocido. Su papel al frente del Eurogrupo durante las negociaciones más críticas con Grecia, en 2015, le posicionaron al frente de los "halcones" de la eurozona. Gobiernos, el holandés incluido, que interpretaban la crisis de deuda de España, Italia o Portugal desde un prisma moral. El sur se había gastado un dinero que no tenía. Y ahora pataleaba por el precio a pagar.

Presupuestos. El recuerdo de la crisis del euro sigue muy vivo en la memoria del norte de Europa, y figuras como Rutte han mantenido una línea similar en todas y cada una de las negociaciones. Países Bajos, por ejemplo, forma parte de los cuatro "frugales", un reducido grupo de socios que desea mantener el presupuesto de la UE por debajo del 1% del PIB, muy lejos de lo exigido por Francia o España.

El sur no puede exigir más dinero sin mecanismos de control, sin acometer antes reformas o una constricción del gasto desmedido. Argumento que se traduce en las apelaciones moralistas de los ministros holandeses.

Eurobonos. Una posición muy restrictiva y cristalizada en su oposición total a la emisión conjunta de deuda. "No puedo imaginar ninguna circunstancia en la que estemos de acuerdo con los eurobonos", confesó ayer Rutte con franqueza. "Jamás apoyaré más mecanismos de estabilización en la eurozona", advirtió hace un año. "Más integración y una Europa federal no es la respuesta", redundó en 2017.

Nadie puede sorprenderse de su postura. Él mismo la anticipaba en 2013, cuando se alineaba con Reino Unido sobre el problema de la migración interna: "Me gustaría una Europa más pequeña, delgada y menos generosa". Una pandemia no lo va a cambiar.

¿Escepticismo? Es una postura legítima. Países Bajos no tiene por qué desear más integración o emitir deuda junto a países de los que no se fía. Sin embargo, las apelaciones moralistas de sus portavoces exasperan a sus socios del sur, y ahora también a su opinión pública, justo cuando la peor epidemia en un siglo está golpeando más duramente a España e Italia. Un tono que agranda la brecha interna de Europa.

¿Y uno que revela un creciente euroescepticismo en Holanda? Las encuestas dicen que no. Los pasos de su gobierno, tanto en materia migratoria como presupuestaria, muestran cierto recelo.

Imagen: Zheng Huansong/AP

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