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En su guerra contra el turismo masivo, París ha encontrado un nuevo objetivo: los autobuses

En su guerra contra el turismo masivo, París ha encontrado un nuevo objetivo: los autobuses
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Francia cuenta con muchos atributos turísticos, pero hay uno que destaca por encima de todos los demás: París. La ciudad recibió más de 50 millones de visitantes a lo largo de 2018, superando su récord histórico y contribuyendo a afianzar la posición del país galo a la cabeza del turismo internacional (90 millones de personas acudieron a Francia sólo el año pasado). Los números siempre van al alza, y el ayuntamiento parisino observa la tendencia con preocupación.

Medidas. De un tiempo a esta parte, ha aplicado diversas medidas para limitar las consecuencias de la masificación turística. La última va encaminada hacia los autobuses turísticos, enormes aparatos de dos plantas que circulan incansablemente a lo largo de la ciudad. Ayer, el vicealcalde parisino, Emmanuel Gregoire, anunció en Le Parisien una nueva ordenanza que limitará el radio de acción de los buses. "No son bienvenidos en el corazón de la ciudad", espetó.

¿Por qué? Los autobuses son atractivos para muchos turísticas porque permiten conocer la superficie de la ciudad en un par de horas. Su trasiego es incansable, agravando los problemas de tráfico de París (muy numerosos). Gregoire define su ir y venir por las calles del casco como un escenario de "total anarquía", y arguye, además, motivos medioambientales: "Los turistas pueden hacer como todos los demás y optar por alternativas de movilidad sostenibles".

Se refiere a la bicicleta o al transporte público, claro.

Solución. ¿Cómo atajarlos? La idea, al parecer, no es tanto prohibirlos como fijar sus rutas, reducir su volumen y establecer párkings estratégicos en los alrededores de la almendra central para impedir su acceso al casco. Como quiera que los buses, al igual que los cruceros, mueven a grandes flujos de personas, la capacidad de masificación de París aumenta. El debate mimetiza al de otras ciudades con gran afluencia de visitantes internacionales, como Barcelona.

Batalla. Se trata de la última de las medidas paliativas esbozada por la ciudad de París. La preocupación de los vecinos por el impacto del turismo ha ido al alza, ya sea por cuestiones higiénicas (solicitando la instalación de urinarios públicos para que no orinen en el entramado urbano, generando olores), prácticas (exigiendo el cierre de algunas de las calles más instagrameadas por los turistas), o de seguridad (prohibiendo el colgado de candados en el Puente de las Artes).

Tendencia. Como siempre, el dilema es múltiple. París sufre el turismo como bendición y como condena. Lo vimos a cuenta de Islandia. Tras la bancarrota, el país se convirtió en uno de los destinos más solicitados a nivel internacional, generando riqueza y puestos de trabajo (ya ocupa el 10% del PIB nacional). Ahora, su paulatino decrecimiento amenaza con agravar las perspectivas económicas del gobierno. No entran divisas, y las finanzas de Islandia dependían de ellas.

Barcelona o Ámsterdam (que, entre otras ideas, ha dejado de promocionar sus monumentos y ha desincentivado el uso del inglés en el pequeño comercio para repeler a los turistas) afrontan idénticos problemas.

Imagen: Zoetnet/Flickr

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