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Tres lecturas esperanzadoras y dos preocupantes que dejan las elecciones de Países Bajos

Tres lecturas esperanzadoras y dos preocupantes que dejan las elecciones de Países Bajos
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Aunque los resultados oficiales no serán públicos hasta el próximo 21 de marzo, ya tenemos sobre la mesa la composición del parlamento neerlandés en el día posterior a unas elecciones que se antojaban claves. Claves tanto en política interna como externa: si el mundo ha prestado tanta atención a Países Bajos en esta ocasión se ha debido al potencial carácter disruptivo de Geert Wilders, su líder de extrema derecha.

Sin embargo, Wilders nunca pudo ganar. Lo comentamos en su momento: su discurso islamófobo y racista resonaba con una parte importante del electorado, la suficiente como para haber llegado a ser la primera fuerza (finalmente, no), pero jamás arrastró a tantos votantes como para llegar al gobierno. El espacio fragmentado y aún más fragmentado tras los comicios de ayer en Países Bajos impedían un virtual gobierno de Wilders.

Más aún cuando no ha superado las expectativas. De modo que, para la Unión Europea y para el futuro político occidental, Países Bajos dejan tres noticias esperanzadoras y dos preocupantes. Empecemos por las buenas:

Cuando el sistema se rompe, no siempre lo hace por la (extrema) derecha

El clásico panorama político europeo está cambiando, es innegable. En todos los países los bloques tradicionales de izquierda (socialdemocracia) y derecha (democristianos) que habían dominado el espectro político continental durante el siglo XX han perdido fuelle. La cuestión es hacia dónde lo han perdido: en algunos países, como en Francia, lo han hecho por la extrema derecha. En otros, como España, por la izquierda radical.

¿Dónde quedaba Países Bajos?

La respuesta de su electorado ha sido clara: no por Wilders. Sólo un 13% de los votos ha recogido el candidato xenófobo, lo que le ubica como segunda fuerza pero muy por debajo de sus propias expectativas. En Países Bajos la coalición dominante tradicional (CDA y PvdA) se ha roto por los liberales-conservadores del VVD por un lado y por una pléyade de partidos progresistas por otro: D66, Verdes, Socialistas o incluso Denk.

El PVV de Wilders puede beber del retroceso socialdemócrata (más de veinte escaños perdidos, una hecatombe), pero no le sustituye. Las lecturas sistemáticas del populismo europeo pescando en caladero obrero pasan a revisión.

La política europea está cambiando, pero no significa que lo haga a peor

En esa gran reestructuración del poder político europeo no siempre ganan los extremistas. Rutte, el líder del liberal-conservador VVD, ha perdido mucho apoyo, pero sigue siendo el partido más votado. Y en la izquierda, el desplome socialdemócrata se ha compensado por dos vías: el increíble subidón de los Verdes, los más aupados en las urnas, y el resurgimiento de D66.

Los primeros necesitan poca presentación: un partido de carácter progresista y, esto es importante, centrado de forma primaria en políticas que aseguren la sostenibilidad del planeta. Los segundos son un partido veterano de carácter socio-liberal (pero también radical, entusiasta de la democracia participativa) que tras algunos años de carestía vuelven a ser una de las potencias parlamentarias. Si Europa cambia (lógico, el votante del siglo XXI tiene otras preocupaciones al del siglo XX), no siempre lo hace por el extremo.

Por cada Geert Wilders puede surgir un Denk

Fue la noticia más interesante de la noche: de un día para otro y sin representación parlamentaria propia, Denk obtuvo tres escaños. Un resultado histórico por un motivo: el grupo político, organizado en torno al turco-holandés Tunahan Kuzu, ha llegado al parlamento sobre una plataforma que aboga por abrazar la multiculturalidad y por fomentar una sociedad tolerante y respetuosa hacia la diferencia. Es la némesis de Geert Wilders.

Denk, un partido que hace de la anti-discriminación su punto de partida y que utiliza una palabra con doble significado tanto en holandés ("piensa") como en turco ("igualdad") es también la prueba de que pese a la ola de intolerancia y xenofobia que recorre Occidente, sigue quedando espacio para alternativas que promuevan la convivencia en igualdad.


Y ahora, las preocupantes:

Pese a su decepción electoral, Geert Wilders sigue contando con un 13% de los votos

Lo que le ubica como la segunda fuerza parlamentaria por primera vez en su historia. No cabe engaño: el PVV ha obtenido cinco escaños más y será con toda seguridad el primer partido de la oposición (se antoja remoto que vuelva a apoyar un gabinete de Rutte tras el explosivo resultado de su primera vez). Wilders no ha logrado el impulso mediático que ansiaba, ser primera fuerza, pero ha expandido ligeramente su base.

Para la Unión Europea, lo sucedido en Países Bajos es un (relativo) soplo de aire fresco (relativo porque Wilders nunca pudo gobernar), pero un partido que aboga por prohibir el Corán y que hace campaña sobre la xenofobia sigue generando un obvio atractivo entre el electorado. El elefante en la habitación no se ha evaporado, aunque ahora sople menos.

No sólo eso, sino que también ha logrado imponer su agenda al resto de partidos

La presencia de Wilders y su inevitable atractivo mediático ha obligado al resto de partidos conservadores a recoger parte de los debates planteados por el PVV. Mark Rutte, por ejemplo, ha tenido que tomar una posición dura frente a los intentos del gobierno turco (de carácter autoritario e islamista) de organizar mítines políticos en Países Bajos. Y ha endurecido, al igual que el resto de partidos en la derecha, sus posiciones en materia de inmigración.

La arrolladora presencia política y mediática de Wilders implica que su agenda, que sus ideas, encuentran acomodo dentro del espacio político convencional, y no ya como agentes exógenos un tanto locuelos. Para la extrema derecha, su victoria en Países Bajos es esa. Para el resto de fuerzas políticas y la UE, el problema es ese.

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Imagen | Patrick Post/AP Photo

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