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¿Cómo es vivir sin género en España?
En diez minutos

¿Cómo es vivir sin género en España?

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“Para mí lo peor son las situaciones cotidianas. Vivimos en una sociedad muy sexista y casi siempre me catalogan como mujer al primer vistazo, con todo lo que ello conlleva”. Desde comprar ropa en una tienda hasta abandonar la idea de jugar un partido un domingo porque no existen equipos mixtos, cada día se traduce en diferentes trabas para las personas agénero como Lucía (26 años).

Mientras la biología demuestra que los géneros pueden ser fluidos, nuestros cerebros se empeñan en tener una concepción binaria de las identidades. Incluso la historia que nos han contado sobre los cromosomas X e Y está basada en las normas de género que nos han regido siempre: hasta 1950 se pensaba que la doble X era la que marcaba la feminidad y la falta de esa doble X representaba la masculinidad.

La idea de que los 7.000 miles de millones de personas de la Tierra solo se identifican con el sexo masculino o el femenino es simplista, y los científicos llevan décadas redefiniendo y ampliando el espectro, pero es la sociedad la que necesita incluir esas identidades.

Los agénero (o genderless) no se consideran dentro de la estipulación binaria (femenina y masculina) que la sociedad reconoce, y al no identificarse o conformarse con el género asignado al nacer ni con el equivalente opuesto a este, deciden establecerse con una identidad de género ubicada como nula. Muchas sociedades ya se encuentran cómodas cuando alguien cruza los límites sociales convencionales en su elección de apariencia, carrera y pareja, pero cuando se trata de identidades, todavía existe una presión social para conformarse con el modelo binario.

A Plush (19 años, estudiante) no le resulta incómodo que le llamen hombre ni le resulta incómodo que le llamen mujer:

“Me refiero a mí mismo en masculino y no tengo ningún problema, pero sí encuentro que la etiqueta de no binario me pega bastante bien. Creo que no tengo género y simplemente me defino como genderless (otro término para denominar a las personas agénero)”.

Hace unos meses se abría una petición en la web de la Casa Blanca para reconocer los géneros no binarios, y unas semanas antes Facebook empezaba a permitir a los usuarios seleccionar su género entre 58 opciones diferentes. La designación binaria empieza (o debería empezar) a volverse borrosa. “Hace falta avanzar muchísimo en feminismo, y me refiero a un feminismo totalmente interseccional y que tenga en cuenta todas las identidades. A nivel social tenemos que acabar con los binarismos porque nada es blanco o negro. Cuando se habla de la gente trans, y en particular de la gente no binaria, se hace mucho hincapié en ‘la biología’ o en el ‘sexo biológico’, pero esos dos sexos son modelos ideales para simplificar el estudio de la realidad”, me cuenta Lucía.

La aceptación del entorno

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Según la encuesta National Transgender Discrimination Survey, el 78% de las personas no convencionales en cuanto a su género sufre acoso escolar, el 90% sufre discriminación laboral y al 53% se le ha faltado al respeto de forma verbal en público. Hablarle de ello a la familia o incluso a amigos no resulta más fácil. “Mi primera salida del armario fue cuando yo le dije a una amiga: ¿Sabes? Yo no me siento hombre, creo que no tengo género; nunca me he sentido hombre ni mujer y no tengo ningún problema con ello. Tengo pene, pero no siento que pertenezca a la categoría de hombre solo por ello. Como no reaccionó muy bien, cambiamos de tema”. La familia de Plush tampoco reaccionó bien a su salida del armario como gay y eso le provocó ansiedad y depresión.

Para él, ser no-binario (que no pertenece a los espectros tradicionales de los géneros occidentales, es decir, masculino y femenino) “no es una cosa que me defina tanto porque yo practico la expresión como non-binary, pero no le digo a nadie que lo soy. Cuando hago algo no conforme a ningún rol de género, me siento bien conmigo mismo. No me gusta adherirme a los otros roles. Y siento que es una forma de exteriorizarlo, pero nunca le digo a nadie lo que soy. Simplemente dejo que lo asuman. No es una faceta tan importante para mí como, por ejemplo, mi pasión por la ciencia. Ser nb no me ha marcado la vida porque no ha influido en nada. Simplemente me di cuenta de que lo era”.

El 78% de las personas no convencionales en cuanto a su género sufre acoso escolar, el 90% sufre discriminación laboral y al 53% se le ha faltado al respeto de forma verbal en público

Lucía está en el armario en la mayoría de sus círculos y le preocupa, por ejemplo, que algún día le pongan problemas a la hora de probarse ropa de chico. “Llevo “excusas” preparadas (es para mi hermano/un amigo con la misma complexión que yo...). Nunca me ha pasado, pero sé que a otra gente sí y me crea cierta ansiedad. El mayor problema es cuando voy con mi madre, porque aunque no lo diga se nota que le produce una incomodidad exagerada que me adentre en la sección de chico”. Una actividad del día a día convertida en un reto emocional.

¿Leyes para todos?

El concepto de género que manejan las leyes, con carácter general, es el que está basado en la apariencia anatómica externa, de manera que no se contemplan cuestiones como la identidad de género, que queda en el fuero interno de cada persona (lo que el art. 10.1 de la Const. llama el libre desarrollo de la personalidad). ¿Cuál es el problema? Que una persona de género no binario tendría en algunas relaciones jurídicas la consideración de hombre o mujer, porque la ley tiene esa concepción del género basada en lo anatómico, y habría una contradicción: ante el Derecho se tiene que asimilar como un hombre o una mujer, mientras que no se siente así, con todas las problemáticas emocionales que conlleva la no-pertenencia o la anulación de una identidad.

El DNI es importante para identificarse en el día a día, pero a efectos civiles importan tanto o más las inscripciones en el Registro Civil, que también hacen referencia al sexo y no al género a la hora de inscribir al recién nacido, e incluso habla de rectificar el sexo en el registro como consecuencia de un cambio de sexo, de disforia de género (art. 93), lo que denota que es una ley poco respetuosa y delicada.

Para Lucía, “simplemente no existimos. Una persona trans binaria (que se identifica con el sexo opuesto a su sexo biológico) tiene garantizados unos cauces legales para el cambio de nombre y sexo en el DNI, tratamientos hormonales y operaciones por la Seguridad Social. Funcionan muy mal y son muy mejorables, pero están ahí. Yo no puedo decirle a mi médico que quiero hormonarme pero que no soy un hombre, que no voy a transitar legalmente a hombre. Si quiero optar a hormonación u operaciones tengo que hacerme pasar por hombre trans binario, con todo lo que conlleva: mentir de manera sistemática al médico de cabecera, en el seguimiento psicológico, al endocrino… El tema de cambios de nombre y sexo ya es un mundo aparte. En mi DNI dice que yo soy mujer. En algunos países existe una tercera opción para personas intersex (discrepancia entre su sexo y sus genitales) o para no binarios; en España, no”.

Las barreras del marco hombre-mujer

3 Dibujo de ChaosTaco

El rechazo del marco hombre-mujer es para ella una cuestión de tiempo y evolución. “Rodearme de gente trans binaria (y a veces no-binaria también) me provoca más disforia social que la gente cis (aquella cuyo género biológico se corresponde con su identidad de género). No sé si sabría explicar por qué, creo que es porque son conscientes de su identidad de género mucho más que la gente cis, hablan sobre ello, sobre sus tránsitos, sus experiencias... en cierto modo son parecidas a las mías, pero también son radicalmente opuestas. Yo puedo entender su sensación de no encajar con lo impuesto, pero no comprendo sus identidades. Donde elles tienen una fuerte sensación de identidad, yo no tengo nada. El género neutro no está normalizado porque el grueso de la población no lo ve como una necesidad, si no ya se usaría”.

La jurista con la que hablo, Lucrecia Esteban, lo tiene claro: “es lógico que una persona agénero se sienta ofendida si el Estado quiere tratarla en términos binarios, pero la mayoría de juristas se reirían de esta conversación o bien considerarían que se trata de un prejuicio o una desigualdad de trato inexistente”. La identidad de género y lo que es el sexo también son realidades distintas, pero se entiende que la no inclusividad de una (la legal; aunque a efectos prácticos no genere perjuicios reales a la personas no binarias) puede tener alguna proyección y afectar negativamente en la otra.

Como no hay ningún parámetro biológico que pese más que los otros (anatomía, hormonas, cromosomas…), al final, la identidad de género parece el parámetro más razonable. En otras palabras: si quieres saber la identidad de alguien, lo mejor es preguntarle.

Si la sociedad sigue viendo lo binario como única posibilidad es por una larga tradición que rechaza los cambios y los ve como un ataque a lo que se considera “natural”. Evidentemente, la biología no acompaña ninguno de esos argumentos rancios contra la diversidad de género, así que el cuñado con el que comemos cada Navidad tiene que dejar de citar a la ciencia y centrarse en el “no, pero si yo tengo amigos de tal forma”. Los sentimientos y emociones de cada persona son mucho más complejos que los genitales con los que haya nacido.

A lo mejor, las barreras que nos han impuesto nunca nos han pertenecido.

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