Hay un hombre en España que lo ha hecho todo: las mil y un vidas de Antonio Alcántara

Hay un hombre en España que lo ha hecho todo: las mil y un vidas de Antonio Alcántara
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La televisión española cerró anoche uno de los capítulos más exitosos, simbólicos e innecesariamente prolongados de toda su historia. Antonio Alcántara pasó a mejor vida. Nos despedimos así del personaje que durante tantos años condensó las esencias del español medio, ese funcionario de tercer nivel que veranea en Torrevieja, baila al son político que marcan los tiempos, ni de izquierdas ni de derechas, y sigue siendo medio de pueblo pese a haberse criado toda su vida en la ciudad. Nos despedimos de un pedacito de España, o del relato que la compone.

Cuéntame ha llegado al presente, epidemia mediante, e intercambia pasajes a principios de los noventa con la más rabiosa actualidad. Es aquí donde se explica el fallecimiento de Antonio Alcántara. Los guionistas, quién sabe si ya de vuelta de todo tras algunos años donde la serie perdió el oremus por completo, decidieron rendirle un peculiar homenaje entre sus viñas. Antoñito se ha marchado platicando lacónicamente con su nieto, abrazado a la vid, deambulante entre sus sueños de madurez. Sí, es un calco de El Padrino. A estas alturas, qué más da.

La última transmutación del mayor de los Alcántara pone fin a un larguísimo listado de facetas, oficios y vivencias. Cuéntame, empeñada en recorrer todos los lugares comunes de la Historia Oficial de España, condujo a toda la familia hacia experiencias universales que, sin embargo, sólo un puñado de españoles vivió en primera persona. Desde discotecas que terminaron pasto de las llamas hasta las vivencias de un gris funcionario que dio el salto a la política democrática, pasando por el hijo mayor periodista, siempre enfangado en asuntos turbios, una hermana adicta a la heroína y una abuela que lo vio pasar todo con los brazos en el regazo y la expresión eterna de "ay estos chicos".

Nada tuvo de corriente aquella familia diseñada para ser tan corriente. En el camino, Antonio Alcántara se convirtió en aquello que cantaba Astrud: "Hay un hombre en España que lo hace todo". Porque lo hizo todo. Absolutamente todo. Más incluso de lo que jamás llegaría hacer el otro hombre que también lo hizo todo, el Comisario Villarejo. Hoy que sus restos (?) ya reposan en nuestra memoria, es un buen día para repasar el arco vital de este pro-hombre ibérico regurgitado por esta enorme piel de toro a la que llamamos España desde sus profundidades más densas.

Antonio, de los Antonios de toda la vida

Ante todo y primordialmente, Antonio Alcántara fue un Antonio, un género propio dentro de España. Piel tiznada, estatura media, pelo azabache, arrugas de expresión ya a muy temprana edad, afeitado al ras, hijo de emigrados de Albacete, vecino del barrio de San Genaro. Antonio no tenía ningún talento especial para nada, como casi todos los Antonios de España, pero era un hombre de convicciones firmes, si bien su educación fue parca, y de una enorme capacidad de trabajo. Compaginaba dos trabajos: en una imprenta y como ordenanza en el Ministerio de Agricultura.

Antonio no siempre fue un Antonio. Huyó de sí mismo, como España huiría de aquella España de post-guerra, pero moriría reconciliado a una verdad inapelable: uno nace Antonio para la eternidad.

Antonio Imprenta

Primero funcionario, por supuesto

En sus inicios, Antonio ocupó las posición más intrínsecamente española que uno podría imaginar: la funcionarial. Sus horas como ordenanza en el Ministerio de Agricultura reflejaban bien aquella España raquítica que se desprendía del polvo y de los complejos a mediados de los sesenta. La de un correveidile ministerial, afincado en el vientre del Estado. A día de hoy el 15% de la fuerza laboral española sigue siendo pública, y en algunas provincias ese porcentaje supera con mucho el 50%. Antonio, como tantos españoles, no tuvo mucha formación. España, por su parte, no tenía una boyante industria o un gran sector privado.

Fue un matrimonio irremediable.

Y después constructor inmobiliario

Para contar España, Cuéntame necesitaba narrar la historia de una transformación muy rápida, muy sorprendente y en muchos sentidos muy exitosa. Antonio protagonizaría sus tres facetas (la política, la social y la económica). Agotado sus días en la imprenta y en el ministerio, su primer paso fue el inmobiliario. No es algo que compartieran muchos españoles, pero sí España, esa idea. Se juntó con su socio, Pablo Ramírez Sañudo, y montaría Construcciones Nueva York, un proyecto pintoresco y bastante fraudulento del que Antonio salió escaldado.

Si España debía cambiar lo iba a hacer por la vía del ladrillo y la argamasa. Y también por la de la recalificación ilegal, la comisión bajo mano, la edificación peligrosa y la corrupción intrínseca al sistema. Aquí los guionistas dejaron una frase para el recuerdo, pronunciada por el arquetípico constructor inmobiliario de la España eterna, Don Pablo: "España y yo somos así, Mercedes. Qué le vamos a hacer". 

También casi ministro

Cubiertas las dos grandes patas de la economía nacional (lo público y la construcción), Antonio también debía servirnos como espejo a los cambios políticos que atravesaban al país a finales de los setenta. Muerto Franco no se acabó la rabia, pero sí aquel "franquismo sociológico" con el que comulgaron tantos y tantos españoles, aquella idea tan exitosa de "hagan como yo y no se metan en política". Trabajar, mirar hacia otro lado y seguir con la vida del mejor modo que sea posible. Tan leves convicciones fueron arrasadas cuando llegó la Transición.

Dado que había más de sociológico que de franquismo, la sociedad española viró rápidamente hacia la democracia. Y lo hizo sin muchos aspavientos. Antonio asimiló de forma inmediata el discurso regenerador de Suárez, al que admiraba. Fue él durante algunas temporadas un Suárez en miniatura, ese chisgarabís de provincias cuyo mayor talento era jugar a la bolita con sus contrincantes políticos y disponer de un instinto nato para leer el sentido de la historia. Antonio, evidentemente, se afilió a la UCD: consiguió un cargo como director general del Ministerio de Agricultura y soñó con ser ministro. Tanto que se mudó al barrio de Salamanca.

En fin, como el traje le quedaba grande terminó hundido en un maremoto de huelgas sectoriales e incapacidad para gestionar nada. Dimitió.

Antonio Politico

Ahora y siempre, un fracasado

El paso por la UCD y por el barrio Salamanca sirvió como escarmiento y como parábola moral para todos los españolitos de bien: no importa lo mucho que te creas parte de la élite, la élite siempre termina encontrando la forma de devolverte a tu sitio. Tu sitio es el barrio de San Genaro y un pueblo perdido de la mano de dios en la provincia de Albacete. El bar y el Marca, no el café Gijón y la tertulia parlamentaria. Los guionistas reafirmaron esta idea hundiendo todos los ahorros de los Alcántara cuando quiebra célebremente el Banco de Granada.

Bodeguero, porque la tierra importa

El pueblo tiene un peso singular en la identidad colectiva de España. Primero como vivencia, después como exotismo, más tarde como reacción y por último como reivindicación. Antonio vivió su relación con Sagrillas, su pueblo, de forma peculiar. No vivía allí pero era de allí porque su familia, toda ella, había surgido de allí. Como buen español que arrastra siglos de historia a sus espaldas, Antonio entendió que la mejor forma de unir su destino al de Sagrillas era comprando tierras. En su caso concreto, parapetadas bajo una incipiente pasión por el vino.

Antonio se hizo así bodeguero. En el camino terminó reabriendo las heridas de la guerra (porque se ve que sólo quedaban latentes en el campo) y pleiteando con uno de sus mejores amigos transformado en socio y potencial homicida poco después (porque en España no hay problema que no puedas trazar a una disputa de lindes). El pueblo es el pueblo. Te da lo que siempre te ha dado, por más que los urbanitas piensen otra cosa.

Antonio Aceite
Problemillas con el aceite de colza.

Emprendedor (un poco pardillo)

Si España cambiaba también debía hacerlo Antonio. No podía quedarse toda la vida en su imprenta y en el ministerio, como un mandado más. Los nuevos tiempos promocionaban un relato aún vigente en nuestros días sobre la superación personal y la audacia del emprendimiento. ¿Quieres ser alguien en la vida? Emprende, invierte, móntate algo. Antonio, en su infinita candidez, se montó un lío monumental cuando decidió meterse en el negocio del aceite de colza. Aquello terminó como el rosario de la aurora y con todo el barrio de San Genaro exigiendo su cabeza.

En el camino, Cuéntame, consciente o inconscientemente, contaba otra historia: en España el empresariado también se forjó a base de estafas, engaños o pura incompetencia. Una idea corregida en las empresas anteriores y posteriores de nuestro hombre: se montaría una agencia de viajes con cierto éxito; llevaría su pequeña imprenta hasta el límite de lo posible (Alcántara Rotopress); financiaría la tienda-boutique de su mujer, Mercedes, transformada más tarde en una empresaria de más valía que su marido; e incluso se montaría una empresa de banderas, al calor de las autonomías y la revitalizada demanda.

En el colmo de la emprendimiento ibérico, terminaría regentando incluso un club de alterne.

Padre como alma en pena

Un aspecto crucial en la vida de Antonio fue su paternidad. A través de sus hijos, todos ellos díscolos, descubrió una España que crecía a la sombra de generaciones más provectas y que le quedaba grande, demasiado inasible. Su hijo Toni le llevó por el camino de la amargura política: liado con la hija de un alto cargo franquista, huye cuando la deja embarazada y es interceptado por los grises; se afilia al por aquel entonces ilegal Partido Comunista; y traba relación con toda suerte de pendencieros y gentes de mal vivir como hippies británicos o directores de teatro.

No son experiencias que todos los españoles normales y corrientes vivieran, pero allí estuvieron también los Alcántara. Su hijo Carlos, narrador icónico de la serie, comenzó siendo un niño más jugando a las canicas en San Genaro. Superado el umbral de la mili (contada a través de sus ojos), llevaría a su padre por otro camino de la amargura, uno más hedonista: el de la fiesta y el vicio. Carlos se montaría un bar de relativo éxito a través del cual sus padres se asomarían asombrados a la Movida; probaría la cocaína, cosa que también haría su padre en una alucinante escena de hospital, sólo por ver qué se siente; y se asomaría al vértigo del incendio de Alcalá 20.

No le faltó nada, tampoco la cárcel, también pisada por su hermano Toni. Problemas más serios de adicción tuvo su hija Inés, casada con un cura (!) y adicta a la heroína en los años ochenta. Entre los tres y más tarde de la mano de María, la menor, los hijos de Antonio vivirían prácticamente todo lo que millones y millones de jóvenes españoles habían vivido por separado. Porque si Antonio lo hizo todo, sus hijos no fueron menos.

Antonio, testigo de la historia

¿Cómo contar los años de plomo? Con un atentado de ETA en San Genaro (porque hasta hace muy poco todas las series televisivas españolas tenían que contar España única y exclusivamente desde Madrid). ¿El asesinato de Carrero Blanco? Lo vieron Antonio y Merche desde su coche en primera persona. ¿La revolución de los claveles en Portugal? Por allí andaba Toni. ¿El 23-F? También lo vivió Toni, por aquel entonces periodista. ¿El primer y muy olvidado atentado yihadista de la historia de España, en El Descanso? Allí estaba cenando la familia Alcántara, en celebración del cumpleaños de Paquita. En fin, pide un hecho histórico, ellos estuvieron allí.

Y contagiado por el covid

La traca final ha llegado esta temporada, cuando los guionistas se han visto obligados a saltar temporalmente desde principios de los noventa a nuestros días. Días en los que, por una vez, todos los españoles estamos viviendo a la vez algo histórico: la pandemia del coronavirus. Antonio Alcántara lo contrae, por supuesto, pero sobrevive a la enfermedad (no sin secuelas). Al borde de la muerte, se apunta otra experiencia vital más en la historia de España. Todas han pasado por él. Todos los arquetipos de la españolidad han sido él. Antonio Alcántara, en definitiva, ha sido España.

Lo seguirá siendo, por cierto. La serie seguirá una temporada más y, tras haberse introducido en el presente, regresará a mediados de los noventa para seguir con su narración lineal. Allí estará Antonio. ¿Qué apasionantes aventuras le tocará vivir? Todas, evidentemente, todas.

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