La historia de Louis Boutan, el buzo obsesivo que abrió la puerta a la fotografía submarina

La historia de Louis Boutan, el buzo obsesivo que abrió la puerta a la fotografía submarina
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La técnica fotográfica bajo los océanos es relativamente más moderna que los métodos convencionales para realizar retratos en tierra. Hoy en día, los drones con la tecnología más avanzada o incluso una mera GoPro nos cuentan cómo es el paisaje marino que respira bajo el manto del agua. Pero no siempre fue así. Y parte de los conocimientos que tenemos hoy sobre este tipo de fotografía se los debemos a un hombre: Louis Boutan, un biólogo del siglo XIX que quería retratar moluscos y acabó convirtiéndose en el pionero de la fotografía submarina desafiando las leyes de la físicas.

Boutan era un científico aventurero. Basta con decir que a los 21 años se embarcó en un viaje hacia tierras australianas para estudiar la embriología marsupial. Nunca contento en el laboratorio, prefería estudiar la naturaleza en su entorno, en su máximo esplendor. Pero su vida cambió cuando decidió regresar a Francia, interesado en la vida de los moluscos. Fue ahí donde comenzó a imaginar las posibilidades de la fotografía submarina. Comprobó que para sus estudios era necesario conseguir un recuerdo de lo que habitaba allí abajo, sumergido.

Al suroeste del país galo, en la bahía de Banyuls-sur-Mer, un pequeño pueblo de pescadores cerca de la frontera española, Boutan realizó su primera inmersión. Era el año 1886. La experiencia que vivió buceando sobre el lecho marino debió ser reveladora para el francés, porque más tarde afirmaría: "Todo era tan hermoso y tan extraño que a menudo me encontraba deseando poder dibujar o pintar la escena, para poder traer a la superficie un recuerdo de lo que había visto debajo".

Louis Boutan se sumerge en las aguas de Banyuls-sur-Mer.
Louis Boutan se sumerge en las aguas de Banyuls-sur-Mer.

En aquel momento, la fotografía ya tenía cincuenta años de historia, desde que Louis Jacques Mandé Daguerre introdujera su daguerrotipo epónimo en 1839. Pese a los avances, el proceso aún requería placas de vidrio o metal, productos químicos y tiempos de exposición cuidadosamente calculados. En otras palabras: algo complicado de realizar bajo el agua. En su libro sobre el tema, La Photographie Sous-marine et Les Progrés de la Photographie, Boutan recordaba sus propias dudas: "¿Es un entorno submarino inadecuado para tomar buenas fotografías?".

Lo cierto es que Boutan no fue el primero en experimentar con la imagen submarina. Alguien se le había adelantado tres décadas antes. Se trataba del abogado inglés William Thompson. Armado de ingenio, nuestro hombre remó hasta la bahía de Weymouth, Dorset, para ver qué podía lograr con una cámara de placas de vidrio de colodión húmedo dentro de una caja de madera. El experimento no funcionó del todo. La caja consiguió descender cinco metros en el agua y, usando un trozo de cuerda, abrió su persiana. Aunque fue la primera fotografía submarina del mundo, solo mostraba grises turbios. Nada distinguible.

La obsesión por la técnica

Boutan sabía que si quería lograr que se apreciara el paisaje marino había dos obstáculos a solventar: la presión y la luz. Con su hermano, un ingeniero de renombre, construyó un prototipo de "cámara de detective" (algo pequeño y discreto para la época) en una caja de cobre impermeable. Con una palanca se podían accionar el obturador y las placas. A su vez, un globo de goma, conectado a la caja a través de un tubo, exprimía aire en el compartimento mientras descendía y la presión del agua aumentaba. ¿Parece toda una proeza, no? Pues tampoco funcionó y los resultados fueron otra vez aquellos "nublados" uniformes.

Las ideas de Boutan cada vez eran más estrambóticas. Incluso diseñó una cámara en la que las placas se quedaban desprotegidas dentro del océano. Para ello empleó placas barnizadas que contrarrestaban el efecto del agua salada. Los resultados, según el científico: mediocres. ¿Qué se necesitaba? Es la pregunta que obsesionaba a Boutan.

Dos operarios trabajan a cinco metros de profundidad para fijar al cámara de Boutan.
Dos operarios trabajan a cinco metros de profundidad para fijar al cámara de Boutan.

Al final, nuestro protagonista dio con las mejoras necesarias. En primer lugar, hizo que la lente fuera astigmática para tener en cuenta la refracción. En segundo lugar, la caja que contenía la cámara se forjó con hierro, no con cobre. Estas novedades agregaron algunas complicaciones: se necesitaron hasta tres hombres para mover el dispositivo. La nueva lente, además, no se podía enfocar apuntando hacia el fondo del mar, por lo que tuvo que bajarse usando una polea. Boutan colocó una pizarra que contenía un texto a una distancia fija de la lente y ajustó el enfoque en consecuencia.

Además, se requería que el propio Boutan estuviera sumergido para tomar la fotografía (con un traje de buceo con casco de metal). Cuando se zambullía, se colocaba en posición y señalaba, mediante una cuerda, al capitán para que bajara el aparato en tres partes: el soporte, la caja misma, y un peso para estabilizar todo el conjunto. Una vez instalado le indicaba, a través de la cuerda otra vez, que comenzara a medir el tiempo de exposición. El capitán tiraba de la cuerda cuando se acababa el tiempo.

Así, Boutan podía cerrar la persiana y tanto él como su artilugio podían volver a la superficie.

Un dibujo de cómo Boutan se sumergía para tomar las fotografías.
Un dibujo de cómo Boutan se sumergía para tomar las fotografías.

Ya solo le quedaba afrontar el problema más grande: la luz. Probó diferentes aperturas y, junto con el ingeniero eléctrico M. Chaufour, creó lo que era esencialmente un flash bajo el agua a partir de una botella de vidrio que contenía oxígeno y un cable de magnesio que podía encenderse con una corriente. Era algo impredecible, pues la botella podía explotar, la luz podría oscurecerse con vapor o brillar de manera desigual.

Al final consiguió lo imposible. Se bastó con dos lámparas submarinas alimentadas por baterías sumergidas durante media hora. Para que hacernos una idea de lo que esto suponía, una máquina de vapor tuvo que pasar 70 horas cargándolas. Era una noche sin luna en el agosto de 1899 cuando Boutan, ya decidido y con todo listo, descendió 165 pies por su aparato. Tomó una hora transportar el equipo de regreso a bordo, cuyo peso total era de unos 500 kilos. Pero valió la pena. A pesar de la profundidad, la imagen era nítida y clara.

Autoretrato del mismo Louis Boutan a 6 metros de profundidad.
Autoretrato del mismo Louis Boutan a seis metros de profundidad.

A través de su incesante experimentación, Boutan creó fotografías que el mundo nunca había visto antes. Incluso se tomó un autorretrato bajo el agua, con las mejillas cómicamente infladas de aire. Fotografió a su asistente, Joseph David, en la bahía de Troc, utilizando su tercer y último dispositivo submarino. Lo curioso y gracioso de toda su historia fue que una vez consiguió la complicada hazaña se retiró para pintar murales submarinos y escribir varios libros. ¿Por qué? Quizás esa imaginación que lo acompañó toda su vida hacía que lo que veía en su cabeza fuera, por lo menos, más extraordinario de lo que vio en aquellas fotografías.

Imágenes: Commons

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