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Un avión comercial decidió aterrizar ayer en medio del huracán más grande de la historia. Y le salió bien

Un avión comercial decidió aterrizar ayer en medio del huracán más grande de la historia. Y le salió bien
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Irma es por muchos motivos uno de los fenómenos meteorológicos más impactantes que el ser humano ha observado jamás. El huracán ha roto la escala utilizada habitualmente para medir tifones y ciclones, ha arrasado el 90% de Barbuda y de otras islas aledañas y se ha instalado en Puerto Rico con ráfagas que rondan los 200 kilómetros por hora.

Y en semejante contexto de apocalipsis tropical, un avión comercial cargado con más de 170 pasajeros a bordo se lanzó ayer a sus fauces.

La historia cuajó en redes sociales cuando Flightradar24, la cuenta de Twitter dedicada a seguir en tiempo real las aventuras de los aviones comerciales por el mundo, llamó la atención sobre un vuelo que se dirigía hacia el corazón de Irma en contra de todo instinto de supervivencia. Se trataba de un Boeing 737 de Delta, decidido a recorrer la distancia entre Nueva York y San Juan, Puerto Rico.

A su hora de salida, las previsiones eran claras: para cuando llegara a la isla, Irma estaría golpeando a la mayor parte de Puerto Rico sin piedad. Durante horas, diversos usuarios siguieron la suicida dirección del avión hacia San Juan, en un momento en el que muchos otros vuelos comerciales habían dado la vuelta ante los evidentes riesgos que el huracán presentaba.

Sin embargo, Delta decidió seguir hacia adelante y dejar a sus pasajeros en Puerto Rico (buena suerte) tal y como había programado. Para ello, como se explica en Wired, los expertos en meteorología de la compañía calcularon la ruta más segura para el avión. Aprovecharon que Irma dejaba un espacio de calma entre su primer brazo y su ojo y diseñaron un trayecto relativamente calmado para su aparato.

El resultado, pese al intenso drama que se vivió en redes, fue exitoso. El piloto se coló por la rendija calmada de Irma, un lugar donde las ráfagas de viento no superaban los 30 nudos (muy por debajo del límite que soporta un 737), aterrizó en Puerto Rico, vació a sus pasajeros y realizó una parada de unos 40 minutos. La operación se hizo a contrarreloj, dado que un avión pasa mucho más tiempo en tierra pre-despegue.

El motivo es lógico: en menos de una hora es complicado vaciar la carga, despachar a todos los pasajeros, reponer combustible, vigilar que el avión sigue funcionando correctamente, preparar el despegue desde la cabina, cargar de nuevo el aparato y dar la bienvenida a los nuevos pasajeros. Sin embargo, Delta tenía muy poco margen antes de que lo más duro de la tormenta llegara a San Juan.

En tiempo récord y tras un intenso trabajo de tripulación, cabina de mando y técnicos a pie de pista, el Boeing volvió a despegar (utilizando toda la energía posible para salir más rápido), volvió a escapar por el corredor tranquilo de Irma y llegó a Nueva York sano y salvo. Toda una proeza.

¿Pero por qué hacerlo, por qué aterrizar en pleno huracán y salir a toda prisa de él? Porque Delta podía. En el reportaje de Wired otros expertos en aviación comercial explican que no es tan impresionante, que las condiciones no son muy diferentes a volar entre tornados durante el arisco verano interior de Estados Unidos. Los técnicos desde Nueva York habían diseñado una ruta muy fiable, se trataba de seguirla.

Además, el avión no se podía quedar en San Juan. Con rachas de viento rondando los 200 kilómetros por hora, asegurar su integridad era poco menos que una quimera, y podía haber sido destruido (con el coste consecuente para Delta), por lo que urgía sacarlo de allí.

Finalmente, el culebrón se saldó con éxito, una misión suicida sólo en apariencia y que, a buen seguro, causó más de una taquicardia tanto en las oficinas de Delta como dentro del avión. No cuesta imaginarse la cara de heroicidad y temeridad de quien tomara la decisión final de volar dentro de Irma. Y tampoco la franca sensación de alivio de todos ellos que contribuyeron a tan alucinante logro.

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