A partir de los 20, cuesta abajo: la curva de la felicidad es menos amable de lo que creíamos

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La felicidad es una ciencia difusa. Investigadores de toda condición llevan décadas tratando de averiguar qué hace felices a los seres humanos, quizá con la vana esperanza de encontrar una receta universal que nos haga menos desdichados. Los resultados casi siempre son contradictorios: hay estudios que afirman que a partir de un umbral de renta (95.000€) dejamos de ser más felices; mientras que otros niegan la mayor y aseveran que a más dinero le sigue invariablemente más felicidad.

También sucede con la edad. Pero con matices. Ahora un nuevo estudio vuelve a introducir una nueva idea.

Lo que sabíamos. Conviene fijar la foto del estado de la cuestión antes de abordarlo. Hasta ahora, la correlación más popular entre envejecimiento y felicidad decía lo siguiente: los humanos alcanzaban un pico de felicidad muy temprano durante sus años 20, en plena efervescencia juvenil; entraban en una prolongada decadencia durante la edad adulta; y hollaban otro segundo pico a partir de los 60, ya en los años de retiro. Se dibujaba así una U que en cierto modo alumbraba esperanza para el futuro.

El futuro, ser viejo, no era un asunto gris. Al contrario. Los mejores años de tu vida aún estaban por vivir.

Novedad. Un trabajo publicado en marzo por dos investigadores de la Universidad de Múnich niega la mayor. Parte de una idea un tanto aventurada: que todos los trabajos sobre edad y felicidad han incurrido en sesgos que han distorsionado sus resultados. Repasando la literatura científica, los autores se topan con estudios que justifican una "estabilidad" en la felicidad a lo largo de los años; un "aumento" o descenso progresivo; una U invertida; una U normal; y una curva a modo de oleadas (ascensos, descensos). Todos, opinan, parten de sesgos muy agudos o se adhieren a relatos preconcebidos que condicionan sus resultados.

Su metodología. El estudio tiene más interés en llamar la atención sobre los fallos metodológicos de la "ciencia de la felicidad" que en sentar cátedra mediante sus resultados. No obstante, se aventuran a trazar su propia gráfica. Para ello controlan por los cuatro sesgos más comunes: el uso de ecuaciones simples para datos complejos; la ausencia de controles (por renta, factores sociales, etc.) que distorsionan la curva; el exceso de controles que inducen hacia una curva determinada; y la omisión de la mortandad en edades avanzadas en el sesgo de selección.

Esto último es importante. Las personas menos felices tienden a morir antes, lo que provocaría una sobrerrepresentación de los más felices en las edades más avanzadas (literalmente, un sesgo del superviviente).

Los datos. Partiendo de este marco y utilizando los datos del panel socioeconómico alemán, una serie de estudios y encuestas públicas elaboradas por las autoridades germanas entre 1984 y 2017 en las que más de 70.000 personas respondieron regularmente cuestiones sobre su felicidad y bienestar, el trabajo llega a una conclusión deprimente: nunca seremos tan felices como en nuestros años 20. Tras la juventud caemos en picado. Sostenemos el declive en los "años dorados", los 40/50, una vez obtenemos cierta estabilidad financiera y familiar, y volvemos a hundirnos a partir de los 70. No hay rebote. Nos vamos apagando.

Curva Chunga Mal asunto.

La interpretación. A la pregunta "¿cómo afecta la edad a la felicidad?" el estudio ofrece una respuesta muy franca y sencilla: mal. Aquel viejo relato popular mediante el cual la jubilación nos abriría una ventana hacia una vida más plena y satisfactoria, toda vez que nuestras necesidades económicas habrían quedado cubiertas, sería mentira. Esto casaría bien con a) la degradación de nuestra salud y b) la soledad, un vector de tristeza y mucho más presente en la vida de los ancianos (cada vez más).

Sus sesgos. Con todo, la investigación tiene (y reconoce) sus sesgos. El primero, el ámbito geográfico, Alemania, tan exhaustivo como limitado. El segundo, uno poco esperanzador para nuestra felicidad futura: la encuesta siempre se dirigió a los hogares, dejando fuera a los ancianos en residencias y otras instalaciones (y potencialmente menos felices). Y el tercero, claro está, sus propias premisas metodológicas (pese a que se controla por factores económicos, sociales, familiares y otras variables que pueden condicionar la respuesta individuo a individuo).

Con todo, tanto el trabajo como la gráfica resultante son interesantes dentro de la ciencia de la felicidad. Aunque bastante deprimentes.

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