Sí, el consumo de carne tiene un impacto importante en el cambio climático

¿Si nos hiciésemos todos veganos salvaríamos al planeta? Es la pregunta que nos hemos hecho todos en algún momento, tal vez leyendo algún alarmante artículo sobre la deforestación producida por la ganadería, o por el comentario de algún amigo de Facebook donde habla de ingentes cantidades de litros de agua por kilo de vaca producido frente al escaso índice del tomate.

La polémica de este mes: multitud de medios, incluidos Business Insider, El Diario y El País, se han hecho eco de un reciente texto del profesor estadounidense negacionista del cambio climático Frank M. Mitloehner. En esencia, y en un texto bien construido, decía que la culpa de las emisiones son de los coches y que la carne sólo supone “un irrisorio 3,9%” de las emisiones del planeta. Según su visión, el discurso hippy vegano es una falacia fomentada por estudios sesgados y revisados anteriormente.

Un mal precedente: Mitloehner, como todos los estudiosos, se basan sobre todo en índices de impacto. Uno de los más respetados es el de la FAO, la organización de las Naciones Unidas sobre este tema, y efectivamente la FAO cometió un error en sus estimaciones de 2006. Se calculó las emisiones de la ganadería comparando todo su ciclo de vida (desde la fertilización del suelo de las vacas hasta que te has comido el filete y todo lo que hay en medio, como su mismo envase) con únicamente las emisiones directas del transporte.

La corrección de la FAO: en 2013 ya tenemos unos mejores resultados: la ganadería produce un 14,5% de los gases de efecto invernadero de las actividades humanas a escala mundial, lamentablemente seguimos sin tener una evaluación del ciclo de vida completo del transporte con el que se pueda comparar. No hemos medido, por ejemplo, lo que cuesta producir un coche o lo que contaminan como desperdicios una vez terminada su vida útil. Una cosa es segura: es bastante, bastante más que el 14%, como estimaba en 2006 la FAO.

Sí, la dieta carnívora actual “destruye” el planeta: dado el panorama de contaminación actual, un 14.5% de emisiones es un porcentaje de emisiones altísimo que no podemos despreciar para rebajar nuestra huella. Por otra parte, hemos de pensar en los otros impactos de la carne que no son emisiones, como el gasto de agua o el impacto en el suelo, con un 30% de la superficie terrestre del planeta empleado para la ganadería, que además conlleva deforestación. Dicho de otra forma, el sector conocido como ALOFU (Agriculture, Foresty & other Land Use) supone el 25% del total de emisiones antropogénicas.

Diferencia entre las emisiones directas y su ciclo de vida. Fuente: Fundación Reuters.

Y además permite un margen de mejora limitado. Las emisiones directas de la carne son más estancas que las de otros sectores: las flatulencias de metano de las vacas van a seguir saliendo sí o sí. Aunque se cree que las emisiones de la industria ganadera al completo podrían caer un máximo de otro 30%, una cosa sí sabemos segura: el planeta está comiendo cada vez más y más carne.

La conversación importante sigue siendo el transporte y la energía: evidentemente, tanto para hacer carne como para hacer tomates o para ir a trabajar (en fin, casi cualquier cosa salvo respirar) nos hace falta energía y transporte. Como dicta el sentido común, el 70% de las emisiones vienen de estas dos fuentes, y dado que se pueden desarrollar técnicas de conducción y producción menos contaminantes es esencial abordar la revolución energética y del transporte.

No es tanto lo que podemos hacer: las elecciones personales, como el dejar de comer carne, tienen un impacto infinitamente menor que las imposiciones institucionales para actualizar energía y transporte, y por eso las campañas de los veganos, animalistas y demás que responsabilizan al individuo aislado, desvían el foco de atención. También hay multitud de mitos, como por ejemplo el pensamiento de la bucólica vuelta al campo, cuando es más eficiente y menos contaminante la vida en la ciudad.

Comer local: como ya se ha dicho en varias ocasiones, el problema no es tanto comer carne sino cuánta y de qué manera. La comida que se tira supone un 8% de las emisiones totales. Sería bueno tanto que comiésemos comida fea como que nos adaptásemos a comprar menos envases y eligiésemos productos locales en favor de los internacionales, una tarea en la que también deberían comprometerse las grandes superficies.

Un medidor de tu huella ecológica: no se puede negar la principal responsabilidad de los Gobiernos y las instituciones para luchar contra el cambio climático, pero los individuos particulares también hacemos mella. Por eso siempre es útil saber qué impacto generamos cada uno de nosotros. Tienes calculadoras de huella de carbono a un clic de distancia. Por ejemplo, ¿sabías que uno de tus mayores impactos puede ser la compra de libros?

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