¿Cuánto le llega a los artistas de tu suscripción en Spotify? Una fórmula sencilla para averiguarlo

¿Cuánto le llega a los artistas de tu suscripción en Spotify? Una fórmula sencilla para averiguarlo
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Ha llegado diciembre y las redes sociales se han llenado de resúmenes anuales sobre sus grupos y canciones favoritas en Spotify. Los redactores de Magnet, por ejemplo, han escuchado entre 40.000 y más de 70.000 minutos de música en la plataforma a lo largo de los últimos meses. Cifras que reflejan una realidad ya inescapable: la forma en la que escuchamos música ha cambiado para siempre y Spotify goza de una posición preferente en ella.

¿Pero qué rol tienen los músicos?

Los ingresos. A priori, el más importante. Sucede que esto no se refleja en la estructura de ingresos. 2020 también ha estado marcado por el conflicto entre los artistas, los sellos discográficos y Spotify. Aupado el streaming a la cima de los ingresos de la industria, su reparto es el nuevo campo de batalla. Un reparto proveniente, en gran medida, de nuestras suscripciones. Pensemos en el plan premium de Spotify, 9,99€ al mes. 119€ al año.

Es una cantidad importante para cualquier oyente.

El reparto. ¿Pero qué porcentaje de lo que pagas llega realmente a los músicos? Lo ilustra Tom Gray, fundador de #BrokenRecord, una de las campañas por la remuneración justa de los artistas más activas de los últimos meses. La fórmula es la siguiente: divide los minutos que has pasado en Spotify por 3,5 para averiguar a cuántas canciones equivale; divide esa cantidad por los 12, por cada mes del año; y multiplica el resultado por 0,0035, lo que percibe cada grupo en cada escucha.

Los resultados. Imaginemos que un usuario ha escuchado unos 40.000 minutos de música a lo largo del último año. En total habría repartido 2,91€ entre todos (y esta es la parte importante: todos) sus artistas favoritos cada mes. Asumiendo que paga la cuota máxima (9,99€ al mes), apenas habría destinado el 29,13% de sus pagos a los creadores. Un porcentaje minoritario del dinero total movido por la industria del streaming. El porcentaje variará en función del número de escuchas acumuladas por el usuario.

Aquí hay al menos un asidero: escuchar más equivale a invertir más dinero en los artistas. Pero también refuerza la posición preeminente de la plataforma, al acumular más horas de uso y más interdependencia.

¿Por qué? Porque como hemos visto en otras ocasiones, Spotify reparte entre los músicos una diminuta pieza de la tarta de ingresos. En 2018 y a razón de unos 0,0035€ por cada escucha, un artista necesitaba 1.000 reproducciones para tomarse un café o más de 370.000 para costearse el alquiler mensual. El dinero que extraen los músicos de Spotify es tan exiguo que no les llega ni para sufragar su propia suscripción a la plataforma, como revelaba, grupo de rap estadounidense, ayer.

Tras seis años de andadura artística, el último cuatrimestre fue la primera vez en la que sus ingresos de Spotify les habrían permitido pagarse una suscripción premium para cada uno de los tres miembros. Unos 30€ al mes.

El modelo. No es un problema exclusivo de Spotify, sino del modelo de negocio sobre el que se ha construido el streaming. Lo vimos también en su momento: plataformas como YouTube requieren de más de 1.400 escuchas para ganar un sólo dólar; en contraste con otras más generosas como Tidal (80 escuchas). Spotify obliga a unas 220 reproducciones, una de las más exigentes. La distribución de recursos en la nueva era de la música ha colocado a los artistas en el mismo lugar de siempre.

Abajo del todo.

Tira y afloja. Los motivos son variados. En esencia, la irrupción de plataformas que amasan año tras año a un mayor volumen de oyentes ha generado un nuevo conflicto. No ya entre los sellos discográficos y los músicos, sino entre los sellos y los músicos... Y los sellos y la plataforma, poseedora de la audiencia. Al contar con los oyentes, Spotify tiene el activo más valioso de la industria. Y desea exprimirlo al máximo, cobrando tanto a músicos como a sellos por acceder a ella.

Una relación asimétrica donde los artistas más pequeños e independientes tienen menos poder que nunca. En especial tras un 2020 que ha esquilmado su única fuente de ingresos ajena al streaming.

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