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El monólogo de Trainspotting ha cambiado. En veinte años, también todo lo demás

El monólogo de Trainspotting ha cambiado. En veinte años, también todo lo demás
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El monólogo de Mark Renton escrito por el guionista John Hodge e interpretado por Ewan McGregor al inicio de Trainspotting tiene tal poder que ha colmado pósters, camisetas y bios en miles de perfiles de redes sociales. Muchas personas se identificaron con aquellas palabras críticas con un sistema que parecía tenernos metidos en una rueda de hámster.

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas” y más y más elecciones hasta completar todo el espectro de falso albedrío capitalista de la Gran Bretaña posttatcherista y, un poco por extensión, todo el primer mundo desindustrializado que siguió a los 80.

Damos un salto hacia adelante en el tiempo y Renton sigue lanzando proclamas incendiarias contra aquello que parece statu quo. Y lo hemos visto en el recién estrenado tráiler de la nueva adaptación de Danny Boyle: ahora el discurso habla de elegir “Facebook, Twitter, Instagram, y reza para que a alguien en algún lugar le importes”.

Así se marca un claro cambio de paradigma del enemigo a abatir entre el actual y el que se filtraba en el libro original de Irvine Welsh. Cuando en el pasado se retrataba aquella traslación nihilista que causaba la rebeldía sin foco apaciguada por el refugio de la heroína, ahora la adicción no se viste de pico sino de smartphone. De la necesidad absoluta de exhibirnos que nos causan las nuevas tecnologías del yo. “Siéntate y observa cómo la historia se repite a sí misma”, nos dice McGregor en Trainspotting 2, un poco más viejo, algo mejor vestido.

Y todo en este video parece marcar las claves de cómo el significado de ambas películas tendrá que ser, en lo cultural, completamente distinto.

Drogas sanas, pero drogas

Como hemos dicho, aquel famoso speech aclamado por la juventud de la Cool Britannia que denunciaba cómo las comodidades modernas son sólo combustible para mantenernos en la producción capitalista perpetua, ahora el sistema económico queda apartado (o plenamente absorbido y asumido por nuestra psique) y la moneda con la que pagamos es con tiempo e identidad. ¿No tendrán Facebook entonces Sickboy, Spud o Begbie? ¿O Diane cuenta en Instagram?

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El tráiler apunta a no van por ahí los tiros, a que mentar a las redes sociales puede ser un guiño a las masas adocenadas, posiblemente también a esos jóvenes que disfrutaron furiosamente de las aventuras de esta pandilla y que, como el protagonista al final de la primera película, dejaron de intentar luchar y tienen hoy como rutina cotidiana subir estados de Facebook, tal vez contra los políticos inútiles, traidores de la clase trabajadora.

Como ordena el mismo Renton en el video: “eres un adicto y no vas a dejar de serlo. Pero entonces hazte adicto a otra cosa”. Es tal vez por eso que los edimburgueses hayan mantenido su afición al químico, aunque a unos niveles más tolerables. El jaco ya no te va a freír el cerebro ni a causarte la muerte. De aquella película que según algunos críticos e instituciones estaba glorificando el estilo de vida del drogadicto y animaba a su consumo (y que cualquiera que realmente haya visto la película sabe que no era así) pasamos a un contexto en el que, simplemente, cuando salgas tomarás algo de eme y cocaína. Están (y estamos) mayores para ciertas cosas.

Albión, más pérfida que nunca

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Reino Unido en el 96 molaba. Da igual lo que dijera la situación económica escocesa. Lo confirmaban los clubs de Manchester y su subcultura rave representada en Ministry of Sound. También los disparos de sabiduría post punk de New Order. En las radios de todo el mundo sonaban las Spice Girls y los éxitos del britpop. Y también estuvo lo de la Eurocopa.

La exaltación del orgullo nacional era tal que hasta Ben & Jerry's usaba eslóganes patrióticos para promocionar sabores de su marca. Vamos al presente y, unos meses después de que saliera el Leave en los resultados electorales del Brexit, esa misma compañía imponía como condición encarecer su producto en los supermercados bajo amenazas de que, en caso de incumplimiento, dejarían de comercializar sus productos en el país.

No es sólo la marca israelí de helados, todos los actores internacionales y también muchos propios ven con pesimismo la nueva deriva racista de un país que casi parecía haber olvidado esa característica propia que tiene como origen los desmanes imperialistas de siglos atrás.

La libra prácticamente a precio de euro y el desempleo, especialmente juvenil, a unos niveles que habrían hecho sonreír a la Dama de Hierro. Todo esto podría obviarse, pero la situación no es para bromas: la violencia contra la inmigración también está en máximos de las últimas décadas. Está por ver cómo va a manejar la película de Boyle la identidad escocesa de sus personajes ahora que este territorio parece menos inglés que nunca. Pero eh, al menos algo queda: los jóvenes británicos de hoy conservan la potencia creadora musical, ahora en forma de grime.

El inmovilismo cinematográfico

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Si en 1996 Danny Boyle filmó la película provocadora y efectista que el público criado ya en la estética visual del videoclip reclamaba para sí, es porque ese hueco no se había terminado de llenar. Especialmente para la juventud británica, cuya producción fílmica estaba dominada por el cine social de Peter Cattaneo o Ken Loach (las comedias mafiosas de Guy Ritchie vendrían un poco después).

Volvemos al 2016 y Ken Loach, a sus ochenta años, no sólo sigue produciendo películas de denuncia queridas por la izquierda paternalista, sino que son premiadas por todo lo alto en el prestigioso Festival de Cannes. Boyle tampoco puede quejarse. Su carrera, que dio el salto internacional, le ha convertido en uno de los cineastas más importantes (con su Oscar, nada menos). Pero curiosamente ahora, al involucrarse en este proyecto, también está demostrando ser parte del tic inmovilista del cine contemporáneo.

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Mientras Trainspotting fue una pequeña gema indie que logró llevarse el cariño de toda una generación, ahora Trainspotting 2 podría convertirse en un envase de nostalgia al estilo de los cientos de remakes que pueblan las carteleras contemporáneas. Por supuesto que hay excepciones, pero tampoco se puede obviar que en los últimos 30 años el cine se ha ido enrocando más y más en una rigidez creativa que, apoyándose en el valor seguro de marcas ya probadas, condiciona una industria a la que se le echa en falta mayor originalidad y libertad a la hora de fomentar proyectos verdaderamente novedosos.

Renton ya no es un heroinómano, pero sigue siendo Renton y de fondo sigue sonando Underworld, aquello que vivió su momento en la Gran Bretaña de principios de los 90. El país se rindió hace 20 años al fenómeno de Trainspotting. Es difícil no pensar, viendo el tráiler de su secuela, que desde entonces no ha sido capaz de ser sustituido por ninguna otra cosa.

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