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Un encantador pueblecito de Austria se parecía al de Frozen. Y ahora está ahogado en turistas

Un encantador pueblecito de Austria se parecía al de Frozen. Y ahora está ahogado en turistas
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La nueva víctima de esta era del turismo masivo tiene rostro de cuentecito de hadas. Hallstatt es un pintoresco pueblo austríaco de menos de 800 habitantes que se ganó en los '90 la consideración de patrimonio de la humanidad. Está ubicado junto a un hermoso lago bajo las empinadas laderas del macizo de Dachstein, a solo una hora en coche desde Salzburgo o tres horas y media desde Viena en tren.

La casualidad ha querido también que su paisaje se parezca mucho al de Arandelle, ficticia tierra de las protagonistas de Frozen.

Cómo empezó la popularidad de Hallstatt. A pesar de la conexión disneyana, la villa acabó en el punto de mira de Asia mucho antes de que apareciese la película gracias a su promoción en un programa de la televisión coreana de 2006, que hizo que todos los nacionales ambicionaran transitar un paraje tan opuesto a sus paisajes autóctonos.

En 2011 un multimillonario chino creó una copia a tamaño real (aunque bastante cutre, todo sea dicho) del pueblecito en su provincia natal, Guangdong, y aunque al principio a los austríacos la copia no les hacía ninguna gracia, a medida que empezaba a funcionar como reclamo publicitario para atraer turistas en su patria abrazaron la publicidad.

 

Y de ahí pasamos al presente. A los artículos en The Washington Post en 2019 en los que se nos cuenta que llevan tres años desbordados por la marabunta turista. La misma película Frozen tampoco ayudó, pero quien terminó de firmar su asfixia definitiva fueron los instagramers. Hallstatt permitía nutrir tu perfil con la perfecta postar navideña, y así fue como chinos, japoneses y coreanos empezaron a llegar por miles.

A día de hoy pisan sus angostas y recudidas calles entre 10.000 y 20.000 turistas por día, una proporción per cápita seis veces superior a la que soporta Venecia.

El precio a pagar. El que ya hemos visto en otras ocasiones, convertir un escenario que era el lugar de residencia de algunas personas en un parque de atracciones en el que no cabe nada más que la acogida de los turistas, con una economía que, sí, funciona a toda mecha, pero que sólo vive entregada al sector servicios, eliminando la posibilidad de una vida corriente con la desaparición de comercios a un precio razonable y resto de servicios.

24 horas. La crónica de esta periodista de Insider que decidió pasar 24 horas en el pueblecito es lo que nos imaginamos: cientos de rostros volcados en sus teléfonos, confraternizando incluso entre ellos para conseguir que cada visitante se pueda irse con el selfie perfecto, pero dejando una amarga sensación de haber formado parte de la explotación de la región y de fomentar una actitud frívola.

Que los locales hayan tenido que colocar controles en sus casas, carteles de "No Drones, please" o que haya señoras que han denunciado haberse encontrado a gente en su cuarto de baño no ayudan a quitar esa mala sensación.

 

Let it go. De ahí saltamos a la noticia de esta semana. El alcalde de Hallstatt, Alexander Scheutz, ha salido para hacer una petición pública a los potenciales turistas de que no vayan. Políticamente intentará reducir en un tercio la cantidad de buses turísticos que se acercan a la localidad, pero pese a ello no pueden evitar que la gente se acerque a su pueblo de otras maneras, y de hecho la mayoría de visitantes de Hallstatt no pernoctan allí, sólo aprovechan una escapada desde Viena o Salzburgo para hacerse una foto antes del atardecer.

 

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