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La explicación psicológica sobre por qué sigues soñando con suspender la carrera años después

La explicación psicológica sobre por qué sigues soñando con suspender la carrera años después
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¿Por qué esa insistencia de nuestro subconsciente con la universidad o el instituto? Es fácil preguntárselo cada vez que en redes nos cruzamos con algún comentario o chiste sobre esta situación: muchos usuarios retuitean el mensaje, adhiriéndose a esta experiencia colectiva.

Quien más quien menos, todos hemos soñado con perder los apuntes, estar en un examen desnudo o, peor aún, recibir una llamada en nuestro presente asegurándonos que nuestra titulación fue un error, que aún queda por aprobar aquel fatídico examen de una asignatura hueso y que vamos a perder toda nuestra vida adulta por tener que volver a las clases y subsanar este error.

Los estudios confirman esta vivencia como una de las más comunes tanto para personas más o menos jóvenes como para adultos. Un grupo de estudiantes, profesores y asociados del sistema educativo canadiense evaluó en 2003 cuál era el ránking de sueños recurrentes más comunes. Los traumas relacionados con los exámenes aparecieron en décimo lugar. También en los años '50 se hicieron pruebas similares entre la población japonesa y norteamericana, demostrando que el 86% y el 71% de sus ciudadanos lo habían sufrido en algún momento.

El Typical Dream Questionnaire, un estándar utilizado para establecer la jerarquía de lo que sueñan los seres humanos de todo el mundo, evidenció que los sueños sobre exámenes y estudios estaban dentro de los primeros cinco puestos en un gran número de culturas. Sólo le superaban ser perseguido, tener relaciones sexuales y caerse. Aunque menos rigurosos, otros trabajos han llegado a conclusiones parecidas: la mayoría de nosotros estamos obsesionado (oníricamente) con la escuela. No hay firmezas pero sí hipótesis.

El condicionamiento sensorial básico

Como nos cuenta Javier Jiménez, nuestro compañero de Xataka y editor de Ciencia, he aquí una idea de base: las personas tenemos vínculos emocionales, cognitivos, motivacionales, afectivos y de muchos otros tipos con el ambiente. Por eso asociamos un olor a una persona o un periodista gastronómico puede desmontar sin querer su sentido crítico al probar un plato de su infancia. De manera pauloviana, las pistas sensoriales nos pueden hacer sentir bien o mal en función de ese recuerdo.

Mientras estamos conscientes, nuestra "mente" controla todos esos inputs sensoriales y los articula focalizándolos en las tareas que estamos haciendo (salvo en momentos en los que nos desbordan). Pero cuando estamos dormidos ese trabajo de control activo desaparece y se vuelve indomable.

examen Lo que recuerdas es el estrés. (Green Chamaleon/Unsplash)

Dado que estamos recibiendo pistas cognitivas que no procesamos, el cuerpo, la mente, reacciona haciendo asociaciones imprevistas. La figura más recurrente es pensar que cuando hemos perdido el equilibrio en la cama soñamos que nos pegamos un leñazo, o el motivo por el que soñamos con agua en caso de incontinencia urinaria. Normalmente las conexiones que se usan por nuestro cerebro son las más cercanas. Soñamos con cosas que nos pasan en el día a día porque esos vínculos son más fuertes.

Pero hay agujeros de gusano, y, a veces, si nuestros oídos o nuestro cuerpo perciben algo amenazador o angustioso en el entorno pueden activar escenas de angustia prototípicas. Y he aquí que la segunda parte del fenómeno, la de la teoría del "golpe de reminiscencia", o por qué, como sugirió un estudio de 2005, la gente de 60 a 77 años dice tener más recuerdos de su adolescencia y primera adultez que de sus siguientes años.

Según psicólogos de los años '80, los recuerdos más fuertes que crea el individuo tienen lugar entre los 15 y los 30 años, un fenómeno parcialmente vinculado a por qué nos cuesta de adultos un poco más recordar lo que nos pudo pasar hace tres años que aquella famosa fiesta de tu 23 cumpleaños y el hecho de que dulcifiquemos el pasado, siempre recordado de forma más positiva que como realmente fue.

La importancia de la juventud

Así pues el sujeto vive, de media, seis de los episodios más importantes de su vida en esos años: empezar el instituto, ir a la universidad, el primer trabajo, enamorarse, casarse y tener hijos. Además, a esas edades todas las experiencias son nuevas y estimulantes, nos hacen aprender y cambiar, mientras que con el paso de los años son más reiterativas. Por eso la teoría dice que estemos felices, tristes o estresados se desencadena en nuestro cerebro una búsqueda de archivos de nuestra experiencia vital con características emocionales parecidas.

Para la felicidad, el recuerdo de algún amor de juventud, motivo por el que también soñamos más con nuestras primeras parejas que con las últimas.

¿Y cuál es uno de los momentos más arriesgados y estresantes de alguien adolescente? Los exámenes. Fue en esa etapa formativa cuando vinculamos estrés desmedido y riesgo personal con educación, y de ahí que, si te afligen las facturas por pagar, puedas acabar soñando con volver a ver a esa odiosa profesora en lugar de pensar en tu actual jefe.

Examen Lo que recuerdas es el estrés. (GTRES)

Esto último entronca con la última rama especulativa del proceso: la hipótesis de la continuidad. Es decir, el "golpe de reminiscencia" no explica por sí mismo por qué pensamos en el aula para canalizar nuestro estrés de situaciones del presente, y en realidad que los sueños sean siempre una respuesta a lo que nos preocupa despiertos es eso, una teoría, que con "continuidad" defiende que conectemos un hecho traumático del pasado para lidiar con las ansiedades presentes.

En realidad, aunque algunos investigadores reconozcan que es muy habitual que soñemos con eventos cotidianos, los sueños siguen siendo un terreno complejo y aún impredecible que no se ajusta a patrones claros. Por ejemplo, existe una rama alternativa del estudio del sueño que defiende la "hipótesis de activación-síntesis", según la cual a medida que entramos en fases más profundas REM se van produciendo cambios neuroquímicos, con lo que las narraciones del cerebro podrían no ser una respuesta al entorno o a los pensamientos sino un esfuerzo mental por dar sentido a los cambios biológicos que está experimentando el cuerpo del sujeto.

Imagen: Universidad de Navarra

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