Hay que acabar con la épica de los innovadores: los verdaderos héroes del mundo son los mantenedores

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Lo sabemos perfectamente, la “innovación”, la “disrupción” y casi todo lo que provenga de Silicon Valley está mitificado. El Wall Street Journal ya advirtió en 2012 que la palabra innovación se gastó de tanto usarla. Y sin embargo, ese mismo año se publicaron más de 250 libros que llevaban el término en su título, y aún a día de hoy seguimos valorando a muchos de los personajes y gurús de este campo. Pese a las críticas recibidas, seguimos bajo la hegemonía de esta idea.

Por eso, para explicar los efectos perversos de ese pensamiento y resistir al mismo, ha nacido la asociación The Maintainers, los “mantenedores”. En sus palabras, son un grupo de “ingenieros, empresarios, historiadores académicos y científicos sociales, agencias gubernamentales y sin fines de lucro, artistas, activistas, programadores y más” que quieren promover un discurso distinto.

¿Muévete rápido y rompe cosas? ¿Por qué?

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Como historiadores, estos mantenedores han rastreado la evolución del uso de este término de marras, que empezó a proliferar a partir de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, el inicio de la edad dorada de la sociedad norteamericana que trajo un enorme progreso de renta. Los economistas del momento, al no encontrar respuestas desde la óptica tradicional de la teoría económica, pensaron que esa revolución económica tuvo que venir de la mano de un factor novedoso y externo: las nuevas tecnologías.

La innovación tecnológica como equivalente de progreso social terminó de asentarse con el famoso “debate de la cocina” entre Jruschov y Nixon por el cual se dictó que la mayor aspiración de una sociedad debía ser poder permitirse electrodomésticos y otros bienes de consumo que dan confort y ahorran tiempo de hacer tareas repetitivas. La fetichización de la innovación continuó su camino culminando en figuras como Steve Jobs, Larry Page o Elon Musk.

Cuando se habla de productos innovadores y disruptivos parece que es una carrera por crear algo novedoso que cambie todo el paradigma actual. Pero esta obcecación por crear cosas nuevas hace que se le dé menos importancia a la fase posterior a la creación de algo. ¿Qué consecuencias va a tener esa cosa tan novedosa? 

Uno de los ensayos de The Mainstainers hace un repaso histórico que demuestra que muchos de los grandes desastres de la historia, también los repentinos, son fruto del culto a la "innovación", que relega a un segundo plano el esencial valor del mantenimiento de esas infraestructuras. Esos desastres son, según el grupo, problemas que se han gestado durante muchos años o décadas y que, para cuando estallan, se olvida que fueron un problema de diseño de sus responsables: o bien estos no supieron (o no quisieron) prever ese fallo o bien no justificaron con rigor el coste de mantener su producto.

Aquí va uno de los problemas clásicos de los accidentes ferroviarios, visto en el Amtrak de Philadephia, el tren de O Porriño y la tragedia del Alvia de Santiago en 2013. En todos ellos había maquinistas a los mandos cuando el tren descarriló, pero los trabajadores habían alertado previamente de los riesgos de las zonas, que debían solventarse, o los trenes no contaban con prestaciones de seguridad ya disponibles pero que no habían sido incorporadas por razones de presupuesto. Porque los presupuestos en mantenimiento e infraestructuras no son sexies. Porque dar recursos para lo que ya existe y lo necesita no está mediática y socialmente tan valorado como inaugurar algo.

Pensemos en un ejemplo archiconocido, pero extensible a muchos contextos, el arquitecto Calatrava. Sus diseños son disruptivos, su obra está fetichizada, y es mucho tiempo después cuando vemos que tal vez hubiera sido mejor contratar proyectos sin tanto ingenio pero con mejor planificación a largo plazo de sus posibilidades.

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Lo mismo ocurre con muchas de las jóvenes empresas tecnológicas consideradas como un éxito del i+d que navegan gracias al “venture capital”. Hay muchas esperanzas puestas en Uber o Lyft y se consideran “innovadoras” por el uso de una red digital para conectar a conductores y usuarios, pero, ¿cuánto han mejorado estas empresas la vida de la gente? ¿En qué ha “innovado” el mundo del transporte privado que no haya conseguido ya la incorporación de Mytaxi al mundo del taxi de toda la vida? Únicamente en trabajadores más precarios y con menos derechos laborales que ahora, gracias a la justicia, están poco a poco reconquistando.

Como se va haciendo obvio, lo que este grupo defiende es que debemos cambiar el chip. Que la innovación no es inherentemente buena, que la tecnología per sé no es una innovación, y que, además, la innovación es sólo una pequeña parte de la tecnología. 

La obsesión por la novedad fomenta que se extienda rápidamente el uso de nuevos bienes tecnológicamente novedosos que no tienen por qué ser mejores que los sistemas anteriores, y el brillo de lo nuevo deforma nuestra forma de ver el mundo, ya que, en realidad, muchos de los productos que nos rodean son tremendamente viejos. Por formar parte del paisaje habitual, y porque lo cotidiano no es noticiable, no pensamos en el valor intrínseco de cosas que hacer que las cosas que funcionan sigan haciéndolo. 

La mayoría somos “mantenedores”, y ya construimos un mundo mejor

Hay más. Como señala Lee Vinsel, profesor de ciencia y tecnología y uno de los organizadores de The Maintainers, la mayoría de los programas de formación superior en tecnología en los países desarrollados se centran en educar en diseño tecnológico (es decir, en innovación) cuando el 70% de los ingenieros acaban trabajando en el mantenimiento de cosas ya diseñadas.

Snip 20190705121409 Recursos exigidos para crear un software según departamentos. Fuente: Lee Vinsel - The Innovation Fetish.

Muchos de los ingenieros y programadores del mercado conocen esta realidad. En la universidad reciben discursos sobre la supremacía del diseñador, pero son puestos que sólo pueden copar unos pocos. El resto de ellos acaba engrosando la mediocridad (en el sentido no peyorativo) del mundo laboral, trabajando en cárnicas y otros entornos similares como personas que mantienen sistemas ya creados. 

Son el trabajador de cuello azul del siglo XXI: conjuntamente hacen una aportación esencial para que los sistemas se mantengan activos y la sociedad siga funcionando, pero su aportación está infravalorada, en muchos casos con malas condiciones laborales. 

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Además, argumenta Vinsel, el discurso sobre lo "disruptivo" tiene sus costes sociales, entre ellos el de diluir conciencia de clase: muchos de estos entornos precarios tienen bajos índices de conciencia social, y sus trabajadores prefieren soñar con salir de estos ambientes (la mayoría no lo conseguirá, por pura cuestión demográfica) para poder alcanzar un puesto innovador más adelante que intentar solucionar los problemas de su puesto. Un puesto que, de nuevo, es necesario para que cualquier diseño funcione. 

El problema, plantean estos “Maintainers”, es que la ideología de la “innovación” y el “entrepreneur” ha frenado en la psique colectiva la posibilidad de ese progreso social. 

Estos justicieros del trabajador común tienen todo un corpus teórico en torno a la necesidad de esta defensa, como sus artículos sobre el invisible valor en la historia de la industria de la limpieza de los recintos o los que tienen conectando con una de las teorías clásicas del feminismo, la de la importancia del trabajo doméstico no está lo suficientemente reconocido.

En esencia, una organización que no busca destruir la creatividad, sino crear una épica de la hormiga. Cambiar nuestro sistema de valores y de imaginar el éxito. Centrarnos un poco más en las infraestructuras y en los diseños probadamente exitosos, en lo que ya existe en lugar de lo que podría existir, para evitar ensalzar a falsos dioses y, en su lugar, valorar todo ese inmenso esfuerzo diario que hace el común de los trabajadores para que todo siga funcionando.

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