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Los ataques terroristas hacen que nos peguemos a la tele durante horas sin informarnos de nada. Y eso no es bueno

Los ataques terroristas hacen que nos peguemos a la tele durante horas sin informarnos de nada. Y eso no es bueno
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Llevo pegado al ordenador (y a la tele y a la radio y al móvil) desde que el jueves a las cuatro menos diez de la tarde la maldita furgoneta blanca empezara a arrollar personas inocentes en las Ramblas de Barcelona. He leído cientos de tweets, he escuchado decenas de testimonios y he sufrido a lo que juraría que han sido miles de tertulianos.

Como yo, me consta que hay muchísima gente pegada a la televisión informándose, durante horas, de absolutamente nada (un 63% de los espectadores según Pew Research). Rumores, bulos e información sin contrastar. Y no. La verdad, la verdad verdadera, es que esto no me está haciendo ningún bien.

¿Por qué seguimos ahí, pegados al televisor?

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Los comportamientos sociales son siempre fenómenos complejos de estudiar. Para entender qué es lo que hace que nos peguemos al televisor, que busquemos compulsivamente noticias en Twitter tenemos que recurrir a tres teorías distintas de las ciencias sociales.

Necesitamos saber qué pasa

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El primero es la "necesidad de cierre cognitivo". Es decir, la motivación personal por buscar y mantener una respuesta definitiva ante un problema determinado. Una tendencia natural a evitar la confusión, la ambigüedad y la incertidumbre.

Esta necesidad, en mayor o menor medida, es una característica que compartimos todos los seres humanos y que tiene consecuencias claras (y muy estudiadas) en nuestra vida social: pone límites a la empatía, nos impulsa a buscar consensos o provoca que prefiramos a los nuestros frente al resto.

Es, además, lo que hace que, parafraseando a Oakeshott, "prefiramos lo familiar a lo desconocido, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo cercano a lo distante y lo conveniente a lo perfecto". Ante un boom informativo como lo que ocurrió en Barcelona, la reacción natural es querer saber qué ha pasado.

Nos sentimos cómodos cotilleando

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El segundo tiene más que ver con la forma en que nos llega la información. Parece paradójico que para calmar esa 'necesidad de cierre' recurramos a chismes, rumores e informaciones sin confirmar. Sin embargo, este tipo de formatos están muy cerca de la forma con la que normalmente nos informamos de nuestro entorno social. Lo que estamos buscando, salvando las distancias, son cotilleos.

Robin Dunbar, uno de los antropólogos y psicólogos evolucionistas más reconocidos del mundo, tiene una tesis fuerte sobre el origen y la función socioevolutiva del cotilleo. Dunbar sostiene que ser chismosos es una increíble herramienta de cohesión social. Como lo es la desparasitación (u otras prácticas grupales) en los animales sociales. Sin ir más lejos, los chimpancés o los bonobos dedican en torno a cinco horas diarias a despiojarse los unos a los otros.

En el caso de los seres humanos este tipo de charla nos sirve para hacer comunidad y para conocer el mundo que nos rodea. En cierta forma, el consumo de información rápida, atropellada, sin contrastar (y muchas veces contradictoria) está muy relacionado con ese cotilleo social. Por eso, aunque todos sabemos que no es óptimo, sí que resulta muy tranquilizador.

Nos fascinan las historias

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Y, además de todo eso, es que nos fascinan las historias (aunque, a veces, se trate de una fascinación culpable y escondida). Denis Dutton fue una de las personas que más estudió las raíces evolutivas de ese interés por la literatura, las historias y el periodismo.

Desde su punto de vista, hay tres grandes funciones que nos impulsan a buscar, escuchar y perseguir historias:

  • Las historias ofrecen un sucedáneo de experiencia barato y casi exento de riesgos. Satisfacen una necesidad de experimentar.
  • Las historias, tanto si son claramente ficticias o mitológicas como si representan sucesos reales, pueden tener gran valor como fuentes didácticas de información fáctica.
  • Las historias nos animan a explorar los puntos de vista, creencias, motivaciones y valores de otras mentes humanas, y nos inculcan capacidades interpersonales y sociales potencialmente adaptativas.

¿Por qué no nos hace ningún bien?

Fundamentalmente porque la realidad no tiene ninguna estructura narrativa y la cobertura tras un atentado terrorista suele estar vacía informativamente hablando. Su único objetivo real es reducir nuestra sensación de falta de respuestas.

Y, mientras tanto, esas noticias nos generan estrés, ansiedad y una preocupación desmedida. Todo ese aparataje cognitivo que tenemos está trabajando (y sacando conclusiones) sobre todo lo que vemos en televisión. Aunque esa información no sea correcta. Estamos, en definitiva, calmando una desazón a corto plazo con algo que nos puede generar ansiedad a largo plazo. No, no parece buena idea.

¿Soluciones? Pocas. Tomárselo con calma e intentar desconectar de la última hora informativa. Algo que es muy difícil de aplicar (miradme a mí mismo), pero que viene bien recordar si no queremos que el remedio sea peor que la enfermedad.

Imágenes | Keirsten Marie

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