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Si me va mal, es por los políticos; si me va bien, es gracias a mí: el sesgo que daña a la democracia

Si me va mal, es por los políticos; si me va bien, es gracias a mí: el sesgo que daña a la democracia
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Resulta que el clásico “he aprobado - me han suspendido” podría tener un equivalente en las actitudes de los adultos sobre su desarrollo económico y personal en lo referente a culpar en exceso a los políticos de lo malo que nos ocurre. Y que esto en sí mismo tiene implicaciones negativas en cuanto a la meritocracia y la gobernanza de nuestras democracias, como veremos al final del artículo.

El estudio: de Martin Vinæs Larsen, profesor de ciencias políticas por la Universidad de Aarhus, en Dinamarca. Para sus diferentes experimentos y análisis ha cotejado encuestas de los últimos 35 años extraídas del equivalente al INE de Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Dinamarca y Latinoamérica. En todos los casos cree haber encontrado pruebas sólidas de la existencia del llamado “sesgo de autoservicio” o de “interés personal” por el que las personas tendemos a atribuirnos el crédito de nuestros éxitos en mayor medida que se lo atribuimos a nuestros fracasos.

El precio de nuestra casa: he aquí uno de los ejercicios planteados. Basándose en distintas encuestas en diferentes períodos de la historia de ese “INE” danés. En ciertos sondeos se le pidió a las personas que analizasen los motivos por los que sus viviendas familiares habían encarecido o abaratado su precio, corrigiendo la inflación, con respecto a la época en la que la compraron. Es decir, si el resultado de esas inversiones personales que habían hecho al comprar la casa había sido positivo o negativo a lo largo del tiempo y en qué medida esos cambios habían sido provocados por las políticas económicas y sociales de los gobiernos o bien por su talento inversor. De igual manera, se hizo especular a los encuestados con el mismo escenario pero no hablando de su propiedad personal, sino de “una casa” de “un contribuyente” imaginario.

¿Resultado? En prácticamente todos los ejercicios planteados, el natural deseo de protección de autoimagen de las personas primó al juicio ecuánime. Esto es, cuando se preguntaba por el desempeño de “una casa” de “un contribuyente”, era más frecuente que, si esa propiedad había perdido valor, el encuestado pensara que había sido causa de una mala inversión del comprador que por culpa del gobierno, mientras que si era su propia casa la que ahora valía menos responsabilizase más a quien estuviera en el poder.

Ahora bien: si su casa se había vuelto más atractiva en el mercado, el encuestado se arrogaba mayor mérito y restaba el peso de acción de los políticos, y lo hacía dándose más mérito que si estuviese pensando en el desempeño del vecino, en cuyo caso sí creía que el contexto político podía haber tenido más que ver.

Todo esto tiene muchísimo que ver con el sesgo de error de atribución, que es “uno de los descubrimientos más robustos y estables de la psicología social”, y que se resume a que tendemos a pensar que las conductas de los demás se deben de forma desmedida a factores internos como la personalidad más que a los factores externos. Es decir, que cuando pensamos en las demás personas tendemos a minusvalorar sistemáticamente su contextos mientras que no hacemos lo mismo al evaluarnos a nosotros. De nuevo, he aprobado - me han suspendido, mientras que Pepito probablemente sí haya suspendido y no por la profe.

Es decir, y por llevarlo al caso político, que como se explica aquí pensamos que el grado de responsabilidad en el tema de los escándalos de despilfarro y corrupción es mucho mayor en las personas concretas que estuvieron de por medio que a la forma en la que está (mal) construido el sistema para los políticos.

El fin de la “egotropía”: uno de los méritos aducidos al sistema democrático es el de creer que el votante, por muy desinformado que esté, premiará a aquellos que han favorecido un contexto de prosperidad y castigará a los que hayan hecho que la cosa vaya a peor. Que, aunque sólo sea en números brutos y por puro egoísmo, si todos votásemos en función de nuestro propio beneficio, el sistema funcionaría y el contexto mejoraría. Al margen de los mil matices que necesitaría este planteamiento (los ámbitos de mejora o empeoramiento de las circunstancias personales son múltiples y los motivos por los que algo puede ir bien o mal multifactoriales), lo que cree haber descubierto Larsen es otro fallo lógico de este modelo, ya que la experiencia psicológica de las personas hacen que restemos importancia a las circunstancias que nos rodean cuando las cosas prosperan y eso…

Perjudica la rendición de cuentas democrática porque los votantes no recompensan lo suficiente a los gobiernos en cuanto a la mejora de su bienestar personal. Es más fácil que echemos a alguien si ha hecho las cosas bien porque no hemos visto que lo haya hecho bien, así que le quitamos oportunidades de continuar con sus proyectos exitosos. Hay otra manera de verlo: los políticos tienen unos pocos incentivos menos de hacer que las cosas marchen bien si saben que, en caso de que consiga mejorar la región, el votante no va a pensar tanto en su candidatura como en él mismo, lo que promueve la mala o mediocre gobernanza.

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