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Por qué el sónar es un peligro para la fauna marina y cómo lo estamos sustituyendo

Por qué el sónar es un peligro para la fauna marina y cómo lo estamos sustituyendo
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Necesitaríamos cientos de blogs como este para relatar con exactitud cuántas veces le hemos tocado la moral a la madre naturaleza y más de una veintena para reflejar las veces que hemos fastidiado al mundo animal en ese proceso. La buena noticia es que entre toda esa maraña de letras de vez en cuando podemos hablar de cómo alguien se pone del lado contrario y echa un cable a nuestros compañeros de este planeta. Hoy le toca a la vida marina gracias a la prohibición de los sónar.

El canto de las ballenas

Si llegas a casa después de un día de locos y te da por ponerte a escuchar cantos de ballena para relajarte, lo que en realidad estás haciendo es colarte en la conversación entre cetáceos. Con los ruidos que generan se alertan entre ellos de peligros, bancos de comida, trazan rutas de viaje o simplemente interactúan para unirse en grupos o reproducirse.

Lo hacen utilizando la ecolocalización, lanzando sonidos de entre 40 Hz y 325 kHz que viajan a 1.500 metros por segundo recorriendo cientos de kilómetros hasta que el ruido choca con algo y vuelve hasta ellos. Este fenómeno, que también se reproduce en delfines y marsopas, es esencial para orientarse en aguas profundas donde la visibilidad es casi nula.

Con un sistema tan sofisticado parece de locos que acabemos viendo a estos majestuosos animales perdiéndose en el mar y, eventualmente, varándose en nuestras playas, pero lo cierto es que es un problema muy común que afecta a unos 2.000 ejemplares cada año.

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Esto se debe a dos problemas naturales, por un lado enfermedades como el morbillivirus, que entre daños en el sistema inmunológico también afecta a sus capacidades para nadar y flotar, por otro la teoría sobre playas con una pendiente inferior a 0,5 grados en las que el sistema de ecolocalización no reconoce la inclinación. Sin embargo el mayor escollo para los cetáceos y su sistema de comunicación es, como ya habréis imaginado, el hombre.

Cómo les afecta el ruido del sónar

El uso del sónar, del acrónimo Sound Navigation and Raging, nace alrededor de 1913 como medio para detectar icebergs e intentar evitar la catástrofe del Titanic acontecida un año antes, pero lo cierto es que se tiene constancia del sistema desde 1490, cuando Leonardo da Vinci introducía un tubo en el agua para detectar ruidos de barcos acercando su oído a un extremo.

Es en 1917 cuando, en plena Primera Guerra Mundial y con la intención de detectar submarinos, la División Antisubmarina británica empieza a utilizar un prototipo de pruebas de sónar activo, con envío y recepción de sonido, sobre el que se seguiría estudiando hasta que su investigación explota en manos de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

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Desde entonces su uso se ha estandarizado tanto a nivel militar (detección de submarinos, minas, intercepción de transmisiones sónar enemigas) como civiles (pesca, cálculo de profundidad y topografía, exploración en condiciones adversas, arqueología), pero con ellos hemos puesto en peligro la comunicación de la fauna marina.

Provocando el varamiento de cetáceos

El primer indicio de este peligro nace muy cerca nuestro, cuando unas maniobras militares cerca de las Islas Canarias en 2002 provocaron el encallamiento de ballenas. Un estudio posterior en la revista Nature desveló que padecían lesiones relacionadas con la descompresión. Al parecer, la recepción de las transmisiones de sónar asustan a los cetáceos obligándoles a emerger huyendo a demasiada velocidad hacia las profundidades provocando una descompresión que les daña internamente.

La posterior prohibición de sónares militares a 50 millas de la zona, un precedente que ahora se extiende a otros países, demostró parte de la teoría al cesarse los varamientos de cetáceos en las costas Canarias, lo que provocó que un año después de su aprobación, en 2005, se presentase una demanda en California contra la Armada de Estados Unidos por violar varias leyes medioambientales con el uso del sónar.

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Una de las principales es la Acta de Protección de Mamíferos Marinos aprobada en 1972 por el congreso de Estados Unidos, en la que se declaraba ilegal el acto de cazar, matar, capturar o dañar cualquier mamífero marino, o el intento de ello.

Durante los últimos 10 años la Marina Estadounidense ha intentado demostrar que el uso de ultrasonidos no afectaba a la fauna marina, pero el pasado 15 de julio se dictaminó la prohibición de esta tecnología en gran parte del océano en tiempos de paz.

Lo que queda por luchar

Pese a ello la batalla no está completamente ganada, y es que aunque el uso de transmisiones de frecuencias entre 100 y 500 Hz como sistema de defensa dejó de tener sentido cuando los peligros navales cesaron tras la desmantelación de la Unión Soviética, tanto su uso militar como civil y científico están muy arraigados.

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De hecho hay sistemas mucho más peligrosos que los sónares militares, y un buen ejemplo de ello son estudios como del HIFT (The Heard Island Feasibility Test). Provocado por una carga detonada en 1960 cerca de Australia que fue detectada a casi 20.000 kilómetros de distancia, se inició una investigación para intentar replicar este tipo de ruidos con la intención de medir las variaciones de temperatura de los océanos.

Las pruebas de la evolución de este sistema acústico se realizaron durante 10 años en las costas del pacífico, desde 1996 hasta 2006, y aunque la alarma sobre cómo afectarían estos ruidos viajando a través de los océanos era más que clara, se acabó fallando a favor de su uso.

Ahora, mientras 70 ballenas alcanzan la costa chilena en un varamiento masivo del que aún se desconocen las causas, es inevitable preguntarse hasta qué punto se conseguirá limitar la utilización de ultrasonidos en mar abierto en el futuro. Lo más triste de todo es que, el hecho de no encontrarse evidencias de daño en humanos, sólo en animales, pronostica que aún queda mucho por batallar.

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