¿Por qué escuece tanto reconocer que nos hemos equivocado? Mantenernos firmes nos da empujones de autoestima

¿Por qué escuece tanto reconocer que nos hemos equivocado? Mantenernos firmes nos da empujones de autoestima
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La comedia es uno de los terrenos dentro del entretenimiento de masas que más suele acercarse a las inquietudes sociales del momento. Los chistes hay que hacerlos de lo que nos atañe para que hagan gracia. Por eso mismo los analistas culturales suelen buscar en ese género las inquietudes sociales de cada momento.

Uno de los últimos milagros de la comedia reciente, aclamado por crítica y público, ha sido I think you should leave, serie de sketches creada por Tim Robinson con dos temporadas que pueden verse en Netflix. El punto de originalidad de esta serie (que, por otra parte, es bastante convencional dentro del subgénero “humor absurdo”) radica en que sus protagonistas se meten continuamente en situaciones incómodas y equívocos de los que parece imposible salir sin admitir el error, pero ellos siguen y siguen adelante con su cabezonería hundiéndose más en la situación humillante. Un hombre que empuja una puerta por el lado de “tirar” prefiere forzarla hasta romperla para demostrar que no se había equivocado y que esa puerta se mueve en ambas direcciones, quedando como un ser ridículo.

Hay quien ha creído ver que hay un nexo inmediato entre las situaciones hilarantes de Robinson y el clima de políticos populistas y redes sociales donde cada día podemos encontrarnos múltiples ejemplos de gente incapaz de reconocer el error aunque se lo expliquen de forma meridiana.

Somos aquello en lo que creemos (o al menos casi siempre)

Desde que llegó Trump a la Casa Blanca, y más aún con la aparición de los “plandémicos”, los medios estadounidenses han citado con frecuencia las investigaciones de los años 50 del psicólogo Leon Festinger:

Hubo en aquellos años en EE.UU. unos fundamentalistas religiosos que pronosticaron que el fin del mundo llegaría el 21 de diciembre de 1954, momento en el que ellos, no pecadores, ascenderían al cielo. Cuando llegó el 22 de diciembre y todo siguió igual, ¿qué hizo esta comunidad cohesionada en torno a una errónea creencia? ¿Abandonar la fe? No, pensar que Dios había pospuesto su plan y que había dado unas tímidas confirmaciones del credo por unos terremotos que ocurrieron días antes en algún Estado cercano.

Así, según Festinger, cuando nuestras creencias entran en conflicto con los hechos del mundo (lo que él llama “disonancias cognitivas”), puede darse el caso de que, antes de admitir la derrota, pasemos un largo período redoblando nuestro compromiso con esa creencia antes que refutarla, y esto es así tanto para una idea política o religiosa como para todo lo que tiene que ver con el autoconcepto: soy inteligente, soy educado, soy un buen ciudadano, etcétera.

De ahí que muchas veces, cuando hemos hecho algo malo, cuando nos reprochan con datos que nuestro voto político ha sido malo para la sociedad o nos dicen que hemos hecho daño a una persona con nuestro comportamiento, nos removemos negando nuestra falta o acusando al contrario de la injusta situación. Cuanto más hayamos invertido en la creencia o más profunda sea al núcleo de nuestra persona, más insistiremos en encontrar sostenes a nuestros argumentos, por muy peregrinos que estos sean. Otros psicólogos apuntan a que puede haber aquí también algo de la falacia del costo hundido: si tanto esfuerzo mental y ego hemos invertido en cierta creencia que ya forma parte de nuestra identidad, más nos revolveremos antes de aceptar el error.

Disculparse es reconocer la existencia de esa disonancia cognitiva, y eso, según los psicólogos, puede exponer nuestro autoconcepto porque le estamos entregando poder al interlocutor con el que nos disculpamos o admitimos nuestro error. Curiosamente este estudio reveló que las personas que se niegan a disculparse después de un error reciben después un empujón de autoestima y experimentan un “incremento de sentimientos de control, poder e integridad en sus valores”. Es decir, que no disculparse funciona como un mecanismo de autodefensa, o al menos lo es hasta que el error tiene un coste social: si no admitir un error pone en peligro relaciones sociales, laborales, etc, entonces ya no es tan sencillo.

Por supuesto, rectificar es de sabios, pero para poder rectificar primero tienes que creer que puedes hacerlo. Se ha demostrado que es importante que una persona sienta que puede cambiar su comportamiento antes de reconocer lo que hizo mal, y también que los más tercos, los que menos son capaces de reconocer su error, son menos propensos a la superación personal.

¿Y si las redes sociales nos hacen menos humildes?

Hubo otro estudio que quiso dividir el mundo entre los humildes y los arrogantes: se preguntó a la gente si había oído hablar de determinado episodio histórico, "la rebelión de Hamrick", por ejemplo. A los que reconocieron el desconocimiento de ese episodio histórico (que, en realidad, nunca había ocurrido), se les etiquetó como intelectualmente humildes. Sumando otra literatura científica, se piensa que esta gente correlaciona con mayores índices de pensamiento analítico. Están, también, más preparados para distinguir mejor las noticias falsas de las reales.

¿Cómo podríamos hacer de esta, entonces, una sociedad con mayor admisión de los errores? Los medios de comunicación y las personas con grandes altavoces podríamos contribuir a ello. Algunos expertos han notado la escasa resonancia mediática de las disculpas, lo que provoca un sentimiento de epidemia de infalibilidad: esa gente a la que vemos decir falsedades raramente ocupa espacio con su fe de errores. Hace un par de años un grupo de científicos sociales ideó el Proyecto de Pérdida de Confianza, una plataforma desde la que difundir en el mismo grado que sus investigaciones recientes todas las veces en las que se habían equivocado o los trabajos pasados sobre los que ya no están tan seguros de sus resultados.

Por otro lado, esa cultura de la infalibilidad, donde reconocer un error se ver como un rasgo de debilidad, lleva a que situaciones de humildad se transformen en humillaciones. Genera más atención y engagement reírnos del otro, las cuentas que recopilan zascas o los vídeos de Youtube donde un político “destroza” a otro que la búsqueda de la verdad y el consenso.

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