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¿Estamos midiendo el envejecimiento del siglo XXI con las herramientas del siglo XX?

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La población de la mayoría de los países del mundo está envejeciendo, algo que produce un aluvión de noticias sobre un crecimiento económico más lento, una menor participación laboral, una inminente crisis de las pensiones, la explosión de los costes de los seguros médicos y la menor productividad y el peor funcionamiento cognitivo de los mayores.

Estas historias son nefastas, en parte porque la manera más aceptada de medir el envejecimiento (la tasa de dependencia que mide el número de personas dependientes en relación con el número de población en edad laboral) fue creada hace un siglo e implica que las consecuencias del envejecimiento son mucho peores de lo que en realidad son. Para colmo, la tasa se utiliza en debates políticos y económicos sobre el coste de los seguros médicos y de las pensiones, algo para lo que no había sido creada.

Cumplir 65 en 2016 no significa lo mismo que hacerlo en 1916. De ahí que en vez de basarse en la antigua tasa de dependencia para establecer el impacto del envejecimiento propongamos el uso de una serie de nuevas medidas que tienen en cuenta los cambios en la expectativa de vida, la participación laboral y el gasto en salud. Con todos estos elementos las cosas tienen mucha mejor pinta.

Nuestras herramientas para medir el envejecimiento han envejecido

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La forma más común de medir el envejecimiento es la “tasa de dependencia” que mide el la relación entre las personas mayores de 65 con aquellas que están entre 20 y 64 años. Sin embargo, desde que la tasa de dependencia se introdujera a principios del siglo XX, la mayoría de los países han visto como durante el siglo la esperanza de vida aumentaba y es algo que sigue su curso.

Por ejemplo, la esperanza de vida al nacer en Suecia en 1914 era de 58,2 años (de media para ambos sexos) y para el 2014 había llegado a los 82,2. En 1935, año en el que se aprobó la ley de seguridad social estadounidense, se esperaba que, de media, las personas de 65 años vivieran otros 12,7. En 2013 ya eran 19,5 años más.

Pero estos cambios no se ven reflejados en las estadísticas convencionales sobre envejecimiento, ni tampoco el hecho de que mucha gente no deja de trabajar al llegar a los 65 o de que se mantienen sanos durante más tiempo. Para hacernos una mejor idea de lo que realmente significa envejecer hoy en día, decidimos desarrollar una nueva serie de medidas que tengan en cuenta estas nuevas realidades con el fin de sustituir a la tasa de dependencia. En vez de una sola tasa, hemos creado varias para evaluar los costes de la atención médica, la participación laboral y las pensiones.

¿Quién se sigue retirando a los 65?

Una de las nuevas circunstancias es que el número de gente que sigue en activo pasados los 65 cada vez va a más. En 1994, el 26,8 % de los hombres estadounidenses entre 65-69 estaba dentro de la población activa y aumentó hasta un 36,1 % en el 2014 con predicciones que apuntan a que se llegará al 40 % para 2024. Incluso la tendencia es similar en el caso de hombres de mayor edad con un 17 % de los hombres entre 75 y 79 años que se espera sigan trabajando dentro de una década, a diferencia del 10 % en 1994.

Es obvio que estas personas mayores no captaron el mensaje de que en realidad les tocaba volverse dependientes al llegar a los 65.

Esto no es algo exclusivo de los EE. UU. En muchos países las cuotas han ido aumentando. En el Reino Unido, por ejemplo, la tasa de actividad laboral entre los hombres de 65 a 69 años era de un 24,2 % en 2014 mientras que en Israel era del 50,2 %, subiendo de un 14,8 y de un 27,4 % en el año 2000, respectivamente. Esto se debe en parte a que la gente mayor ahora cuenta con un mejor funcionamiento cognitivo que sus equivalentes nacidos una década antes.

La población de muchos países está envejeciendo, sin embargo la tasa convencional de dependencia hace que el impacto parezca mucho peor de lo que va a ser en realidad.

De ahí que en vez de suponer que la gente solamente trabaja de los 20 a los 64 años y que se convierten en personas dependientes a los 65, hemos establecido “tasas de dependencia económica” que tienen en consideración otras consideraciones y los pronósticos de las tasas de participación laboral. Esto nos dice cuántos adultos que no están entre la población activa hay por cada adulto entre la población activa, lo que significa datos más exactos que simplemente utilizar los 65 años como punto de corte. Para ello nos basamos en pronósticos de la Organización Internacional del Trabajo.

Se prevé que la tasa de dependencia en los EE. UU. aumente en un 61 % entre 2013 y 2030. Sin embargo, cuando usamos nuestra tasa de dependencia económica, la tasa de adultos entre la población activa en comparación con aquellos que no están entre la población activa aumenta en un 3 % durante dicho periodo. Está claro que las historias catastrofísticas sobre trabajadores estadounidenses que van a tener que pagar tantas pensiones igual necesitan una reconsideración.

¿Realmente va a subir el coste de la atención médica?

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Otro dato a tener en cuenta es que, si bien los costes de la sanidad aumentarán con el envejecimiento de la población, no van a subir tanto como los pronósticos tradicionales estiman. En vez de asumir que los costes de atención médica se disparan de forma dramática cuando la gente cumple los 65, que es lo que la tasa de dependencia hace, hemos creado un indicador que tiene en consideración el hecho de que la mayor parte de los gastos por atención sanitaria de las personas mayores ocurren durante los últimos años de sus vida. Si la esperanza de vida aumenta, eso quiere decir que nuestros últimos años también llegarán más tarde.

Se prevé que la tasa de dependencia en los EE. UU. aumente en un 61 % entre 2013 y 2030

En Japón, por ejemplo, donde el coste de la asistencia sanitaria para personas mayores de 65 años y entre los 20-64 años se calculó solamente mediante la tasa de dependencia, se prevé que dichos costes aumenten un 32 % de 2013 a 2030. Si calculamos los costes de asistencia sanitaria basándonos en si las personas se encuentra en los últimos años de sus vidas, los costes solamente aumentan en un 14 %.

La edad de jubilación se retrasa

El último dato que tuvimos en cuenta para nuestros cálculos tiene que ver con las pensiones. En la mayoría de los países de la OECD la edad de jubilación completa se está retrasando y en algunos de los países, como es el caso de Suecia, Noruega e Italia, los pagos de las pensiones están directamente relacionados con la esperanza de vida.

En Alemania, la edad de pensión completa se retrasará de los 65 a los 67 para el 2019. En los EE. UU. solía estar en 65 años, ahora se encuentra en los 66 y probablemente pasará a estar pronto en los 67 años. En vez de asumir que todo el mundo recibe una pensión completa a los 65 años, que es lo que la tasa de dependencia implica, hemos calculado una tasa más realista llamada la tasa de dependencia del coste de las pensiones que incorpora la relación general entre las mejoras en la esperanza de vida y la edad de jubilación. La tasa de dependencia del coste de las pensiones muestra a qué velocidad es probable que crezca el coste de las pensiones públicas.

En paises como Suecia, Noruega e Italia, los pagos de las pensiones están directamente relacionados con la esperanza de vida

En Alemania, por ejemplo, se prevé que la tasa de dependencia aumente en un 49 % de 2013 a 2030, si bien los alemanes de 65 años no tendrán derecho a la pensión completa en 2030. Nuestra tasa de dependencia del coste de las pensiones aumenta en un 26 % durante el mismo periodo de tiempo. En vez de indicar que los jóvenes alemanes van a tener que pagar un 49 % más para contribuir a las pensiones en el 2030 en comparación con lo pagado en el 2013, vemos que el aumento según nuestra tasa es solamente del 26 %.

Los 65 ya no son lo que eran

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Aparte de esta serie de medidas centradas en aspectos particulares del envejecimiento de la población, también es útil tener una medida general sobre el envejecimiento a la que llamamos la tasa de dependencia prospectiva. La gente no pasa a ser dependiente en cuanto cumple 65 años. Desde un punto de vista de la población, tiene más sentido clasificar a las personas como “mayores” cuando se encuentran en los últimos años de sus vidas.

El hecho de no ajustar qué aspectos nos hacen viejos teniendo en cuenta las características de la gente y su longevidad puede hacer que el envejecimiento parezca un proceso más rápido de lo que en realidad es. En nuestra tasa de dependencia prospectiva definimos que una persona es mayor cuando se encuentra en un grupo de edad donde la esperanza de vida restante es de 15 años o menos. A medida que la esperanza de vida es mayor, el umbral también cambia.

En el Reino Unido, por ejemplo, está previsto que la tasa de dependencia convencional aumente hasta un 33 por ciento en 2030. Sin embargo, al utilizar la tasa de dependencia que tiene en cuenta las características y la longevidad de la gente, la tasa resultante aumenta solamente un 13 por ciento.

La población de muchos países está envejeciendo, sin embargo la tasa convencional de dependencia hace que el impacto parezca mucho peor de lo que va a ser en realidad. Por suerte, nuevos indicadores que no exageran los efectos del envejecimiento están a un solo clic de distancia.

Fotos | iStock

The ConversationWarren Sanderson, Profesor de Económicas en la Universidad de Stony Brook y Sergei Scherbov, director adjunto del Programa Mundial del IIASA (International Institute for Applied Systems Analysis)

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.
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