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La impotencia frente a los incendios de sexta generación: "inextinguibles" y más devastadores que nunca

La impotencia frente a los incendios de sexta generación: "inextinguibles" y más devastadores que nunca
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Más de siete millones de hectáreas han ardido durante los últimos meses en Australia. Son los incendios más destructivos de la historia del país. Unos que algunas investigaciones científicas ya habían previsto años atrás. Y que probablemente no queden en una excepción: en determinados rincones del mundo la intensidad y el volumen de los fuegos ha ido a más, fruto de cambios ambientales y humanos.

Son los "incendios de sexta generación". Y son más devastadores que nunca.

De Chile a Portugal. El término comenzó a popularizarse hace tres años, cuando los incendios en el norte de Chile arrasaron con un 8% de la superficie forestal del país. Como se explica aquí, su particularidad proviene de su interacción con las condiciones climáticas y atmosféricas. Al emitir tanto calor, generan sus propias corrientes de aire, realimentando las llamas y multiplicando su virulencia.

Un tipo de incendio distinto a los de "primera generación", cuando Europa se reforestó hace cien años y se generaron fuegos de escala inédita, o de la "cuarta", cuando entraron en el urbanismo disperso de los montes.

Ejemplos. Su frecuencia ha aumentado durante los últimos años, para pasmo de autoridades y equipos de extinción. A la catástrofe de Chile le siguió la tragedia de Pedrógão Grande, en Portugal, donde una tormenta ígnea calcinó en cuestión de segundos a sesenta personas. España vivió su particular pesadilla en Gran Canaria y Tarragona. Grecia y California sufrieron similares incendios en 2018, con decenas de muertos.

"Inextinguibles". ¿Cómo combatirlos? La respuesta es un tanto descorazonadora: no se puede. Como explican diversos expertos en extinción en este fantástico reportaje de National Geographic, la abundancia de combustible y las elevadas temperaturas se han conchabado para generar fuegos simultáneos, muy destructivos e intensos, ante los que los equipos de apagado no pueden hacer nada.

Es en muchos sentidos una batalla perdida de antemano. O como se bautizó al de Gran Canaria: fuegos "inextinguibles".

¿Por qué? Por un lado, por nuestro abandono del campo. En Portugal o España, la despoblación de las regiones rurales ha permitido que especies arbóreas como el pino o el eucalipto, muy ígneas y adaptadas al fuego, tomen el paisaje. Los montes se dejan de desbrozar y la maleza abunda. Cuando comienzan las llamas, en verano, se topan con numerosa vegetación presta para arder, muy seca.

Por otro, por las cambiantes condiciones ambientales. Los años son cada vez más cálidos. En las regiones de abundante bosque mediterráneo, la colisión de vientos oceánicos y altas temperaturas genera un escenario propicio para que los fuegos cobren vida propia.

Pirocumulonimbus. El resultado, en Chile y en los incendios devastadores que vinieron después, son auténticos sistemas de aire dentro de los incendios. Al disponer de tanto combustible (maleza, árboles, vegetación seca, altas temperaturas, vientos) liberan enormes cantidades de energía, columnas de aire cálido que crecen y se elevan hasta la atmósfera, realimentando a las llamas de la superficie.

Los equipos de extinción estaban familiarizados con los "pirocúmulos". Durante los últimos años se han topado con "pirocumulonimbus", muros de humo de diez kilómetros de alto capaces de llegar hasta la troposfera. Puras tormentas de fuego. Una magnitud ante la que no pueden luchar.

¿Solución? Es exactamente lo que está sucediendo en Australia. Parte del problema proviene de una realidad inmutable: Australia y el Mediterráneo han convivido durante milenios con el fuego. Es su estado natural. De ahí que el rápido apagado de conatos, política popular en Portugal, sea en ocasiones contraproducente: permite acumular más y más combustible en el monte.

Lidiar con la sexta generación de incendios obliga a medidas preventivas adaptadas a la nueva realidad. Y gente en el campo. Pero eso, en la península ibérica, es mucho más difícil.

Imagen: AP

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