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RSS La siesta

Éstas son las horas de siesta que nos echamos los españoles si hacemos caso a los medios extranjeros

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Éstas son las horas de siesta que nos echamos los españoles si hacemos caso a los medios extranjeros

Rajoy ponía el otro día como ejemplo de excelencia nacional, que seamos el país que acoge a más Erasmus de la Unión Europea. Es cierto, vienen en manada. ¿Será por nuestras universidades, que no aparecen entre las mejores de ningún ranking? ¿O más bien por aprender español, el tercer idioma más importante del mundo?

No sabemos cuáles son las razones, pero ayer apareció una noticia que nos hace pensar, ahora, que los jóvenes de toda Europa vienen por el laxo horario español, uno que claramente mantenemos “desde hace siglos”. Les ha faltado decir que vivimos en la Edad Media. Eso defendía el periódico británico The Independent, que en un ejemplo del periodismo desinformativo, dejaba perlas como que “Rajoy, el representante de un gobierno de coalición de derechas” (en una edición anterior, además, era una coalición de izquierdas), que la jornada típica española es “de 10 a 14, con una siesta de tres horas para volver al trabajo y seguir trabajando hasta las 20” y que un “informe nacional apuntaba a que recortar esa siesta ayudaría a mejorar la calidad de vida”.

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Una defensa científica (a capa y almohada) de la siesta

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Una defensa científica (a capa y almohada) de la siesta

En plena Segunda Guerra Mundial, con los bombarderos de la Luftwaffe machacando sistemáticamente Londres, Wiston Churchill decidió, contra el criterio de su personal y el ejército, que sólo bajaría al refugio antiaéreo para las cosas importantes: las reuniones con la plana mayor de las Fuerzas Armadas para seguir presentando batalla a Hitler y la siesta.

Seguramente esa fue la mayor contribución de nuestro país a la victoria aliada: haberle enseñado a un joven periodista inglés en aquella Cuba (aún) española las bondades de la siesta tan bien y tan sólidamente que cincuenta años después cuando hubo que tomar las difíciles decisiones que ganaron la guerra, el Primer Ministro Churchill estaba atento, ágil y fresco como una rosa.

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