Captar talento global es cada día más necesario. Ahora Helsinki quiere convertirse en "ciudad de habla inglesa"

Captar talento global es cada día más necesario. Ahora Helsinki quiere convertirse en "ciudad de habla inglesa"
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Finlandia tiene 5.3 millones de habitantes. Según una encuesta de 2015, los finlandeses son los cuartos del mundo en cuanto a dominio del idioma inglés entre los hablantes no nativos. Se estima que lo habla un 70% de la población, más que el segundo idioma oficial del país, el sueco. Según los locales, un buen porcentaje de anuncios de la tele y las vallas publicitarias está en ese idioma. Y, sin embargo, si quieres trabajar allí, es un requisito para las empresas públicas y privadas que sus trabajadores demuestren cierto nivel mínimo de finés y/o de sueco.

Hacia una capital angloparlante. Juhana Vartiainen, actual alcalde de Helskinki, acaba de hacer una proposición pública en su última entrevista para el diario Helsingin Sanomat: que la ciudad se declare de “habla inglesa” abandonando ese requisito idiomático del finés/sueco para futuros trabajadores.

Crisis de talento: el finés es un idioma endiablado, con hasta 13 tipos gramaticales, razón por la que muchos de los que empiezan a estudiarlo acaban abandonándolo antes de tiempo. Autoridades del entorno de start ups y empresas tecnológicas han señalado que el futuro del empleo de calidad es del de la alta cualificación, para los que la movilidad laboral internacional y la demanda de personal extranjero es altísima. Según cifras del propio gobierno, más de un tercio de los estudiantes extranjeros en Finlandia abandonan el país antes de un año después de graduarse, y lo hacen por “la burocracia relacionada con la inmigración, los altos impuestos y la dificultad para aprender el idioma”.

El pasado de gloria. Finlandia nos dio a Nokia, los SMS, el 5G y Linux. Wolt, Smartly, Swappie y Yousician están en período de expansión, pero es crítico para que este tipo de empresas puedan competir en el panorama actual tener el mínimo posible de trabas, y quitar la barrera idiomática ayudaría mucho. Llama la atención, por ejemplo, que Spotify, casi la única joya de la corona tech europea, haya nacido en Suecia, país en el que varias multinacionales pueden elegir el inglés como idioma corporativo.

El euroinglés. El sueño del idioma laboral universal, de facto hoy el inglés, choca de lleno con la pluralidad y riqueza lingüística. En Bruselas se prodiga el euroinglés o “globish”, engendro hablado que mezcla 1.500 palabras básicas del idioma y varios neologismos que entienden y difunden los no-nativos. Hay mosqueo entre los franceses por que, ahora que no está Reino Unido en la UE, los funcionarios bruselenses no defiendan idiomas propios y se plieguen a ese léxico extranjero y pobre que, de hecho, por su limitado vocabulario, impide la excelencia en las negociaciones y la trasmisión de más ricos matices en los acuerdos. Se difuminan las identidades europeas en favor del pragmatismo.

Un mercado único con 28 personalidades distintas. Un artículo de hace un par de meses de The Economist tuvo una gran resonancia en círculos empresariales. ¿Por qué, si el mercado de Europa se cifra en unos 23 billones de dólares y EEUU en unos 20.4, los primeros generan el 16% de las compañías milmillonarias y los segundos el 48% (Asia supone el 36%)? Según los periodistas, no podía ser por la falta de talento bruto, ya que había muchos trabajadores cualificados en ambos territorios. Y, sí, puede que haya más afán inversionista en tierra americana, pero no lo suficiente para justificar esa enorme diferencia.

El diagnóstico es que, en un mundo global donde los disruptores que terminan quedándose el pastel de su nicho necesitan llegar a cuanta más gente posible en sus primeras fases, las barreras culturales e idiomáticas hacen que sea más difícil crear un Netflix europeo, o que sea fácil que convivan cinco Wallapops distintos en todo el viejo continente. Todo esto está cambiando debido a las nuevas regulaciones europeas, como demuestran los últimos movimientos en el sector financiero con ejemplos como N26, pero sigue siendo cierto que nuestra pluralidad lingüística juega algo en nuestra contra.

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