Charli D’Amelio, BTS o Wrestlemania: la nueva amenaza del siglo XXI son los ejércitos de fans

Charli D’Amelio, BTS o Wrestlemania: la nueva amenaza del siglo XXI son los ejércitos de fans
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Perez Hilton fue uno de los mejores ejemplos de pionero en el uso de Internet. El Mark Zuckerberg del chismorreo. Empezando desde abajo y sin contactos, sólo con un blog, dinero y viviendo en Los Ángeles, se montó en cuestión de unos pocos años un emporio de la difamación que todos los famosos temían y que superó a los viejos poderes de la prensa del corazón. Él desveló muchos de los trapos sucios más comentados de las últimas décadas. Este tirano del nuevo ecosistema mediático está viviendo en sus carnes cómo lo destronan un puñado de adolescentes. Hilton cometió un error imperdonable: meterse con Charli D’Amelio.

“No quiero parecer demasiado dramático, pero tengo la sensación de que mi mundo se está derrumbando. Siento como si me estuviera muriendo”, esto dice el empresario durante uno de los instantes de su sensiblero (y falso) vídeo confesional sobre el asunto después de que TikTok, a fuerza de denuncias de usuarios, le haya arrebatado su cuenta con más de millón y medio de seguidores.

La cronología de sus infracciones fue: meterse con D’Amelio después de que saliese haciendo un challenge en un vídeo en la playa en bikini a sus quince años. Según los denunciantes, también se supo que se estuvo metiendo con otras tiktokeras de alto nivel, después recordó un incidente de años atrás del padre de D’Amelio, candidato al Senado, y finalmente sugirió que la estrella había sido infiel a su novio. Una campaña en Change.org y otros focos en redes sociales prendieron la mecha para que miles de personas de entre los 100 millones de seguidores que tiene Charli denunciasen a TikTok la cuenta de este calumniador.

Si Pérez Hilton consiguió colarse por las rendijas de Hollywood e imponer un reinado de terror gracias a su poder informativo, las tiktokeras no iban a permitir que lo empezase a hacer ahora en la red.

BTS, el fandom más molón del mundo: en las pasadas elecciones estadounidenses vimos cómo los seguidores del popular grupo de K-Pop se organizaron para hacer reservas masivas en un mitin de campaña de Trump en Oklahoma para que, como acabó ocurriendo, el candidato apareciese ante un escenario vacío, promoviendo una burla y potenciando su imagen de perdedor. Este hecho, sumado a su afición a bombardear cuentas de extrema derecha de todo el mundo con montajes “fancam” en sus replies, lo que llevó a muchos medios a celebrar que los fanáticos empleasen sus fuerzas en actos que les parecían encomiables.

Lo que no ha sido tan compartido es el reverso tenebroso de este fenómeno. Esta informe y descentralizada organización a la que se estima pertenecen entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo es conocida por hacer ataques DDOS a medios que no publican informaciones sobre la banda que a ellos les interesan. El cantante Charlie Puth, que sufrió reproches colectivos de fans en TikTok después de hacer algún vídeo burlándose de la banda, tuvo que pedir públicamente que abandonasen esa actitud “tóxica” ya que pueden hacer mucho daño a nivel psicológico.

Algunos analistas en ciberseguridad han indicado que la BTS Army debería estar considerada como una amenaza global, ya que tienen más poder digital que muchos estados-nación.

Entes demasiado poderosos. Para unas primarias republicanas estadounidenses de 2018 la web encargada de gestionar las elecciones del condado de Knox, en Tennessee, colapsó. El FBI abrió una investigación con la idea de que estarían ante un nuevo escándalo de injerencia rusa, como les había pasado en 2016. Nadie había atacado la web, lo que había ocurrido es que uno de los candidatos era Kane, la superestrella de la Wrestlemania. Su candidatura se volvió viral dentro de su universo, con fans en todo el mundo, y la página simplemente no pudo resistir tal presión de solicitudes.

Esta anécdota conecta también con otra de las tendencias que se confirmará en nuestro futuro, el de una nueva división de clase donde las estrellas, los influencers, vayan adquiriendo más y más poder político sobre la población mediáticamente irrelevante. Hoy día ya hay muchos empleos donde tu número de seguidores es crucial para optar al puesto.

De la ciberutopía a la pesadilla social. Si bien estas cuestiones no nos pillan de nuevas, lo que vemos con el paso del tiempo es que las ventajas de su adopción se van enturbiando con sus efectos adversos. Anonymous, la Primavera Árabe, Wikileaks, MeToo. Hoy tenemos más herramientas para la democratización y transparencia de nuestras sociedades, para que la ciudadanía esté más informada y pueda hacer oír su voz. Pero la ciudadanía organizada por clústeres determinados de interés no siempre parecen tener los mejores objetivos ni los medios, y los linchamientos tuiteros y el Gamergate son también dos ejemplos de estas fuerzas. Si vivimos en Internet, cada vez será más importante cómo los dueños de la neotierra, es decir, las redes sociales, ponen límites a nuestros actos.

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