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Disturbios en Lavapiés: la pequeña chispa que pone a España frente al espejo de Francia en 2005

Disturbios en Lavapiés: la pequeña chispa que pone a España frente al espejo de Francia en 2005
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Ayer a las cinco de la tarde el senegalés Mame Mbaye Ndiaye, de 34 años y que había pasado los últimos 14 en España, murió de un ataque epiléptico que derivó en parada cardiorrespiratoria en una calle de Lavapiés. Fue asistido por la policía, sin éxito. Desde aquel momento empezó a circular por las redes la información de que el joven habría fallecido "tras" una persecución policial contra unos manteros en la Puerta del Sol, que, en teoría, habría hecho huir corriendo a Mbaye por vender perfumes. Mbaye era miembro del Sindicato de Manteros y Lateros de Madrid y había sido detenido por esta actividad con anterioridad.

Esa ha sido la información que ofrecieron algunos medios durante varias horas. De forma paralela, otros, que se hacían eco de la versión policial, contaban que la redada anti top manta fue un hecho independiente de la muerte de Mbaye. Que las redes sociales habrían ayudado a mezclar estos dos hechos y que el chico no habría muerto por ninguna actividad relacionada con el top manta o la persecución policial.

Carmena dijo ayer por la noche de que se haría una investigación y se actuaría "en consecuencia". Según la última rueda de prensa del Ayuntamiento, y tal y como ha afirmado a la prensa el delegado de seguridad José Javier Barbero esta misma tarde, la policía no perseguía a Mbaye antes de que sufriese el ataque. La investigación continúa, ya que se ha pedido la revisión de todas las cámaras que hay entre la Puerta del Sol y la calle del Oso, donde se produjo el fallecimiento.

Lo que sí quedó claro ayer es que después del trágico hecho muchos ciudadanos del barrio madrileño salieron a la calle y, como expresión de rabia, generaron disturbios entre las 23 y la 1 de la noche que acabaron en barricadas, pedradas, botellazos, locales y viviendas destrozadas y algunos incendios. Los antidisturbios salieron a sofocar los altercados disparando pelotas de goma y provocando cargas entre la población del barrio que han dejado algunas imágenes muy impactantes.

La Policía, además, desvincula al colectivo de manteros de los disturbios de ayer, que causaron radicales. Los seis detenidos hasta el momento son de nacionalidad española.

Por qué la policía sigue persiguiendo a los manteros

Es un problema al que se enfrentan muy duramente los conocidos como Ayuntamientos del cambio. En Barcelona, donde esta actividad es ya parte integral del paisaje urbano del centro, el top manta representa la mitad de las actuaciones por incivismo que realizan los agentes en la ciudad.

En el año 2010 el PSOE suavizó la legislación de la condenas por venta ambulante, que pasaron a ser simple falta contra la propiedad industrial; pero desde la reforma del Código Penal de 2015 del PP estos hechos conllevan dos años de cárcel. Ya no es una falta con una multa de 400 euros como consecuencia, es un delito con penas económicas más acusadas y, peor aún, algo que provoca que los vendedores, el eslabón más débil en las cadenas de venta ilegal, puedan perder más fácilmente el derecho al permiso de residencia e incluso ser deportados.

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“Los manteros son la concreción en lo local de las injusticias globales”. Así titulaba Ahora Madrid una noticia en su página al explicar su interés por cuadrar una política que persiga los delitos pero no sea especialmente dura con los inmigrantes, que en muchos casos llevan más de 10 años en nuestro país y ven en la manta una opción que les saca de la venta de droga, según dicen las asociaciones.

Así, y a lo largo de estos años, se intercalan en la prensa noticias protagonizadas por la policía madrileña y barcelonesa que lamenta la manga ancha de las alcaldesas con los vendedores ilegales y otras de las asociaciones de migrantes que critican las operaciones policiales anti top manta que tienen lugar en determinadas épocas del año. Un continuo bucle de tolerancia y persecución de los zocos en función del cambiante panorama de la venta.

El paralelismo con los disturbios de Francia en 2005

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Los adolescentes Ziad Benna y Bouna Traoré, afincados en el distrito de bajo nivel económico Clichy-sous-Bois, murieron tras recibir un shock eléctrico al entrar en contacto con un transformador. Los adolescentes huían de la policía y tras trepar a una subestación eléctrica se electrocutaron.

Por aquel entonces Sarkozy negó la persecución física por parte de la policía (la prensa demostraría después que así había sido), pero daba igual, el daño estaba hecho. La pareja de jóvenes fue la chispa que prendió la indignación de una población gubernamental y económicamente marginada y humillada. A la muerte de los jóvenes le siguieron 19 noches de disturbios en las banlieues, con un saldo de 9.000 coches quemados y 2.700 arrestos. Jornadas de violencia que ponen en peligro la seguridad pública, y también la constatación de las consecuencias de la falta de integración de la población más desfavorecida.

Por qué ha pasado precisamente en Lavapiés: geografía humana del barrio

A quince minutos andando de la Gran Vía, ha sido durante un tiempo el barrio más económico del Distrito Centro y uno de los más baratos de Madrid. Según las cifras recogidas en el Padrón Municipal de 2015 en Lavapiés viven un total de 44.268 personas, de las cuales 10.998 son extranjeras.

Lavapies

Lavapiés es casi la ONU, que titulaba El País al contextualizar las más de 80 nacionalidades que se concentran entre sus viviendas. Estas cifras suponen casi un 25% del total, que contrasta con el 13,87% que ostenta Aluche, otro de los barrios más multiculturales. Aun así, y como intuimos, la cifra de extranjeros será mucho mayor, contando con la población sin papeles, subsaharianos que habrían hecho de los alrededores de la Plaza del barrio su zona.

Eso sí, los africanos no marroquíes sólo suponen, según cifras oficiales, un peso del 4% de los extranjeros totales en Madrid. Tampoco parece que se esté produciendo un efecto llamada como en los años del ladrillo: Enero de 2017 fue el primer momento en la historia de la Comunidad de Madrid en los últimos diez años en los que la población inmigrante ha empezado a crecer en lugar de caer, y en cifras aún muy modestas.

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