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El Edén no existe: ocho sociedades utópicas que fracasaron a lo largo de la historia

El Edén no existe: ocho sociedades utópicas que fracasaron a lo largo de la historia
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Todos lo hemos pensado alguna vez: el contrato social está roto. Nuestros sistemas de organización son imperfectos, injustos, hasta sórdidos en ciertos pasajes económicos y morales. La filosofía, la literatura y la política llevan tanteando con la idea de las utopías desde mucho antes de que la pasara a tinta Tomás Moro en el siglo XVI, pero sólo existen algunos casos aislados de osados que se han propuesto hacer valer sus ideales, romper el tablero y dar comienzo a una nueva sociedad. Siempre que algún grupo de cobayas humanas se lo permitiesen, claro.

Pero, como podemos imaginar, las utopías de unos son las pesadillas de otros. Las condiciones materiales no siempre nos acompañan, y es duro el peso de las costumbres establecidas por nuestra educación social previa. En otras palabras: que va alguien y propone solucionar todos nuestros problemas y sale mal. Aquí recopilamos siete ejemplos de sociedades fallidas que sirven como siete lecciones sobre cómo apaciguar nuestro menosprecio al mundo que nos ha tocado vivir.

Penedo, o por qué puedes encontrar saunas en el corazón de Brasil

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Cuentan que a principios del siglo XX los finlandeses estaban convencidos de que el paraíso estaba en la selva, en el ojo del huracán de la “fiebre tropical”, lejos de las nefastas influencias de la religión.

Un carismático pero fraudulento hombre llamado Toivo Uuskallio decidió poner a prueba esa teoría. Organizó una expedición finlandesa a Itatiaia, un municipio de interior brasileño a unos 150 kilómetros de Río de Janeiro, para crear una nueva sociedad vegetariana y abstemia de nórdicos que, entre otras cosas, serviría como modelo “que resolviese el terrible problema del desempleo mundial” al que querrían acercarse “los niños pobres del East End de Londres".

Penedo había sido antes que proyecto utópico una plantación de café y ocurría que el suelo estaba casi completamente drenado, pero Usukallio y su gente no lo sabía antes de trasladarse. Eventualmente los colonos consiguieron plantar maíz, ñame, plátanos y alguna que otra fruta, pero plagas e incendios hicieron el resto. Tras un par de décadas muchos hombres habían abandonando el barco y los que quedaron denunciaron a su creador por un porcentaje de la propiedad antes de que el mismo ideólogo muriese de malnutrición por una dieta basada casi enteramente en plátanos. Penedo sirvió, eso sí, como puerta de entrada de la cultura de las saunas entre la población brasileña, así como para crear un resort turístico de sus restos.

El paraíso vegano existió y se llamaba Fruitland

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No sólo los finlandeses han sentido el deseo de una colectividad libre de sufrimiento animal en la historia de los proyectos utópicos. El protagonista de este intento es Amos Bronson Alcott, el filósofo y activista del trascendentalismo que fue también el padre de Louisa May, autora de Mujercitas, novela parcialmente autobiográfica en la que se habla de un padre entregado a causas solidarias pero absolutamente irresponsable y ausente.

Alcott propuso crear un asentamiento en Harvard (Massachusetts) al que podríamos considerar un veganismo en modo Dios. No se usaría ningún tipo de sustancia proveniente de los animales, sólo se podría beber agua, bañarse en la misma sin calentar… Sus códigos eran tan rígidos que todo debía ser trabajado a mano, incluido el labrado del campo. Malas normas teniendo en cuenta que debían ser capaces de autoabastecer a toda la comunidad (aunque esta fuesen sólo 13 miembros)… y que Fruitland se constituyó en 1840. Llegaron los rigores del invierno nuevo inglés y claro, el sueño se fue al traste.

Jamestown: la libertad consiste en el sometimiento de los otros

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El origen de Estados Unidos tal y como lo conocemos puede leerse como el sueño de una sociedad en armonía comunitaria que acaba traicionándose a sí misma, y para eso tenemos que irnos a 1607 a Jamestown, en Virginia, la más notoria de las colonias británicas.

Los primeros colonizadores ingleses fueron individuos que iban a trabajar las tierras y crear infraestructuras en el nuevo mundo para, a cambio, recibir la concesión de 20 hectáreas de tierra per cápita por parte de las compañías inglesas para cultivar materias primas que podían explotar para su propio beneficio. Los historiadores señalan que la relación de fuerzas era en beneficio de los huéspedes: cada tanto tiempo necesitaban de los recursos y suministros que les enviaba la Corona; pese a ello los ideólogos británicos creían que este nuevo modelo social más igualitario merecía la pena.

El resultado fue una población que se fue sintiendo cada vez menos vinculada al sueño comunitario de la Carta Magna originaria, con las consecuencias que todos conocemos. Algunos virginianos empezaron a cambiar los textos para que quien recibiese los subsidios y las tierras no fuesen los hombres libres, sino aquellos de “eminencia o nobleza”. Los terrenos dejaron de ser propios de la comuna. Además, y en vista de los galeones que llegaban por sus puertos llenos de hombres negros, los colonos empezaron a promulgar un discurso que defendía que la única forma de "restaurar el fuego en los corazones de los aventureros" era que se les concediese mano de obra explotable. Esclavos.

Esto no sólo favoreció el sometimiento de miles de personas, sino también una cultura individualista centrada en el derecho a la propiedad donde cada cual competía con su vecino y, en última instancia, el fin de la excepcionalidad organizativa de Jamestown.

Oneida y la prueba de resistencia de la monogamia

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No íbamos a hacer este repaso de las utopías del hombre sin nombrar a alguna de las propuestas utópicas con acento en el sexo. A finales del XIX John Humprey Noyes tuvo una visión gracias a la cual reinterpretó todos esos preceptos cristianos mojigatos que equiparan las relaciones amorosas con el pecado y el matrimonio y la fidelidad con la virtud. Humprey Noyes había visto la luz: si él no podía dejar de tener todas esas fantasías y pulsiones cada vez que veía a alguna moza sería, probablemente, por tratarse de una orden divina que le ordenaba consumarlas.

Oneida, en Nueva York, acogió a decenas de personas en una comuna de "placer" durante tres décadas. En ese tiempo sus habitantes se repartían las tareas de forma igualitaria, trabajaban con objetivos comerciales de cara al mundo exterior y compartían parejas sexuales hasta tal punto que el pueblo penalizaba si alguno de sus miembros sólo se acostaba con otra única persona. La comuna sexual había que trabajarla. “Matrimonio complejo”, lo llamaron.

No todo era perfecto. Había temporales disputas por el descubrimiento de que algunos miembros estaban liándose con una sola pareja, y eran también turbios sus procesos de iniciación, de los que se sospecha que eran círculos de pederastia. Cuando el gurú intentó jubilarse y traspasar sus poderes a su hijo todo se fue al traste, no sin antes lograr que algunos de ellos heredasen la próspera compañía de cucharas de plata que les había mantenido hasta ahora y que acabaron durante décadas en los hogares burgueses de medio país.

La conquista de lo inútil en Fordlandia

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Sí, basada en una idea del mismísimo Henry Ford, el creador del emporio automovilístico e ideólogo de ese modelo de trabajo y sociedad del que aún no nos hemos despegado del todo. Tras su éxito industrial, ya en sus últimos años, el empresario buscó culminar su trayectoria con una obra magna que representase su capacidad de conquista social, así como terminar de perfeccionar su sistema de fabricación de coches. Sólo había una fuga en su control de los materiales: dependía de los productores europeos de caucho y su elección de precios para sus neumáticos y válvulas. ¿Qué mejor, entonces, que crear su propia colmena de trabajadores “fordianos” entregados al caucho? ¿Qué mejor que hacerlo en mitad de la selva amazónica?

Allá que fue instalada Fortlandia en 1928, bajando por el río Tapajós y en un terreno de 110.000 kilómetros cuadrados en el que trabajarían gerentes estadounidenses y empleados locales bajo las condiciones de producción de sus colegas del norte. Con algún que otro error de cálculo: por mucho que los americanos se empeñaban, no era posible trabajar en la opresiva selva con un horario de 9 a 5. Tampoco era buena idea mantener a los trabajadores bajo un régimen pseudo abstemio y a fiestas en las que sólo estaba permitido bailar country de cuartetos, como atestiguaron los frecuentes motines que forzaron el auxilio militar brasileño para apaciguar ciertas situaciones. A sus administradores les acontecieron todo tipo de plagas bíblicas, desde fiebres tropicales que diezmaron a sus familias hasta crisis nerviosas. 17 años después Ford claudicó. Ni el Michelangelo del capitalismo fue capaz de domar lo indomable.

Nueva Germania, un hundimiento paraguayo

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La historia ha querido que el proyecto nazi no saliese bien parado, y eso que muchos no conocen uno de sus más grandes y tangibles fracasos, Nueva Germania.

Elisabeth Nietzsche (sí, la hermanísima) y su marido quisieron llevar a cabo el sueño del compositor y amigo de la familia Richard Wagner: un mundo libre de injerencias semitas donde la raza aria pudiese expandirse en todo su esplendor, dando muestras de su superioridad frente a otros pueblos gracias a su inteligencia, armonía y valores comunitarios, todo ello también conocido como el Volksgemeinschaft.

Tras unos primeros sondeos, la pareja se instaló en 1889 en Paraguay, a los pies del Río Aguaray. La campaña de reclutamiento europea incluía alguna que otra licencia propagandística, como defender que se trataba de un Edén del que manaban frutas con sólo desearlo, cosa que destrozó la moral de las 14 audaces familias que llegaron a una colonia en mitad de la maldita nada, a 300km del núcleo humano más próximo.

La suerte quiso que esta pareja de protonazis se instalase después de que Paraguay acabase de salir gravemente herida de la Guerra de la Triple Alianza, que dejó un país con una relación de mujeres y hombres de 10 a 1, circunstancia que muchos buenos alemanes aprovecharon para depositar sus arias semillas en vientres sudamericanos. La climatología, espesa y asfixiante, plagada de insectos y microbios, tampoco dejó en el mejor lugar la valía física de los forasteros. A los pocos años Elisabeth volvió a su tierra natal y su marido murió envenenado.

Poesía, fastos, fascios. Fiume

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Las utopías también visten de negro. El poeta italiano, piloto de combate de la Primera Guerra Mundial y personaje estrambótico a más no poder llamado Gabriele D'Annunzio decidió dar un pequeño golpe de Estado en 1919 en la ciudad de Fiume, que Italia se disputaba con Yugoslavia.

Él y otro puñado de miles de ex soldados amotinados vivieron durante 15 meses a las órdenes de su dictadura, un universo hecho a su medida donde el libertinaje era la norma, la circulación de mujeres constante y su público debía escuchar sus frecuentes y delirantes discursos. La relajación económica era total. Los hombres vestían uniformes decorados con calaveras y tibias en cruz. Se dice que la suerte de Duce que los comandaba estaba obsesionado con las langostas, la cocaína, los helados y el cunnilingus. Se trataba de un escándalo para Italia, que veía peligrar su legitimidad cada día que Fiume se mantenía rebelde.

Cuando, ni corto ni perezoso, el propio D'Annunzio le declaró la guerra a su país de origen, todo se vino al traste. Los irredentistas renunciaron a la península. La aventura sirvió de algo y no bueno: un tan Benito Mussolini tomó nota de sus fallos y aciertos a la hora de convocar a las masas y preparar su propio movimiento.

Jonestown: el hipismo fracasa de nuevo

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Primeros años 70. Una congregación de raíces pentecostalistas que se muda a California. Un amado líder con ideas utópicas contrarias al delirio atómico, con un compromiso por la integración social y con grandes esperanzas en el futuro socialista y maoísta. Jim Jones, una figura tan aterradora en la psique colectiva norteamericana como Manson, trasladó lo que ya quedaría constituido como secta a la Guayana Esequiba (reclamada por Venezuela) para huir de la vigilancia de las fuerzas policiales estadounidenses y poder llevar a cabo su idea de mundo feliz, en el que las hojas de la Biblia se alternaban con el Manifiesto Comunista de Marx.

Lo que acabó ocurriendo es un régimen tiránico y de semi esclavitud en el que centenares de personas obligadas a venerar a su Dios Jones tenían que trabajar en tareas de agricultura y ganadería por 60 horas a la semana para acabar recibiendo alimentos que les avocaban a la malnutrición. Asediados por los medios, al borde de la intervención después de que mataran a unos cuantos periodistas e incluso a un congresista estadounidense, Jones ejecutó el plan que llevaba meses practicando entre su rebaño: decirle adiós a este cruel sistema con un smoothie de zumo de uvas y cianuro potásico. Se llevó la vida de 900 personas, lo que ha convertido a Jonestown en el suicidio colectivo más masivo hasta la fecha. Nunca dejaron de ser unos revolucionarios.

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