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La entrada de la policía militar en las universidades de Brasil es sólo el inicio de la era Bolsonaro

La entrada de la policía militar en las universidades de Brasil es sólo el inicio de la era Bolsonaro
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El cartel “Derecho UFF Antifascista” o el folleto “Manifiesto en Defensa de la Democracia en las Universidades Públicas” están entre los documentos confiscados por policías militares en los días previos a la jornada electoral de ayer en Brasil. Hasta 35 universidades habrían sido sujetas a redadas, en algunos casos sin autorización oficial, y los agentes habrían llegado no sólo a confiscar estos papeles, sino también folletos sobre la historia del fascismo. Han entrado a las aulas para vigilar lo que dijesen los profesores, y han detenido las lecciones de algunos de ellos por su “contenido ideológico”.

Apolíticos de derechas: se trata de acciones ordenadas por los Tribunales Regionales Electorales (TREs) para fiscalizar supuestos casos de “campaña irregular”. Como en otras democracias, Brasil también debía guardar jornada de reflexión, así que la justificación jurídica es que la policía debía evitar la difusión de ideas antifascistas, ya que se trataría de propaganda electoral. Hay que señalar que mucho del material incautado iba sólo en contra del fascismo a nivel histórico, del que tristemente sabe tanto el país, y en ningún papel se hablaba explícitamente de Bolsonaro o de Haddad.

Censura civil: profesores, asociaciones de abogados y los integrantes del Supremo Tribunal Federal han denunciado estos hechos como maniobras censoras que limitan gravemente la libertad de expresión de los ciudadanos, así como la libertad de cátedra universitaria.

Normalidad fascista: de ahí que la lectura sea tan obvia para nosotros como para ellos. Si Bolsonaro representa el fascismo, Haddad debía ser el antifascismo, y por eso deben perseguirse estos mensajes por ser propaganda favorable con un candidato. Es una polarización ideológica que da muestras de la complicada situación actual: se desplaza la idea de centralidad política como una pugna entre fascismo y democracia donde ambas opciones son igualmente respetables.

Las universidades de Lula: Brasil vivió con Lula da Silva, del izquierdista Partido de los Trabajadores, una prosperidad envidiable que llegó a todas las clases populares, que empezaron a ver cómo se consolidaba su sueño de llegar a ser clase media. Entre las medidas más exitosas de este ex Presidente estuvo la mejora del sistema educativo, creando becas para asegurar que los estudiantes más pobres tuvieran acceso a la educación superior. La Universidad es, pues, uno de los símbolos de la izquierda nacional, de ahí que se viralizasen imágenes de licenciados vestidos con la ropa de graduación y portando el diploma yendo a votar, presumiblemente por Haddad. Era una forma de recordar a los brasileños lo mucho que habían crecido gracias al socialismo.

El antiacademicismo de Bolsonaro: "Claro que somos el Brasil de verdad, porque somos católicos y conservadores y no queremos que nos siga gobernando el marxismo". Es una de las frases de una votante de Bolsonaro que atestigua el odio a los “intelectuales de izquierdas” que pueblan las universidades. Dentro del programa oficial del Partido Social Liberal está militarizar la enseñanza y modificar los planes de estudio para hacerlos laboralmente más utilitaristas y eliminar cualquier vestigio de ideas progresistas, como discursos sobre igualdad sexual o de raza.

Y la persecución comunista: con todo esto es natural que estudiantes y profesores teman una persecución abierta que vaya más allá de la mera prohibición de la libertad ideológica, ya de por sí grave. El actual presidente, nostálgico de la dictadura que no pocas veces ha amenazado con dar un golpe de estado, ha llegado a decir que “un policía que no mata no es policía” (planea proteger legalmente a los policías que maten a delincuentes estando de servicio), o “estos rojos marginales estarán prohibidos en nuestra patria. Será una limpieza nunca vista en la historia de Brasil”. El hijo de Bolsonaro, también diputado, ha amenazado públicamente con acabar con el Tribunal Supremo, diciendo que no harían falta grandes tropas, sólo “un cabo y un soldado”. Aseguró que algo así no causaría ningún conflicto social. Por los apoyos que tiene su padre, es lógico que crea que es así.

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